La ignorancia de la historia es mala consejera (y IV)

La primera entrega del presente artículo se hizo el jueves 6 de junio, y la segunda el 13. Con la tercera seguimos esbozando lo que fue la formación política y socioeconómica de eso que hoy llamamos España. Y que tiene elementos que, con la aguda ignorancia histórica que padece el personal, no son conocidos por la mayoría de la gente. Aunque estamos seguros de que los lectores de República.com disponen de los elementos suficientes, si bien es cierto que -y eso es lo que intenta el autor- conviene construir un modelo explicativo como el que estamos tratando de configurar con este artículo. Entramos pues, en nuestro proceso histórico ya iniciado, con el examen de dos instituciones políticas de gran importancia: Municipios y cortes, unidad religiosa, y difusión de la lengua común. Para hoy abordar los últimos temas pendientes: expansión ultramarina y estudio político confederal.

LA EXPANSIÓN ULTRAMARINA

También en 1492 se emprendió la gran aventura de ultramar, pudiendo decirse que realmente fue con ella como nació el Estado español. Porque desde entonces, ya hubo todo un indiscutible designio común a nivel universal. Es interesante subrayar que el nacimiento de ese Estado es lo que permitió que en menos de 80 años crearan un vasto imperio los sucesores de quienes habían tardado casi 800 años en expulsar a los invasores musulmanes; por un número de conquistadores y evangelizadores extremadamente limitado.

En la expansión; hubo restricciones para ciertos pueblos españoles, y sobre todo a los súbditos de la Corona de Aragón, a quienes se les excluyó de los nuevos territorios, que eran considerados castellanos; en buena medida por estimarse que la vocación de catalanes, aragoneses, valencianos y baleares, estaba en el Mediterráneo y no en el Atlántico. Y aunque algunos historiadores han criticado la exclusión de los súbditos de la Corona de Aragón, lo cierto es que como ha puesto de relieve Carlos Martínez Shaw, catedrático de la Universidad de Barcelona, cuando a los catalanes les interesó el comercio americano, en el siglo XVIII, consiguieron participar en él; y lo hicieron ampliamente, lo cual fue una de las razones principales del resurgir económico dé Cataluña como ha recordado Pierre Vilar.

Si antes no pretendieron esa participación los ciudadanos de la Corona de Aragón, fue sobre todo porque les faltaron la voluntad, el estímulo u otras condiciones. Prueba de ello puede ser que en el XVI y el XVII, franceses, genoveses y germanos hicieron grandes negocios con las Indias a través de España; aunque a ellos la extranjería les afectaba con más fuerza legal que a los catalanes.

La conquista, evangelización y colonización del Nuevo Mundo y de Filipinas, con sus miserias, explotaciones y aniquilamientos, y también con su grandeza, fue la expresión misma de la idea de una España poderosa a escala mundial. Claramente se vio así desde el principio, cuando el primer virreinato, el de México, fue llamado «de la Nueva España». Y cuando Carlos I puso a su escudo la leyenda de «Plus Ultra» que aún hoy permanece en el escudo constitucional.

Las naves españolas surcaban todos los mares, y desde fuera, mucho antes que desde dentro, a España se la consideraba como algo que en lo sucesivo resultaría imposible desunir. Con las conquistas de ultramar, ningún monarca pudo ya imaginar la redivisión de sus reinos (peninsulares o de las Indias). Desapareció así definitivamente el sentido patrimonial del Estado, y surgió la idea de España como proyecto político, en realización indisoluble a pesar de su variedad interna origen de tantas tensiones históricas.

EL SISTEMA POLÍTICO CONFEDERAL

Para ir concluyendo este artículo, recordemos que de la unión de los Reyes Católicos no surgió de inmediato un Estado unitario. Por el contrario, y en línea con lo que había sido el propio devenir histórico hasta entonces, y diciéndolo en terminología actual, la Corona española sólo se hizo posible aceptando el hecho de la confederación de sus antiguos territorios medievales.

De un lado, Castilla siguió con sus Cortes; con representaciones de Galicia, Asturias, León, Castilla la Vieja, Castilla la Nueva, Murcia, Extremadura y la novísima Castilla o Andalucía; amén del Señorío de Vizcaya y de los otros dos territorios vascongados de Guipúzcoa y Álava, e incluso legislando sobre Canarias.

Por su parte, Navarra, tras su incorporación en 1512, continuó como un Reino con sus Cortes y su sistema autónomo. Una situación que subsistiría nada menos que hasta 1841, cuando se sustituyó por la Ley Paccionada de ese año y a la postre tuvo su reconocimiento en la Constitución de 1978.

Por su lado, la Corona de Aragón mantuvo sus Cortes «con-federales», que coexistieron con las instituciones particulares de cada uno de sus territorios (las Cortes aragonesas que normalmente se reunían en Zaragoza, la Generalidad de Cataluña, la Generalidad Valenciana, y el régimen particular del Reino de Mallorca).

Este complejo sistema confederal español, significó el respeto a instituciones lenguas y culturas por el poder de la Corona. El rey juraba los fueros y libertades de sus diferentes territorios. Ello permitió una convivencia aceptablemente pacífica de los españoles entre sí mientras el respeto a la Confederación se mantuvo. En las transformaciones sucesivas de ese Estado confederal no entraremos ahora pues lo que se trataba era de contribuir a una mayor difusión de cómo se formó la España de los siglos XVI y XVII.

Y con esta entrega, que termina con la importante cuestión de la lengua común de todos los españoles, damos fin a nuestro artículo sobre cómo fue configurándose el Estado español, a partir de una serie de unidades políticas de origen medieval.

Y como siempre, el autor queda a disposición de los lectores de República.com, en castecien@bitmailer.net.

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