El viaje de estructura económica IV

La Sevilla de Aníbal González, y de camino a Cádiz por Jerez

En las últimas tres semanas, estoy escribiendo en Republica.com sobre el “Viaje de Estructura Económica” que en diciembre del lejano año de 1952 hicimos Pedro Ramón Moliner y yo mismo; en tiempos de estudiantes, con sólo 19 años, ambos. Y en las tres entregas anteriores, ya tuvimos ocasión de visitar el Kombinat del INI en Puertollano, las bodegas de Manzanares de La Mancha, y los tesoros arqueológicos y monumentales de Córdoba La Llana. Para, ahora entrar en nuestra siguiente parada y fonda en Sevilla e iniciar la travesía terrestre a Cádiz.

Desde Córdoba a Sevilla, la distancia que hoy se recorre en 45 minutos en el AVE, en nuestro tren de 1952 tardamos casi tres horas; con algunas paradas, siempre inexplicadas, en medio del campo y con escalas en estaciones de nombres tan sonoros como La Carlota («donde se fundó por Olavide, en el siglo XVIII, en tiempos de Carlos III una de las colonias para amortiguar las soledades de la Sierra Morena»), Ecija («la de las siete torres y el balcón del c…, por aquello de «¡C… qué balcón»), siguiendo a Carmona con su inmenso castillo hoy convertido en parador de turismo… Y al final, la llegada de Sevilla, donde nos instalamos en una pensión en el barrio de Santa Cruz, cuyas ventanas y balcones, no obstante ser ya invierno, estaban repletos de tiestos con flores, sobre todo geranios.

En Sevilla tuvimos de contacto viajero a un común amigo de tertulia en Madrid, Genaro Illescas; compañero mío de la Facultad de Derecho, de cerrado acento andaluz, espigado y muy imaginativo, que nos acompañó durante toda nuestra estadía hispalense. Con visitas a la catedral, que a mí desde entonces me ha parecido un poco un gran garaje, no obstante su fama de ser una de las mejores seos españoles. Y para mí, la gran sorpresa fue que a lo más alto de la torre de la Giralda se suba por una rampa; dicen que para permitir a las mayores dignidades islámicas remontar a caballo hasta allí, y divisar, como si fuera una maqueta, toda la ciudad entre el Guadalquivir y las murallas.

En ese primer encuentro con Sevilla, lo que más me admiró fueron los Alcázares Reales, con sus grandes estancias mudéjares y el inmenso jardín; al que se entra bordeando una alberca rectangular, surcadas sus aguas por patos y cisnes, y rodeada de arcos renacentistas. Todo ello, como frontispicio del gran parque, por donde dimos un largo paseo: un auténtico botánico, en el que Genaro nos informó que los reyes cristianos vivían durante el invierno en Burgos y en Sevilla los veranos. Cuando cualquiera pensaría que lo lógico habría sido lo contrario: pero los palacios hispalenses estaban muy bien preparados para el estío, con fuentes, estanques, y jardines, todo muy placentero, en una cultura del agua heredada de los árabes. En tanto que en los palacios burgaleses, eran frecuentes las amplias chimeneas para calefactar las amplias estancias, así como las alfombras y los tapices para darles lo que hoy llamamos confort.

— La Andalucía recién conquistada, la Novísima Castilla, nombre que ahora nadie recuerda —manifestó Genaro— causó el mayor entusiasmo a los conquistadores cristianos: El Andalus debió parecerles un paraíso, en impresión bastante similar a la que sintieron, más de dos siglos después, los navegantes y conquistadores españoles en el Nuevo Mundo. Lo cual explica que a México la llamaran Nueva España.

Posteriormente, tras aquel viaje de estructura económica, cuando vuelvo a Andalucía, siempre en Sevilla retorno al Alcazar de los Reyes Cristianos, y me viene al recuerdo una frase de Dionisio Ridruejo, en su libro Escrito en España. Donde nuestro poeta llega a decir que la zona de transición más rotunda de una parte a otra de toda la nación, se da en Despeñaperros. Por la sensación de estarse pasando de un país a otro, con los montes peinados de olivares en Jaén, y las grandes extensiones de cítricos más al sur, con fincas grandes y un aire de primaveras tempranas y largos veranos. Y sobre todo, con gentes de mentalidad menos propensa al sentido trágico de la vida a lo Unamuno. Y no obstante esas diferencias, geográficas, climáticas y antropológicas, Andalucía es una de las partes de España que se sienten más profundamente española.

Volviendo al viaje que nos ocupa, nuestra estancia hispalense tuvo su visita más estructural, en la que hicimos al puerto fluvial —el único de España—, que vimos un tanto desangelado. Con barcos más pequeños de lo que imaginábamos, explicándonos al respecto el amigo Genaro las dificultades de navegación por el Guadalquivir por su insuficiente drenaje.

Allí contemplamos la descarga de un barco de carga general, que debía ser de cabotaje, y tuvimos ocasión de hablar con algunos estibadores, que se expresaban en una jerga andaluza casi ininteligible, más que por el acento, por las palabras y los giros que empleaban. Lo cual me recordó el slang de la película On the water- front, que en parte transcurre en el puerto de Nueva York; protagonizada por Marlon Brando. Un filme que vi en el Cine Boy de Madrid, donde en tiempos echaban películas en inglés para los yanquis de la base de Torrejón. Y en el descanso de la sesión continua, me encontré con un amigo norteamericano, de apellido Earl, a quien todos llamamos El Duque (precisamente por la traducción de su nombre de familia). Le comenté que no entendía casi nada, y él me dijo con una sonrisa:

— No te preocupes, Ramón, a mí me está pasando casi lo mismo. Es la jerga de los muelles de Manhattan… —Y desde luego, también el habla del Puerto de Sevilla no era tan fácil de desentrañar.

Nuestra estadía hispalense transcurrió con la sensación de estar viviendo en una ciudad extraordinariamente hermosa, con parques como el de María Luisa, la formidable Avenida de la Palmera con grandes edificios a sus dos lados, la Plaza de España diseñada por Aníbal González, el arquitecto de nacionalismo español de la Exposición Iberoamericana de 1928, época de la dictadura de Primo de Rivera. Una muestra que dejó verdaderos tesoros, incluyendo el Hotel Alfonso XIII, donde Genaro nos llevó a tomar un breve aperitivo; con un personal un tanto extrañado al vernos a tres cuasi-mozalbetes sentados allí en el bar pidiendo fino y aceitunas gordales, combinación casi perfecta que ya habíamos aprendido en Córdoba.

Sevilla, fuera del Barrio de Santa Cruz y de su centro histórico, me dio la sensación de un tanto arrabalera, de calles casi vacías de tráfico, con las calesas y landós todavía muy muchas para los pocos turistas que se veían. Después, por mis numerosas visitas, vi cómo fue mejorando y llegué a pensar lo mismo que una noche oí en televisión, a Galbraith, allá por la década de 1980, cuando opinó que las dos ciudades más hermosas del mundo eran Florencia y Sevilla; dando a la segunda toda la importancia que tuvo en la historia de España, sobre todo por su Casa de Contratación; ahora Archivo de Indias donde se conservan la historia viva del descubrimiento, la exploración, conquista y evangelización de las Américas. Como siempre, Galbraith sabía de qué hablaba.

Yo sólo visité el gran archivo años después, con ocasión de un Congreso Iberoamericano y Filipino de Comercio que se celebró en la hoy oficialmente capital de Andalucía. Y me quedé admirado del inmenso tesoro documental que allí pervive. Después, andando el tiempo, supe que fue durante el reinado de Carlos III cuando se desglosó una parte de los archivos históricos de Simancas, donde ya no cabía tanto legajos. De modo que en una larga hilera de carretas se llevaron los documentos referentes a América al actual Archivo de Indias, ubicado en la Casa de Contratación, cuando el Consejo de Indias se declaró extinto, al decretarse la libertad de comercio de toda España con las Américas; suprimiéndose de ese modo el ya insoportable monopolio del Consejo… En fin, son historias que se van relacionando unas con otras como las cerezas…

— Esta ciudad —nos dijo Genaro Illescas, un poco como despedida— volverá a ser importante: es la capital de Andalucía, lo fue en verdad del Imperio Español durante siglos. La Torre del Oro y la Giralda marcan la grandeza de una urbe sin par en España. Y por si todo eso fuera poco, el gran Aníbal González nos dejó su formidable huella de gran arquitecto… Volved siempre a Sevilla, que nuevamente os dará la bienvenida.

Y efectivamente, Genero Illescas vivió toda su vida profesional en Sevilla, primero como notario en una ciudad próxima, luego en la propia capital. Murió poco antes de la Expo-92, cuando Sevilla se convirtió en la capital de la megalomanía de los sociatas andaluces, que también sirvió para cosas buenas: la nueva red arterial de la ciudad y la llegada del AVE…

Después de Sevilla, Pedro Ramón Moliner y este memorialista, nuevamente nos fuimos al tren, con destino Cádiz, atravesando el aire limpio y transparente de las Marismas, y sintiendo la proximidad del mar, de los esteros y las salinas. En el recorrido, pueblos con resonancias históricas, como Cabezas de San Juan:

— Aquí es donde el General Riego se levantó contra Fernando VII para restablecer la Constitución de 1812 –le dije muy serio a Pedro, que asintió sesudamente, dando muestras de que ya estaba al corriente.

Y lo estaba también en nuestro mismo compartimento, un señor de apariencia muy conservadora se vió gratamente sorprendido de nuestra conversación:

— Muy bien, jóvenes, se ve que están ustedes muy versados. Y de aquella sublevación de Rafael Riego vino la definitiva pérdida de la América española, porque los ejércitos que iban destinados a Venezuela a guerrear contra Bolivar y sus generales, se dedicaron a otros menesteres…

— Sí, señor. Pero no sé si tiene Vd. toda la razón —me atreví a contestar yo—, porque la independencia de los Virreinatos y capitanías era históricamente inevitable, y con mayor o menor esfuerzo lo habrían conseguido. Lo peor de todo, con diferencia era aquel indeseable rey, el primero en dar un golpe de estado en nuestra historia moderna, y que neciamente negó sus derechos políticos a los criollos y a los mestizos e indios de las Américas. Lo mismo que los españoles peninsulares, incumpliendo las pautas de la Constitución de Cádiz, que traducían la necesidad de que fueran iguales “los españoles de ambos hemisferios”.

— Hasta puedo estar de acuerdo con Vd., joven —me replicó el señor con la mayor educación, e incluso con cierta condescendencia—. Desde luego, Fernando VII no fue un dechado de virtudes: restauró la Inquisición en 1823, cuando acabó con el General Riego y todos los constitucionalistas de 1820, merced a la invasión de los Cien Mil Hijos de San Luis. Pero también es cierto que Riego no cumplió con su deber de ir a las Américas…

En la conversación terció un cura con sotana –entonces la llevaban todos, con sus treinta y tres botones, los mismo de los años de Cristo—, quien también echó su cuarto a espadas, en una dirección que nadie se esperaba.

— Bien, bien, pero que muy bien por esas evocaciones históricas… Afortunadamente la Inquisición desapareció en 1834 después de morir Fernando VII, y bien enterrada que está. Aunque después la hayamos tenido con otras formas, y hoy mismo sigamos teniéndolas… Como ven, soy clérigo, pero estoy en la idea de que a nadie se le puede forzar a creer lo que no quiere aceptar, ni en cuestiones espirituales, ni ideológicas…

Una señora de aspecto semi-aristocrático y distinguido que también iba en nuestro compartimento, lo recuerdo como si la estuviera viendo, enfundada en un traje negro inevitablemente por ser viuda, se santiguó al oír las palabras del pater… Y ante semejantes gestos de desagrado, todos llegáramos como a un acuerdo tácito para poner fin a nuestra conversación y no pasar a mayores…

Ante nuestros ojos iban desfilando las feraces tierras del valle del Guadalquivir con sus plantaciones de cítricos, vislumbrándose a lo lejos los llanos de Lebrija anegados para el cultivo del arroz. Fue entonces cuando el mismo pasajero que antes nos había comentado ya alguna cosa, dijo muy pedagógicamente:

— Ahí está, jóvenes, la patria chica de Antonio Elio de Nebrija, el primer gran estudioso de la nueva lengua española a partir del castellano. Autor que fue de un primer diccionario de latín en relación con nuestro idioma… un libro que todavía es útil consultar. Como también formó la primera gramática… Además, por lo que yo sé, tuvo largas conversaciones con Isabel la Católica, y le inculcó la idea de que si el latín fue un instrumento decisivo del Imperio romano, el castellano lo sería del nuevo Imperio que se intuía a partir del descubrimiento de las Indias… Y Nebrija acabó siendo auténtico profeta: la lengua sería el instrumento del imperio que Isabel y Fernando iniciarían. Y lo más importante que queda en común entre la América y nosotros es precisamente es eso: el idioma común de casi 200 millones de personas… (por entonces, ahora en 2012 500).

No se me olvidaron los comentarios de nuestro docto acompañante, y bien que los recordé años después, cuando leí el libro titulado La América hispanohablante, del lingüista sueco Bertil Malmberg, en donde se refiere in extenso a Nebrija, calificando Sevilla como el crisol donde romance más extendido de toda España, el castellano, se unificó a partir de la diversidad de sus dialectos peninsulares; por la convivencia, que a veces duraba años, de quienes se disponían a embarcar para las Indias… Allí nació realmente la lengua española —como la llamaron ya Isidoro Reina en la primera traducción hispana de la Biblia (1561), y Covarrubias en su Diccionario “Tesoro de la lengua castellana o española”. Desde Sevilla, esa lengua española, ya unificada y con su seseo, arribó a las Américas.

En esas estábamos cuando el tren paró en Jerez de la Frontera y, uno de nuestros acompañantes de tren, que también iba a Cádiz, nos recomendó:

— Bajen, bajen, ustedes, jóvenes de Madrid, porque aquí tenemos parada de por lo menos diez minutos, ya saben, repostado de agua y algunas revisiones… Podrán admirar la hermosa estación cuya construcción se confió a Don Aníbal González, el arquitecto de la Exposición Iberoamericana de Sevilla, en tiempos de la dictadura de Primo de Rivera… el Dictador… Y ya saben que el General —dijo con gesto de aparente elogio—, era de aquí, de Jerez-Sherry-Xères.

— ¿Ese Aníbal es pues el mismo de la Exposición Iberoamericana de 1929 en Sevilla, con aquella Plaza de España tan maravillosa? – preguntó Pedro Ramón Moliner.

— El mismo. Verán Vds. lo que es esta casa del ferrocarril, tan original y bella, para trenes y viajeros.

Descendimos y en efecto nos extasiamos en la contemplación de los muros de apoyo de ladrillo rojo y rosado, de las grandes cubiertas abovedadas de hierro y cristal. Construido, todo, con el estilo típico, de Don Aníbal: «un neomudéjar nacionalista», según luego aprendí de un amigo arquitecto, Javier Olaciregui. E incluso salimos de la estación para admirar su hermosa fachada.

— ¿Qué les parece, jóvenes? —nos comentó nuestro Cicerones ferroviario— ¿No es cierto que aquel general grande y valeroso dejó un buen recuerdo a sus paisanos? Yo le conocí personalmente a Don Miguel, y puedo asegurarles que su dictadura, al lado de otras –y sonrió significativamente— fue fructífera y hasta casi liberal…

Subimos nuevamente al tren, en dirección a Cádiz, con el tren dando una vuelta inacabable a la bahía, bordeando por el Puerto de Santa María Real y San Fernando, hasta entrar en la península en la que, en su extremo sur, se forma la Isla de León, cuyos habitantes, y los muchos más que allí se habían concentrado, resistieron la invasión francesa del principios de 1808 hasta 1813; como muestra de una España que luchaba, ya como Nación, contra las pretensiones napoleónicas.

En ese rodear de la bahía, vimos los esteros, las antiguas salinas donde ya, en un anticipo de lo que sería la acuicultura, se cultivaban peces desde tiempo inmemorial, al tiempo que se extraía la sal para apilarla en grandes montañas blancas antes de refinarla. Finalmente, llegamos a Cádiz, la estación más meridional de sistema ferroviario peninsular, con zonas de embarque muy próximas, para emprender navegación a todos los puertos de la Península por cabotaje, así como a Islas Canarias.

Al entrar en Cádiz, me percaté plenamente de que estaba en uno de los escenarios de la historia de mi familia paterna, pues como ya tengo explicado en estas más que Memorias, la ciudad atlántica más antigua de la Historia (por lo menos 3.000 años desde los tiempos de los fenicios de Gades) fue uno de los jalones del periplo vital de mi abuelos, Don Clemente. Quien como maestro nacional, vuelvo a recordarlo, salió de Salamanca –ya con dos hijos, Isabel y Fermín— para hacer sucesivas escalas: primero Cáceres, donde nació mi padre, luego Garrovillas de Alconétar, también en la provincia de Cáceres, donde vieron la luz mis tías Lucía y Felisa; para llegar finalmente a Cádiz, donde vino a este mundo su sexto y último hijo, Rafael.

Retornando a nuestro itinerario manchego-andaluz estructural con tantas ramificaciones mentales como hemos hecho, la próxima entrega de este largo artículo, estará dedicado a Cádiz, y al camino desde la tacita de plata a Málaga. Y como siempre, el autor evocador, queda a la disposición de los lectores de Republica.com en castecien@bitmailer.net.

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