La ignorancia de la historia es mala consejera (II)

Empezábamos la anterior entrega de este artículo con una referencia a las pretensiones de los soberanistas de cambiar la historia de España, en la idea de demostrar nuestras enormes diferencias, cuando los habitantes de toda España tenemos una historia común y un Estado que, mejor o peor funciona desde 1512. Y tras el examen de cómo se desarrolló lo que generalmente se titula “la unidad nacional de España”, entramos hoy en el nacimiento de una serie de instituciones en las que seguimos estando.

La diversidad lingüística

En el largo proceso de la Reconquista, que tuvimos de apreciar en nuestro primer subcapítulo se consolidaron las áreas de lengua y cultura de la Iberia actual. En el flanco Oeste, nació el habla galaicoportuguesa; con creciente diferenciación entre el gallego y el portugués, que ahora son lenguas hermanas pero ni mucho menos idénticas.

En segundo término, en el amplio espacio castellano-leonés, desde Asturias, Cantabria, y el País Vasco, hasta Andalucía, e incluyendo Extremadura y Murcia se difundió el idioma castellano; que se entreveró con el romance de Navarra y Aragón como una lengua muy tempranamente unificada. En tanto que la única lengua ibérica resistente a la romanización, el vascuence o euskera, fue confinándose gradualmente, desde un territorio antes más amplio, a Guipúzcoa, aparte de Vizcaya, a una porción reducida de Álava, y al Norte montañoso de Navarra. Debiendo recordarse que el castellano (nombre que debe aplicarse a nuestra lengua hasta el Siglo de Oro, a partir del cual nace el verdadero español), fue en realidad el romance de un gran segmento de euskoparlantes.

Por otro lado, dentro de la Corona de Aragón, el catalán se desarrolló entre los Pirineos y el Ebro, con expresiones propias -más diferenciadas de lo que pretenden algunos catalanistas-, en el Reino de Valencia (valenciano) y en todo el archipiélago Balear (mallorquín, menorquín, ibicenco).

En definitiva, de la Reconquista, de ocho siglos de discontinuo enfrentamiento entre cristianos y sarracenos (con largos períodos en que fueron más intensas las contiendas entre los propios cristianos), surgieron lenguas, y entes políticos diferenciados, que son el origen mismo de la España plural de nuestros días. En la que existe sin ningún género de dudas un idioma común, el español, al lado de las demás lenguas españolas, reconocidas en la Constitución y en los Estatutos de Autonomía.

La clave histórica de la unión personal

La definitiva formación de España como unidad política estatal moderna empezó a producirse cuando Isabel I de Castilla y Fernando II de Aragón (y V de Castilla), ambos de la Casa de Trastámara, se unieron en matrimonio en 1469. Pocos años después, en 1474, Isabel heredó la corona castellana, que con todo género de dificultades, y contra las apetencias de Portugal, consolidó a su favor en 1479. En ese mismo año, Fernando sucedió a su padre Juan II en la Corona de Aragón.

Así pues, a partir de 1479 ya es factible hablar de España como un designio común, porque Fernando e Isabel reinaron mancomunadamente; y no en razón al «tanto monta, monta tanto», que en realidad recordaba el nudo gordiano, que Alejandro Magno cortó, según la historia, diciendo aquello de: «Tanto monta, monta tanto, cortar como desatar.» En realidad fue en el escudo de Isabel y Fernando, profusamente difundido en todos sus territorios, donde quedó registrada la unión de los reinos peninsulares y de Italia (las dos Sicilias); posteriormente, el espacio heráldico que ocupaban aquellas posesiones italianas se asignó a Navarra, originándose así, en lo esencial, el escudo de la España de hoy.

El año 1479 puede considerarse, por consiguiente, como el punto de arranque de la España moderna: por la unidad personal de las dos coronas, de Castilla y León por un lado, y de Aragón por el otro. Seguiría más tarde la conquista del reino moro de Granada (con cuyo símbolo se cerró, al Sur el blasón de los RR.CC.). Y a renglón seguido, el mapa de la renaciente España se extendió hacia el Atlántico a las Islas Canarias; con su conquista, iniciada a principios del siglo XV, que marcó la avanzada indispensable para la gran aventura de la expansión americana. De la cual queda el recuerdo en nuestro escudo nacional, de la leyenda Plus Ultra, introducida por Carlos I1.

La definitiva incorporación de Navarra a la Corona española se produjo, ya lo recordamos antes, en 1512. Así cuando Carlos I desembarcó en Villaviciosa (Asturias), en 1517, ya era verdadero rey de toda España, merced a la acción resuelta de sus abuelos los Reyes Católicos.

Del largo período de la Reconquista que tan rápidamente hemos resumido, además de la configuración de lo que ya sería el mapa de España prácticamente hasta hoy (salvo la pérdida del Rosellón y la Cerdaña, la Cataluña francesa, en tiempos de Luis XIV y Felipe IV), hay que retener toda una serie de hechos históricos que en mayor órnenos medida aún inciden en los españoles de ahora. Los más importantes creo que son los cinco siguientes: distribución de la propiedad de la tierra, trascendencia de los municipios y de las Cortes, unidad religiosa, expansión hacia América, y sistema político confederal.

La distribución de la propiedad de la tierra y su uso

En la primera parte de la Reconquista, los hombres libres -herederos seguramente de estructuras más arcaicas, del tipo de las cántabras y vasconas-, tuvieron la posibilidad de tomar para sí la tierra que podían explotar directamente merced al derecho de presura. Ése fue el origen de numerosas pequeñas pertenencias, que con las sucesivas transmisiones hereditarias, generó el fenómeno del minifundismo, que sigue prevaleciendo en prácticamente toda la mitad Norte de España.

Simultáneamente con ese acceso a la propiedad que, no sin muchas reservas, podría denominarse democrático, los Concejos repoblados con hombres libres en las zonas reconquistadas, disponían, además, de bienes colectivos para cuya explotación se ajuntaban los vecinos. Ese tipo de propiedad todavía persiste actualmente en extensiones importantes (tierras comunales explotadas en régimen comunitario, y tierras de propios que se administran privadamente por cada municipio).

En la mitad Sur, sobre todo a partir de la conquista de Toledo (1085), explicándolo esquemáticamente, las cosas fueron en general bien distintas. La gran amplitud de los nuevos territorios incorporados, con una población cristiana insuficiente para su rápida repoblación, condujo a los repartimientos de tierra entre la Iglesia y las órdenes militares y religiosas, y la naciente aristocracia. Eso es lo que sucedió en Castilla la Nueva, Extremadura, y de manera aún más clara en Andalucía; en esta última, tras un primer período de unos 50 años algo más igualitario.

Después, las distintas fórmulas de vinculación de la propiedad, condujeron al hecho de las manos muertas, esto es, los grandes propietarios que no podían transmitir por vía hereditaria. Los conventos, las abadías, las órdenes militares y religiosas, los mayorazgos, etc., fueron los núcleos del fenómeno de la amortización, es decir, de la progresiva concentración de la propiedad en pocas manos. Especialmente se dio este fenómeno en Castilla la Nueva, Extremadura y Andalucía, en donde los señoríos tuvieron notas diferenciales, mucho más posesivos, que en los señoríos del Norte. En definitiva, el fenómeno de la señorialización de los siglos XIV y XV (derechos de justicia, portazgos, concesión de determinadas rentas, etc.), se formalizaron sobre un hecho de minifundio en el Norte y de latifundio en el Sur.

Mucho tiempo después, a partir de esa realidad, en el siglo XIX las alteraciones en el régimen de propiedad, vía la desamortización civil y eclesiástica, generaron la situación de latifundismo característica de amplias zonas meridionales de hoy, con un rotundo dualismo de grandes propietarios y un elevado número de obreros agrícolas sin tierra.

En definitiva, la historia medieval aún incide en los patrones distributivos de la tierra, y en el mismo paisaje rural. Y fue el origen de episodios históricos tan importantes como la desamortización, en el siglo XIX, y la reforma agraria, en el XX; temas, ambos, a los que más adelante habremos de referirnos.

Un hecho también diferencial de España en la historia medieval fue el fenómeno de la trashumancia, del binomadismo anual de los rebaños de ovejas de Sur a Norte en el verano, en busca de los pastos frescos, y de Norte a Sur en el invierno en busca de los pastos de las zonas más cálidas. Aparte de originar el nacimiento del «Real Concejo de la Mesta de Ganaderos del Reino» (que pervivió nada menos que hasta la muerte de Fernando VII en 1833), la trashumancia contribuyó también a formas de vida características, «desasidas» como las llamó don Claudio Sánchez Albornoz. En parte, ese desarraigo de pastores y trashumantes, de vida tan diferente de la caracterizada por el apego del labriego a su terruño, es lo que en buena medida puede explicar la mayor predisposición de castellanos nuevos, extremeños y andaluces al espíritu de aventura que ulteriormente les llevaría a participar en la empresa americana de exploración, conquista, evangelización y colonización de las Indias.

Y dejamos aquí el tema, en la previsión de seguir con próximas entregas que el autor está preparando para los lectores de República.com. A todos los cuales invito por este medio a la presentación de mi nuevo libro “Más que unas Memorias”, que se hará el jueves 13 de junio, empezando a las 19 horas en la Real Academia de Ciencias Morales y Políticas, Plaza de la Villa nº3. Un anuncio del que ya habrán tenido noticia los lectores de esta sección “Universo infinito” porque República.com me ha apoyado generosamente anunciando ese evento. Y desde luego, como siempre, quedo a la disposición de los lectores en castecien@bitmailer.net

1 En África, las apetencias expansivas españolas del tiempo de los Reyes Católicos, se ciñeron a la zona costera. Siendo vestigio actual de ese pasado la ciudad de Melilla. Ya que Ceuta entró en la Corona de Felipe II, al convertirse en rey de Portugal en 1580; siendo después la única posesión de Lisboa que quedó bajo dominio español al recuperar Portugal su plena independencia. El caso de los originariamente territorios lusos del Golfo de Guinea (Fernando Poo, Annobón y ciertos derechos sobre el continente) fue distinto, pues pasaron a España a partir del Tratado de El Pardo, 1778, al canjearlos Portugal por la Colonia del Sacramento en el es¬tuario del Río de La Plata. Trueque que le interesaba a España para contar con una base de captura y compra de esclavos negros. Esos territorios quedaron fuera de la soberanía española, merced a la independencia otorgada en 1968.

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