El viaje de estructura económica y VI

En el viejo reino de Boabdil y fin de trayecto

Terminamos hoy “El viaje de Estructura Económica” que con los lectores de República.com emprendimos el pasado 29 de marzo, recordando las anteriores paradas de nuestro itinerario: Puertollano, Manzanares de La Mancha, Córdoba, Sevilla, Cádiz y Málaga. Y fue en la capital malafitana donde tomamos el tren a Granada; entonces una ciudad muy distinta de la actual, con líneas de tranvías, que la conectaban con los pueblos de la Vega. Que en aquellos tiempos se dedicaban fundamentalmente al cultivo del tabaco, hoy sustituido en buena parte por inmensas choperas.

Por lo demás, el turismo era prácticamente inexistente, y se podía entrar en la Alhambra sin ninguna clases de esperas ni citas previas. Luego dentro del gran palacio nazarí, apenas se encontraba uno a ocho o diez personas, que buscaban el recuerdo de Boabdil, de su santa madre, y del no menos meritorio Washington Irving. No como ahora en que es necesario advertirlo todo con tiempo, para entrar según lista de ordenador, con señalamiento de fecha y hora.

Leía hace poco que en 2011 La Alhambra tuvo algo más de dos millones de visitantes. Un gran número, como personalmente pude comprobar, en una muestra cotidiana, en la visita que hice en abril de 2012, guiado por mi amigo Jaime Parra, Secretario General de la Cámara de Comercio de la antigua Elvira o Garnata.

Me causó gran impresión el Palacio de Carlos V, con la forma perfectamente circular de su patio y enigmática piedra rojiza. Por entonces estaba completamente vacío, como abandonado, a pesar de que ya habían empezado los festivales de música de Granada, algunos de cuyos actos se celebraban, y siguen celebrándose, precisamente en el patio circular.

Es un tema que me interesó siempre: el joven Carlos, ya rey de España —teóricamente rigiendo sus destinos en común con su madre, la Reina Juana—, vivió en Granada sus primeros años españoles. Tiempo en el que dicen aprendió a hablar el idioma de Francisco de Rojas y Antonio Elio de Nebrija, que pronto convertiría en el suyo principal, dicen que para hablar con Dios: el alemán… para los caballos.

Y sobre ese reducto arquitectónico en tan singular escenario, me hice la misma reflexión que había oído en Córdoba cuando visité la catedral dentro de la antigua mezquita: «Si Carlos I no hubiera edificado aquí su palacio para que fuera permanentemente cuidado, la Alhambra habría sufrido las consecuencias de un abandono tal vez definitivo».

La visita al preciosísimo recinto arabigoespañol fue mucho más que un reconocimiento de lo que ya por entonces yo había visto en fotografías y películas: me pareció que era como entrar en una civilización refinada, explicándose uno la nostalgia de los islámicos de toda la orbe por la gran pérdida que tuvieron en España, Al Andalus para ellos. Otra cosa es que algunas mentes calenturientas reivindiquen la recuperación España hasta Despeñaperros, como ahora está de moda entre los movimientos yihadistas. Y es que no se dan cuenta que España antes de ser mora por 789 años, ya fue cristiana por más de 700; y lo siguió siendo entre los mozárabes que incluso eran mayoría en la población de El Andalus durante la dominación islámica. Y lo sigue siendo: últimas estimaciones, el 72 por 100 de sus 47 millones de habitantes de 2012.

Visita también principal que hicimos en Granada, fue a la Capilla Real, no lejos de la catedral, que custodia los restos de los Reyes Católicos, de Felipe I el hermoso y de su esposa Juana. Así como el primogénito de Isabel y Fernando, Juan, que estaba llamado a cumplir un gran papel histórico; que no fue posible por su muerte prematura, transfiriéndose su papel de heredero a Carlos I, con la complicación ulterior que nos reportó al convertirse en Emperador de Alemania.

La Capilla Real es uno de los lugares más maravillosos de toda España, por su gótico tardío, y por los enormes túmulos funerarios de las dos parejas reales, en un mármol que asemeja alabastro. Y sobre todo, por la cripta donde en modestos ataúdes, instalados sobre caballetes, yacen las personas reales ya citadas.

Desde aquel lejano año de 1952 de mi primera visita, siempre que voy a Granada procuro peregrinar a la Capilla Real, en lo que para mí es el encuentro con los padres de la nacionalidad española. Porque ahora que tanto se habla de padres de la nacionalidad catalana, o gallega, o vasca, o incluso andaluza, se olvidan que aquella pareja, unidos sus destinos desde 1474, fue la impulsora de la unión de las Españas, y de la ulterior expansión hispana en todos los órdenes al Nuevo Mundo. Aunque, ciertamente, cometieron errores notables, entre ellos la expulsión de los judíos; sin los cuales España perdió definitivamente su fortaleza financiera, que cayó en manos de banqueros de todos los pelajes, de Génova, Alemania, etc. Son reflexiones inevitables que ya a nuestros 19 años surgían de las mentes jóvenes de un Pedro Ramón Moliner y de este servidor: sentíamos todo lo que veíamos como algo propio, apreciando la grandeza, y también las miserias históricas, a nuestros tiernos 19 años.

En Granada hicimos algunas visitas turísticas más —como el Jeneralife con sus jardines y albercas, así como los dos barrios próximos de El Albaicín y el Sacromonte. Sin olvidar la Catedral, cuya construcción iniciaron los Reyes Católicos en nuevo estilo Renacimiento. En tanto que las primeras catedrales del nuevo mundos, en Santo Domingo y en La Habana, aún fueron del más puro estilo gótico en su interior.

También en Granada tuvimos estupendos refrigerios en dos tabernas, con guisos que nos parecieron bastante morunos, a base de habas y habichuelas, muy especiadas. Y paseando por uno de los barrios más pobres, en una de las paredes, vi una inscripción con la leyenda «¡Viva Rusia!», que me pareció un grito absurdo. Porque Rusia como tal no tenía entonces ningún atractivo político para la gente; si acaso, era el régimen soviético, cuyo proyecto ya para entonces estaba seriamente averiado, incluso antes de la muerte de Stalin.

Desde Granada iniciamos nuestro regreso hacia Madrid: otra vez al tren a lo largo de casi doce horas. Como siempre en vagón de tercera, mezclados con toda clase de viajeros; incluida una cuerda de presos que conducían dos números de la Benemérita, con sus viejos Mauser y sus relucientes tricornios acharolados.

Llegamos a Madrid al amanecer. Y ya en la capital, en el trayecto que hice en tranvía desde la estación de Atocha hasta cerca de mi casa, pude comprobar el ambiente en las primeras horas de la mañana: los traperos de retirada, conduciendo sus pequeños carros tirados por humildes burros, camino de las afueras de Madrid. Allí, en los arrabales se hacía la selección de basuras, y se aprovechaba todo, incluidas las sobras del parco yantar de los madrileños, para dar de comer a una modesta cabaña de porcino y caprino.

Terminando el viaje de estructura económica, si tuviera que hacer un resumen del mismo, yo diría que recorrimos la parte más dura de la España del estancamiento originado por la Guerra Civil, con la brutal vigencia del sistema autárquico. Era un país que en todo el territorio que visitamos daba la impresión todavía de estar recién salido de la guerra civil, y salvo las nuevas zonas industriales a las que me he referido en Puertollano, mucha pobreza por todas partes: pocas construcciones nuevas, gente mal vestida, coches viejos y parcheados, pensiones lúgubres con sólo lo más elemental, alimentación de baja estofa en las tascas y tabernas, comparativamente con lo que hoy tenemos por costumbre.

Estuvimos doce días de un sitio para otro, y yo me gasté en total, de mis ahorros, unas 1.500 pesetas, es decir, poco más de 100 pesetas diarias, incluyendo transporte, alojamiento en pensiones, comidas, y todo lo demás. 1.500 pesetas son hoy nueve euros. Claro que la inflación lo explica casi todo.

En realidad, aunque ya había hecho yo algunos viajes, fundamentalmente por el extranjero, el recorrido que hicimos a modo de estudio de estructura económica, resultó especialmente útil. Porque fuimos observando toda una serie de actividades productivas o culturales o incluso de ocio, y supimos apreciar, eso creo, nuestro enorme patrimonio histórico monumental. Tuvimos, pues, una amplia perspectiva de lo mucho que podría hacerse en una economía y una sociedad que se encontraban en el más absoluto fondo de la miseria.

En definitiva, volví del viaje con una mezcla de sabores diversos, empezando por el pesimismo que suscitaba la situación en que se encontraba toda la España del Sur (un título que luego escogió Alfonso Carlos Comín para un libro que tuve ocasión de prologarle en 1968). Y al tiempo encontramos una aplicación, en lo que habíamos visto, de aquella frase del filósofo italiano Antonio Gramsci: «contra el pesimismo de la inteligencia, está el optimismo de la voluntad».

Y con ese pensamiento tan y espléndido, terminamos hoy nuestro “Viaje de Estructura Económica”. Espero que a los lectores no les haya resultado demasiado largo un itinerario de entonces; que era más difícil de recorrer en los tiempos actuales. Y como siempre, quedo a disposición de los lectores de República.com en castecien@bitmailer.net, y de su editor Pablo Sebastián. Gracias por brindarme tanta hospitalidad sobre otros ámbitos y otros tiempos.

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