A vueltas con EE.UU./China

El pasado día 11 de diciembre, tuvimos en la Universidad Rey Juan Carlos, Campus de Vicálvaro, una mesa redonda. A propósito de la reciente reelección del presidente Obama, el 6 de noviembre, y de la postulación por el PCCh de Xi Jinping como próximo presidente de la República Popular China. Se trataba de apreciar las principales líneas de tendencia en relación con el futuro de ambas superpotencias, y sobre todo en lo concerniente a sus posibles relaciones recíprocas.

En ese encuentro, inevitablemente surgió, a la hora de evaluar la posibilidad de conflicto entre China y EE.UU, la figura de Henry Kissinger; Secretario de Estado que fue con Nixon y Gerald Ford en los años 70 del siglo pasado, y que tanto hizo para normalizar las relaciones del antiguo Celeste Imperio y de la Unión norteamericana.

A ese respecto, recordé en la referida sesión de trabajo, la lectura que hice en el verano de 2011 del libro de Kissinger On China. Poniendo de relieve, ante todo, que su autor es considerado un criminal de guerra por muchos interpretes de su política (debido al conflicto de Vietnam, sobre todo), a pesar de lo cual le concedieron el premio Nobel de la Paz. En tanto que para otros, es uno de los estrategas más lúcidos del siglo XX, una especie de Metternich (el árbitro del Congreso de Viena de 1815), pero, desde la posición hegemónica todavía indiscutida de EE.UU., en sus buenos tiempos; cosa que ya no está tan clara.

De especial interés en el libro de Kissinger, es el espacio dedicado a las desavenencias entre la URSS y China en los tiempos de Stalin, Kruchev y Breznev. Con malos entendidos que fueron in crescendo: los soviéticos pretendían continuar siendo la referencia principal del mundo comunista, en tanto que China, a partir de la proclamación de la República Popular el 1 de octubre de 1949 se negó a aceptar convertirse en una segunda pieza del bloque; con una acerva crítica a los rusos, ya que la ayuda facilitada para la victoria de Mao durante la guerra civil hubo de pagarse rublo a rublo. Y una vez llegada la paz, en 1949, la URSS tuvo las más claras aspiraciones de colonizar los recursos naturales de las dos grandes regiones chinas de Manchuria y Xinjiang.

Las cosas se complicaron, al declarar Nikita Kruchev la teoría de la coexistencia pacífica, considerada por Mao como puro revisionismo soviético en favor del imperialismo capitalista. Discrepancia, esa y otras, que hicieron sentir a los chinos la amenaza de un potencial castigo atómico desde Siberia. Eventualidad que años después tuvo mucho peso a la hora de abrirse negociaciones con EE.UU.; para establecer, a la postre, una verdadera alianza frente a la veleidad rusa de una guerra nuclear preventiva, que finalmente no se produjo por toda una serie de reminiscencias de racionalidad en el kremlin.

Ciertamente, esa tensión China / URSS presionó en pro de la reconciliación de Pekín con EE.UU.; justo el gran tema del libro On China. Donde brilla con luz propia el trabajo de Henry Kissinger, que preparó su viaje secreto a Pekín en julio de 1971, lo que permitió su encuentro con Chu Enlai: “el personaje más fascinante que nunca encontré en 60 años de vida pública. Su cara era expresiva, sus ojos, luminosos… de una inteligencia excepcional”.

Ese viaje secreto, posibilitaría que Nixon llegara a Pekín en 15 de julio de 1972 parar celebrar su célebre entrevista con Mao, de la que resultó el Comunicado Final de Shanghái, que consagró un doble compromiso: rechazo de cualquier propósito unilateral de hegemonía en la región Asia Pacífico, y aceptación por EE.UU. de que Taiwán era parte de una sola China. Un cambio sensacional para las relaciones entre los dos países, que a partir de entonces –y con los inevitables altibajos— no cesaron de mejorar en toda clase de intercambios.

En el capítulo de cierre de su obra, Kissinger plantea la gran pregunta: ¿conducirá el espectacular crecimiento de China a un conflicto con EE.UU.? Al respecto, estableció una interesante analogía con el ascenso de Alemania en los años 1900/1914, que acabó precipitando el enfrentamiento del II Reich con el Imperio Británico. Un choque evitable, de haberse aceptado lo que se preconizaba en el Crowe Memorándum de 1907 sobre posible entendimiento Londres/Berlín. Pero al final, se produjo la tragedia de la Primera Guerra Mundial.

Más de un siglo después, en una especie de Memorándum Kissinger, se deja claro que EE.UU. no puede intentar cercar y aislar a China, como ya lo hizo entre 1949 y 1971. Y también se evidencia que la República Popular debe renunciar a cualquier idea de expulsar a EE.UU. de Asia y el Pacífico. En último término, en On China se recoge el argumento de Immanuel Kant: la paz perpetua llegará finalmente al mundo de una de las dos formas posibles: merced a la sana visión y decidida voluntad política; o por conflictos y catástrofes de tal magnitud que dejarían a la humanidad sin más opción. A juicio de Kissinger, la primera de esas eventualidades es la realmente válida, con la idea central de una Comunidad del Pacífico, análoga a la que funciona en el Atlántico desde el Plan Marshall que comenzó en 1948.

Esa cuestión del entendimiento China/EE.UU., fue precisamente el tema central del encuentro en la URJC a que me he referido a principio de este artículo. Y todos los asistentes coincidieron en que el diálogo permanente entre las dos superpotencias es la única garantía de paz.

En el sentido apuntado, todos los partícipes de la mesa redonda presentaron sus posiciones. Antonio Garrigues Walker, se refirió, sobre todo, a las grandes posibilidades que ofrece el segundo mandato del presidente Obama. En tanto que Juan Verde, Subsecretario de Estado para Europa en la primera administración Obama, puso de relieve la importancia económica de los flujos entre China y EE.UU.

Otros intervinientes en la sesión tocaron aspectos altamente especializados: el ingeniero Pedro Canalejo, resaltó marcadamente la trascendencia de las infraestructuras para toda clase de tráficos internacionales, especialmente en la República Popular y en la economía estadounidense. Luis Palacios, que presidió el acto como Director del Instituto de Humanidades de la URJC, se ocupó de apreciar los buenos síntomas que hay en las relaciones chino-estadounidenses en cuanto a negociar continuamente. Y Felipe Debasa Navalpotro, que moderó un coloquio con numerosas intervenciones del público asistente, expuso su punto de vista sobre el futuro de los jóvenes chinos que de una forma u otra piden el cambio dentro de su país.

En resumen, una sesión instructiva, de la que más de dos centenares de asistentes salieron convencidos de que nuestro futuro tiene mucho que ver con las actitudes y tratativas de Pekín y Washington, D.C.

Y como éste es mi último artículo del año 2012 en república.com, quiero desear a todos los lectores de “Universo infinito”, doce meses interesantes y de buen trabajo. Y como siempre, el autor queda a disposición de los internautas para cualquier cuestión en su correo electrónico castecien@bitmailer.net.

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