Más que unas memorias

La semana pasada, iniciamos un artículo, con una primera entrega, sobre el futuro diseño político de la Unión Europea, el gran proyecto de nuestra integración continental, que no está en su mejor momento. Y prometíamos una segunda entrega para hoy jueves 25, que sin embargo, vamos a retrasar -no sé si una semana o más- para reunir toda una serie de informaciones controvertidas sobre el tema.

Por las señaladas circunstancias, el artículo de hoy de “Universo infinito”, vamos a dedicarlo al más reciente de mis libros, que acaba de publicar RBA y que lleva por título “Más que unas Memorias”. Y sobre ese nuevo volumen de mis trabajos, diré que en materia de recuerdos de una vida más o menos larga, cabe decir, primero de todo, que “no hay derecho al olvido”. En otras palabras, nos vienen al cerebro remembranzas muy diversas de otros tiempos, algunas dulces y evocadoras; otras dolorosas, y hasta pecaminosas, que querríamos borrar. Pero eso resulta absolutamente imposible, pues no hay una llave, ni una espita, para cerrar un determinado núcleo de neuronas, o dar salida a los efluvios de otras. Estamos condenados a recordar, lo malo y lo regular, al tiempo que lo bueno.

Y a la hora de presentar Más que unas Memorias, el libro de mi vida, podemos preguntarnos sobre la diferencia entre diarios, biografías, autobiografías y memorias.

Lo primero, los diarios, está bien claro qué son: anotaciones cotidianas, hechas día a día, casi siempre de manera minuciosa. Como le sucedió a Amiel en plan intimista, y que de manera tan extraordinaria estudió Marañón. Y como también hizo el Conde Ciano, con sus confidencias políticas, que una vez develadas le comportaron la propia muerte; decidida por su suegro, Mussolini, que no pudo soportar las intemperancias sobre su persona, decantadas por su yerno.

En segundo término, la biografía ya se sabe: es la narración de una vida, hecha por un autor sobre una persona que aparece como protagonista. Y de esa forma expresión histórica, hay experiencias verdaderamente excepcionales, de modo que si a mí me plantearan qué biografía considero más excelsa, yo hablaría de una por encima de todas -casi über alles-: concretamente la que Allan Bullock escribió hace cuatro o cinco décadas sobre la vida de quien seguramente fue el máximo dictador de todos los tiempos; con el título “Hitler, un ensayo sobre la tiranía”.

Y de los biógrafos más señeros de nuestra España, yo citaría muy destacadamente a Salvador de Madariaga; por sus libros sobre Colón, Cortés y Bolívar. Y siempre me pregunto si Hugo Chávez llegó a leer el último de los citados, creo que no, pues la imagen que da Madariaga del libertador no alcanza la excelencia que le atribuía el difunto Don Hugo.

La autobiografía, también sabemos, más o menos, lo que es: una secuencia de historias más o menos largas sobre las hazañas, bondades, y forma de la propia vida del autor. Y si igualmente me pidieran algún título especial al respecto, yo citaría, antes que nadie, a Arthur Koestler, con su formidables tres volúmenes: Flecha en el azul, El camino hacia Marx, La escritura invisible; todo bajo el escueto común denominador de Autobiografía. Un libro que leí prácticamente sin soltarlo de mis manos, cuando todavía era muy joven. Y que me influyó mucho en la percepción de numerosos hechos políticos y sociológicos.

Como también citaré la autobiografía de Paul Schimidt, el intérprete del ya citado Hitler, una obra espléndida, que tituló “Europa entre bastidores”, donde en torno a su persona fueron desfilando grandes personajes, que sin el testimonio de Don Paul no conoceríamos tan a fondo.

También en el caso de los autobiografiados, me referiré a John Kenneth Galbraith, que tuvo extraordinarias vivencias, como economista. Al vivir y trabajar, en el trust de los cerebros, en los tiempos del New Deal del Presidente Franklin Delano Roosevelt; cuando se luchaba contra la Gran Depresión, que había convertido la economía norteamericana, y la del resto del mundo, en una auténtica agonía de desempleo con toda clase de miserias. Y en esas Memorias de Galbraith figura el estudio que hizo, inmediatamente después de la guerra, en 1945 -lo recuerdo ahora por asociación de ideas con el doblemente mencionado Hitler-, para averiguar los efectos de los bombardeos masivos de los aliados sobre Alemania. Un trabajo en el que le acompañó el llorado maestro de ecologistas Ernst Friedrich Schumacher, autor de aquel emocionante libro titulado “Lo pequeño es hermoso”.

Y entramos ahora, como diría Spielberg, en los Encuentros en la tercera fase, las Memorias propiamente dichas. Momento en el que no puede por menos de recordar a mi siempre maestro Pío Baroja: autor de uno de los mejores especímenes del género, que sabiamente tituló “Desde la última vuelta del camino”; con cuatro impresionantes volúmenes sobre literatura, vida, críticos y otras ramificaciones de su dilatada experiencia como atento observador crítico del mundo en que vivió. Y de Baroja me surge una idea: si, como él dijo, “la novela es un saco en el que cabe todo”, algo cabría decir de las Memorias, que son los recuerdos de una vida potencialmente novelable. Por lo menos, esa es la forma en que yo he visto la cuestión a la hora de escribir, durante cinco años Más que unas Memorias.

¿Y por qué he escrito yo este libro que ahora presento a mis lectores habituales y a los que todavía no lo son? Porque escribir sobre uno mismo, es siempre una provocación. Aunque, lamentablemente, puede parecerse mucho a lo que constituye un mitin político; en el que más que a convencer, se va a reforzar adhesiones de los que concurren a él y que ya tienen decidido el voto a favor del orador anunciado.

Pero en mi circunstancia personal, no lo estimo de ese modo, porque creo que tanto en un mitin, como en una presentación como ésta, pueden ganarse nuevos adeptos. De otra manera, no tendría sentido reunirnos o escribir como ahora lo hacemos; conviene la participación activa de colegas y descolegas, amigos, enemigos, conocidos y desconocidos; para comentar, todos a la limón, la senda que uno ha recorrido en su propia vida.

Estas Memorias, más que divididas, se hallan insertas en dos espacios consecutivos: “Años de Aprendizaje”, y “La Edad de la Razón”. En los primeros, casi obviamente, guiados por la narrativa alemana de los tiempos de Wolfgang Goethe y Friedrich Schiller; llegando incluso a Hermann Hesse, en lo que se llama la literatura del Wanderung; esto es, la andadura vital de quien escribe el itinerario que ha recorrido con mayor o menor fortuna en sus años de aprender para saber.

Y en ese sentido, dentro de los “Años de Aprendizaje”, yo me inscribo en la filosofía orteguiana, la razón vital, que tanta influencia recibió de Henri Bergson, con sus ideas sobre lo que es el elán, esto es, la vida como resultado de un gran impulso; que para los optimistas, como servidor de Vds., no puede sino llevarnos hacia adelante.

En cuanto a la segunda parte de Más que unas Memorias, “La Edad de la Razón”, aclararé que el título, también casi obviamente, lo tomé prestado de Simone de Beauvoir, ya se sabe la compañera de la vida de Jean Paul Sartre. Con quien recorrió tantos escenarios, a veces patéticos, pero también exultantes de ideas y de proyectos intelectuales. Y es que la edad de la razón -¿habré llegado yo a sus vericuetos?-, es el tiempo en que tras madurar lo indispensable, ya se pueden emitir juicios; incluso con algún fundamento experimental propio, sobre esto o aquello. Cosa que desde luego, hago de manera continúa en mi libro, con la osadía que tantos me atribuyen, no sin razón.

Y antes de terminar querría relacionar las casi 800 páginas de Más que unas Memorias con un libro que siempre inspira; y señaladamente según dicen, a los economistas. Ya habrán adivinado Vds. de qué se trata: “Alicia en el país de las maravillas”, de Lewis Carrol. Donde, entre otras muchas cosas, Alicia dice aquello tan formidable de que “¿Para qué sirve un libro que no tiene estampas y diálogos?”. Una observación que yo no puede olvidar nunca, y que es el origen, de que en “Mas que unas Memorias”, haya no pocas ilustraciones y mucho diálogo.

Espero que los lectores de esta sección en República.com, puedan echar una hojeada a mi libro de recuerdos y que incluso se decidan a leerlo, si no de la cruz a la fecha, sí en los pasajes que les parezcan más atractivos. En cualquier caso, el autor queda, como siempre, a disposición de sus lectores en castecien@bitmailer.net.

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