La ignorancia de la historia es mala consejera (III)

La primera entrega del presente artículo se hizo el jueves 6 de junio, y la segunda el 13. Hoy llega la tercera, en la que continuamos esbozando lo que fue la formación política y socioeconómica de eso que hoy llamamos España. Y que tiene elementos que, con la aguda ignorancia histórica que padece el personal, no son conocidos por la mayoría de la gente. Aunque estamos seguros de que los lectores de República.com disponen de los elementos suficientes, si bien es cierto que -y eso es lo que intenta el autor- conviene construir un modelo explicativo como el que estamos tratando de configurar con este artículo, que terminará la semana próxima. Entramos pues, en nuestro proceso histórico ya iniciado, con el examen de dos instituciones políticas de gran importancia.

Municipios y cortes

La génesis ulterior de los Ayuntamientos hay que verla en las comunidades de aldea o asentamientos campesinos, que pronto empezaron a contar con funciones comunales para la gestión de los bienes no repartidos, así como para el aprovechamiento de aguas, pastos, etc., por todo el vecindario. La concesión, gradualmente, de fueros o leyes con derechos y deberes en un ámbito concreto, elevó a algunas de esas comunidades a la categoría de villas, y más tarde al status de ciudades. En estas últimas, paulatinamente, las primitivas libertades de base arcaica se vieron sustituidas por modos de control oligárquico.

En el interior peninsular, y sobre todo en Castilla, el protagonismo lo asumieron los caballeros y en definitiva la aristocracia; y en las áreas costeras, ciudades como Barcelona y Valencia en el Mediterráneo, y ciertas villas como Castro Urdiales, Santander, etc., en el Cantábrico, adquirieron caracteres preburgueses por la influencia de los comerciantes. Y de esos municipios ya organizados, se originó el nacimiento de las Cortes (finales del siglo XII y principios del XIII) como fórmula de representación de las ciudades; para impedir que el rey absorbiera todos los poderes, y esencialmente para frenarle en sus afanes de elevar los tributos y rebajar la ley de la moneda.

En las ciudades, durante mucho tiempo, convivieron tres culturas: cristianos, judíos, y musulmanes. Ciertamente, ocupaban distintas zona de residencia; pero normalmente se toleraban, no sin fricciones de tiempo en tiempo. Esas circunstancias de un grado razonable de tolerancia y convivencia, y de un gobierno relativamente libre, unidas a la expansión demográfica y a la ampliación de la cultura, explican el florecimiento económico de las ciudades durante la Baja Edad Media.

Ciertamente, con el absolutismo, los municipios perderían sus prerrogativas de la Reconquista (las cartas pueblas que facilitaron su repoblamiento, y los fueros que compendiaron sus libertades). Como también el absolutismo sería el final de las Cortes tradicionales. Pero a pesar de ello, en la memoria histórica de los pueblos de España pervivió la idea de que el gobierno nace en los municipios y culmina en las Cortes. Como muy bien supo recoger, siglos después, la Constitución de Cádiz de 1812, al devolver sus libertades a los Ayuntamientos, y al echar las bases de la representación, renovada, de la soberanía nacional.

Unidad religiosa

Es otra cuestión de la mayor importancia, en tiempos en que la religión era parte de la vida misma de las gentes, y de las instituciones. A diferencia de lo que sucede hoy, en una sociedad en rápida inercia de desacrarización.

El caso es que el proceso unificador que se inició con el enlace de Isabel y Fernando, y con la unión de sus dos Coronas, entró en una fuerte aceleración a partir de 1492. Fue éste un año decisivo en la historia de España por cuatro hechos bien conocidos: la conquista de Granada, el descubrimiento de América, la expulsión de los judíos, y la publicación de la primera gramática castellana.

Con el fin irreversible del poder del Islam, empezó a acabarse también la tolerancia respecto a quienes practicaban la religión de Mahoma. El siguiente paso/en el propósito de una unidad religiosa -frente al ideal de los reyes como «señores de las tres religiones»-se dio con la expulsión de los judíos. Sus consecuencias más que desastrosas en lo económico, no se harían esperar; y desde el momento en que los sefardíes ganaron influencia fuera de España -sostienen algunos historiadores no siempre de modo fehaciente- consideraron a la monarquía española su principal enemiga.

Fundamentalmente, la expulsión de los judíos (en cifra en la que difieren las estimaciones de 100.000 a 800.000, según algunos historiadores, pero que verosímilmente hay que situar entre 100.000 y 200.000) significó la desaparición de la escena económica de banqueros, comerciantes, médicos, músicos, artesanos. Dejó de existir así una de las más importantes razones del florecimiento económico de las ciudades en la segunda mitad del siglo xv, por mucho que el decreto de expulsión no significara la salida de todos los judíos/Muchos se convirtieron para quedarse, y de su estirpe surgieron para la historia de España personalidades tan importantes como Fernando de Rojas (autor de La Celestina), Fray Luis de León, Teresa de Ávila, Baltasar Gracián, Mendizábal, Canalejas, etc. El propio Gran Inquisidor Torquemada que tanto les persiguió, era también de ascendencia hebrea.

La lengua

Y de la religión, pasamos a la lengua, otro capítulo fundamental de nuestra ignorada historia de España. Debiendo comenzar aquí por el recuerdo de que 1492 fue también el año de la publicación de la primera gramática castellana, todo un símbolo.

El balbuciente romance de los monjes bilingües de origen vasco de San Millán de la Cogolla en La Rioja, se había convertido ya en verdadero idioma, enriquecido por una notable literatura, a la que Nebrija supo proveer de los primeros cánones para su uso, en forma de Gramática y Diccionario.

La lengua castellana se hizo el lingüa franca en toda España, floreciendo a lo largo del siglo de oro, cuando se vio transformada por grandes autores como Cervantes, Lope, Calderón, y los Argensola en Aragón. Pero si el idioma fortalecido por tan prodigiosa literatura convivió en la España peninsular con otras lenguas y con numerosos dialectos, lo que luego se llamaría el español -por evolución desde el castellano- se impuso de manera única en la América hispana. Sevilla y Canarias fueron los dos polos en que el idioma se homogeneizó, en la larga espera que habían de guardar quienes querían embarcarse para las Américas.

Los españoles de las más distintas hablas dialectales, en los meses en que convivían hasta que se daban a la mar, tuvieron tiempo suficiente para recrear un idioma que ya se «exportó» a las Américas como verdadera lengua unificada. El hispanista sueco Bertil Malmberg ha estudiado la cuestión de forma concienzuda.

En España, el castellano no se impuso coactivamente hasta el siglo XVIII. Durante los siglos XV, XVI y XVII, su difusión creciente se debió, aparte del evidente peso hegemónico de la demografía castellana, a su portentoso desarrollo literario y a la fijación de la capitalidad en Madrid (1561).

Posteriormente, fueron los Borbones los que le dieron al castellano el status de idioma oficial del Estado, pero sólo en los organismos oficiales; y no en todos, pues en las notarías de Cataluña, el catalán se empleó, en muchos casos, hasta bien avanzado el siglo XIX. No obstante, la transformación del castellano al español fue imparable, y se vio fortalecida por el hecho de que en 1713 se creara la Real Academia Española de la Lengua, para dar sus reglas al idioma común, con el lema de «limpia, fija y da esplendor».

Y dejamos por hoy la filogenia histórica que estamos siguiendo, para terminarla el próximo jueves. Y como siempre, el autor queda a disposición de los lectores de Republica.com, en castecien@bitmailer.net

0 comentarios

Escribe tu comentario

¿Quieres unirte a la conversación?
Agradecemos tu participación.

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *