La guerra por El Nilo

Después del largo artículo sobre los orígenes del Estado español, con cuatro entregas a lo largo de todo el último mes, hoy dirigimos nuestra atención a un asunto que en España no está teniendo la relevancia que debiera. En tanto que en la prensa internacional sí se encuentran ya numerosas referencias al tema: una posible guerra en el Nilo por el conflicto que está surgiendo en cuanto a la distribución de sus aguas.

Con frecuencia hemos podido oír comentarios en los últimos tiempos sobre la futura escasez de recursos hídricos, tanto para consumo humano como para otras aplicaciones, y fundamentalmente la agricultura. En un mundo en el que no deja de crecer la población, con mayores necesidades per capita del líquido elemento a medida que sube la renta.

En ese trasfondo de inquietudes, se ha aludido con frecuencia a lo que podría pasar entre Turquía, Siria e Irak. Desde el punto y hora en que los turcos, con la configuración de grandes embalses de cabecera, están en vías de hacerse con mayor cantidad de agua del Tigris y del Éufrates, que alimentan al resto de lo que se llamaba tradicionalmente el Oriente Fértil.

También se especula sobre los problemas que están formándose, como negros nubarrones, en torno a la gran meseta del Tíbet y sus cordilleras circundantes. Desde donde, con base en los glaciares de altura, se nutren los ríos más importantes de Asia meridional y del sudeste: Indo, Ganges, Brahmaputra, Mekong, Yan Tse Kiang y Río Amarillo. Flujos de agua que abastecen, con sus redes complementarias, a más de tres mil millones de personas, casi la mitad de la actual población humana. Con el problema central de que China tiene un programa de grandes presas, con importante retirada de recursos hídricos, lo que podría afectar seriamente a los países aguas abajo de los ríos antes mencionados.

Hay, desde luego, otras zonas problemáticas, siendo paradigmático, a escala mucho más reducida, el caso del Jordán; dominado enteramente por Israel. Pero con todo, el conflicto que podría ser más virulento a corto o medio plazo es el del Nilo, del cual, ya Heródoto, el gran geógrafo griego decía aquello de que “quien bebe el agua del Nilo, olvida su país natal”.

La cuenca del gran río es aproximadamente de seis millones de km2, el equivalente a toda Europa occidental. Y de él se surten de agua un total de once países, de norte a sur: Egipto, Sudán, Sudán del Sur, Eritrea, Etiopía, Uganda, Ruanda, Burundi, República Democrática del Congo, Kenia y Tanzania. De los cuales, sin embargo, hasta tiempos muy recientes, sólo Egipto, y en mucha menor escala Sudán, fueron verdaderos usufructuarios, según se consagró en tiempos todavía coloniales, en 1929. Por un tratado auspiciado por los ingleses, que hasta ahora permitía que los dos países del norte de la cuenca pudieran beneficiarse casi de la totalidad de las aguas.

Pero ahora, todo está cambiando, y algunos asocian la mutación en curso al hecho de que los países islámicos del Norte están perdiendo fuerza, como consecuencia de las dificultades originadas a partir de la primavera árabe. En tanto que los subsaharianos se encuentran en fase de gran expansión demográfica y económica. Y dentro de ellos, destaca Etiopía, cuya población se encamina al centenar de millones de habitantes.

Los etíopes han decidido que siendo ellos los que suministran, con el Nilo azul, el 86 por 100 de las aguas que fluyen hacia Sudán y Egipto, tienen derecho a una mayor participación de la que hasta ahora se les reconocía. Y están construyendo una gran presa, con un coste que podría llegar a los 4.800 millones de dólares, que supondrá el nacimiento de un inmenso lago; sólo comparable al que Nasser hizo con la nueva presa de Asuán, hace ya más de cincuenta años.

Esa gran obra es la que los etíopes, muy sentidamente, llaman “gran presa del renacimiento etíope”. Con una potencia instalable de 6.000 megavatios, el equivalente a seis grupos nucleares. Lo que hará del país de los herederos de la Reina de Saba y del Negus el mayor exportador de energía eléctrica de todo el continente africano, a los países próximos, y especialmente Kenia y Uganda, que están padeciendo muy graves penurias.

Así las cosas, en Adis Abeba se concibe la gran presa como la obra que anuncia un nuevo porvenir para un país que ha sufrido tanto desde la invasión italiana de los años 30 del siglo pasado, la segunda guerra mundial, las inacabables guerras civiles, con una economía dirigida y despiadada por aquel líder del desastre que fue Mengistu, el protegido de la Unión Soviética, y que dispuso de la ayuda militar de Cuba. Tras lo cual, hace sólo pocos años llegó una pacificación que está empezando a rendir sus frutos.

En ese nuevo ambiente, los etíopes han entrado en auténtico fervor patriótico con su presa del Nilo, hasta el punto de facilitar, voluntariamente, recursos de sus magros sueldos y jornales para el gran dique; que todavía no tiene resuelta enteramente la financiación. Cosa extraña, pues se trata del típico proyecto en que los chinos podrían haber entrado, con su habitual espectacularidad y oportunidad, recursos tanto financieros como humanos y técnicos.

Y si eso está sucediendo en Etiopía, la situación en Egipto está haciéndose patética. Porque no tienen todavía una idea clara de cómo afectará la gran presa del Nilo Azul a los caudales que les llegan, que crean la riqueza del valle y del delta, donde vive el 95 por 100 de la población del país. No es extraña, pues, la crispación que se está generando en El Cairo. Donde Mursi, el actual presidente es criticado, vituperado y puesto en duda por el islamismo extremo de sus Hermanos Musulmanes.

En tales circunstancias, el actual gobierno egipcio podría tratar de convertir el tema del Nilo en cuestión patriótica. Y de ahí las palabras que se han oído recientemente: “Todas las opciones están abiertas”. Dando a entenderse así que incluso cabría la posibilidad de bombardear con misiles de gran potencia las obras de la presa ya iniciada en el Nilo Azul.

Desde luego, como siempre, hay una vía de posible entendimiento, concretamente la llamada “Iniciativa de la Cuenca del Nilo”, puesta en marcha por las Naciones Unidas, para intentar poner de acuerdo a todos los países ribereños. Sin embargo, la opinión casi unánime es que la posibilidad de un acuerdo aceptable por todas las partes en presencia, está todavía muy lejos en el horizonte político.

Y como siempre, el autor queda a disposición de los lectores de republica.com en castecien@bitmailer.net.

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