Algunos nombres propios en el recuerdo II

II. Políticos de muy variadas naturalezas

El pasado jueves 23 de febrero publicamos la primera parte del presente artículo y hoy jueves 1 de marzo hacemos lo propio con la segunda entrega. Y de la referencia a Bush-I en El Escorial –último conocimiento del taller del que dábamos cuenta—, volamos a Bruselas. Para hacer referencia a tres presidentes de la Comisión Europea, empezando por Jean Rey, a quien me presentó Alberto Ullastres, con ocasión de una cena en su residencia, cuando era Embajador ante la CEE. Rey me pareció muy circunspecto, consciente quizá en exceso de la importancia de su cargo, y que por lo menos aquella noche hizo gala de su ascendencia española, tal vez conectada con los Tercios de Flandes.

En Delors vi una persona completamente distinta, de lo más incentivadora. Le conocí en una ceremonia que tuvo lugar en el Monasterio de Yuste, presidida por los Reyes de España, en la que se le concedió la Medalla Europea de Carlos V. Delors estuvo magnífico en su discurso, y luego se mostró jovial y conversador con todos. Se encontraba en el mejor momento de sus grandes realizaciones al frente de la Comunidad: el mercado único y la preparación de la moneda común. A esos dos temas, creo que en algo contribuí, en mi calidad de Catedrático Jean Monnet de la Unión Europea.

Con Prodi, estuve en Bruselas en un acto precisamente de la Acción Jean Monnet, en el que yo expuse algunas ideas sobre la moneda global, tema por el que mostró cierto interés, ma non troppo. Luego volvimos a encontrarnos con ocasión de un almuerzo-coloquio que hubo en el Hotel Ritz. No estuvo especialmente incisivo, y la sesión transcurrió sin pena ni gloria; incluso comprobé que a los postres del copioso condumio algunos asistentes caían, beatíficos, en brazos de Morfeo.

De altos mandatarios de países europeos, mencionaré a cuatro, por el orden cronológico de mis conversaciones con ellos en unas u otras circunstancias. El primero de ellos, Edward Heath, Premier británico, cuando era ministro para Europa, y estaba por conseguir el ingreso del Reino Unido en la Comunidad. Nuestro encuentro –también de la mano de Alberto Ullastres— me permitió apreciarle como persona brillante, con un inglés exclusivo de Oxford. ¡Qué pena que no lo hablen todos así, porque les entenderíamos perfectamente, no como cuando escuchamos voces de Alabama, Texas, y Nueva Gales del Sur…! Además, a Heath se le veía un sentimiento europeísta en verdad impresionante para vivir en la pérfida Albión. Y brillaba por sus grandes activos: hombre culto, conocedor de artes, músicas, navegante… y que dio muchos dolores de cabeza a la Sra. Thatcher en la fase final de su mandato, contribuyendo a la definitiva caída de la Dama de Hierro.

A Giscard d’Estaing le saludé también en Ginebra en sesiones de la primera Conferencia de las Naciones Unidas sobre Comercio y Desarrollo (UNCTAD), en 1964. Y le vi años después, con ocasión de una cena-coloquio que con él como estrella organizó Pedro J. Ramírez en el diario El Mundo. Le regalé la última edición de mi libro sobre temas comunitarios, que estuvo hojeando con interés, pues por entonces estaba al frente del proceso constituyente europeo; que luego se torció, de tal modo que en vez de Constitución, sólo conseguimos el Tratado de Lisboa.

El presidente de país europeo que más impacto me causó fue François Mitterrand, de quien quedé especialmente agradecido, porque a él debí mi designación como profesor de La Sorbona durante dos cursos seguidos (1984 y 1985). Aunque habrían de pasar unos años para conocerle personalmente, en Praga, con ocasión de un proyecto muy acariciado por Francia, consistente en crear la Confederación Europea, a modo de sala de espera para los países del Este, a fin de aplazar la apertura definitiva de la Europa de los Quince a los nuevos socios. Que desde luego, necesitaban de una cierta preparación.

Para ese proyecto, Mitterrand nos convocó en 1991 a cien europeos (se supone que insignes), en Praga, donde contaba con la aparente anuencia anfitriónica de Vaclav Havel, presidente de Checoslovaquia. Y fue en la maravillosa capital checa donde tuvimos un encuentro muy sustancioso, al comienzo del cual, la ex presidenta del Gobierno de Portugal, María de Lourdes Pintasilgo –que había estudiado en su país con mis libros traducidos al portugués—, además de mostrarme grandes afectos, me propuso, y lo consiguió, que yo fuera el presidente de la Comisión de Medio Ambiente de la Confederación en ciernes. Lo cual me llevó, en la tarde antes del último día del congreso, a tener un encuentro con Havel y Mitterrand, en el que les expuse los criterios medioambientales que podían asumirse.

Luego todo terminó un poco como el rosario de la aurora, porque Havel que estaba recibiendo muchas presiones de Londres y Washington, decidió no consensuar nada con Mitterrand. Y por ello mismo la Confederación quedó en agua de borrajas. Desde entonces vi a Mitterrand como un europeísta a carta cabal y a Havel como un infiltrado para mayor gloria de los anglosajones dominantes.

De líderes hispanoamericanos tengo algunos bastantes en mi acervo: los presidentes de Panamá (Marco Aurelio Robles) y de la República Dominicana (Joaquín Balaguer), a quienes traté con ocasión de sendos estudios sobre integración económica, que hice en esos dos países, en 1966 y 1967, respectivamente. El primero por encargo del propio Gobierno constitucional panameño, y el segundo a petición del Instituto de Integración Latinoamericana (INTAL), que es una división especial del Banco Interamericano de Desarrollo. Y en relación con la Dominicana, luego se forjó un buen lazo de amistad entre quien esto escribe y el actual presidente de la República, Leonel Fernández, con invitación suya a Santo Domingo, para presentar una ponencia sobre la crisis económica internacional en su Fundación Global y Democracia en enero de 2012. Allí pude apreciar su capacidad de expresión, yendo al fondo de los temas con lenguaje muy convincente.

De los demás líderes que conocí en Iberoamérica, del que guardo un recuerdo de mayor huella es de Salvador Allende, a quien traté con ocasión de la llamada Operación Verdad en 1971: una invitación que el gobierno de Chile nos hizo a una serie de profesores europeos, a fin de explicarnos en qué consistiría la proyectada revolución social del presidente chileno.

En el curso de esas sesiones –a las que me incorporó el Prof. Pedro Rojas, de la Universidad Autónoma de Madrid—, tuvimos una larga entrevista con Allende, en su residencia de Tomás Moro, en Santiago. Un encuentro que empezó a la medianoche, por las numerosas actividades presidenciales, y que terminó a las tres de la mañana. Encuentro en el que Allende se reveló como un hispanófilo hasta las cachas, esperando que sus relaciones con Franco fueran buenas en lo económico y lo cultural. Como también dejó muy clara la expectativa de que su gobierno de izquierda unida pudiera tener grandes problemas a lo largo del mandato… Lo cual, lamentablemente, se hizo realidad: todo el mundo sabe cómo terminó Don Salvador, en el asalto de los facciosos del ejército chileno inducidos por el golpista Pinochet contra el Palacio de Moneda.

Menos impresión me causaron dos presidentes mexicanos con los que tuve algún contacto en sendos congresos: Salinas de Gortari y Calderón, el primero del PRI y el segundo del PAM. Pero ambos con ese mismo tono un poco melifluo y nada sincero, como buscando un indefinido punto de persuasión en el tratamiento de los problemas de México y en las relaciones con España.

No puedo decir lo mismo del Presidente Echeverría, a quien conocí en 1976, cuando fuimos invitados a México una delegación de la futura democracia española, de la que formábamos parte Ruiz Jiménez, Raúl Morodo, Felipe González y yo, entre otros. Echeverría, en su residencia de Los Pinos nos invitó a una especie de merienda, y vimos en él un hombre energético… demasiado por el recuerdo del drama de Tlatelolco, en el que se exterminó a decenas de estudiantes del Distrito Federal. Del sucesor de Echeverría, José López Portillo, tengo un recuerdo más humano, a partir de su discurso de toma de posesión –la promesa, lo llaman en México— en un inmenso auditorio, seguido de una audiencia a los “representantes españoles democráticos”. Después, su mandato acabó en un auténtico caos económico.

Mucho más incisivo y desinhibido vi a Carlos Menem, presidente de Argentina, también lector de mis libros, de quien recuerdo una conversación en la que al final participó el Rey Juan Carlos, en el Palacio del Pardo, donde se alojaba Menem en una de sus visitas oficiales a España. El presidente de la Nación Argentina lució en aquella ocasión pletórico, al estar en la plenitud, por entonces, de grandes triunfos económicos. Que luego irían a menos, tras despedir a su ministro de Economía Domingo Cavallo. En lo que fue, con toda seguridad, su decisión más desacertada.

De Colombia conocí a dos presidentes. El primero, César Turbay Ayala, que vino a Madrid cuando yo estaba de Alcalde en funciones (por un viaje de Enrique Tierno Galván) y le entregué la llave de la capital de España. Hombre muy cortés, no pudo contra la droga y la violencia en su país, aunque, ciertamente, lo mismo les pasó a los demás. Y como reconocimiento por la hospitalidad del Ayuntamiento de Madrid, Turbay me otorgó la Gran Cruz de San Carlos Borromeo, máxima distinción para no colombianos; concesión que se hizo efectiva en un acto en la Embajada de Colombia en Madrid, con otros dos recipiendarios del galardón, ambos vicepresidentes del Gobierno español: Enrique Fuentes Quintana y el General Gutiérrez Mellado.

En cuanto a mi segundo presidente colombiano, Álvaro Uribe, estuve con él en un almuerzo de trabajo en Madrid, y luego en un congreso sobre energía en Bogotá: tenía todo el país en su cabeza, con precisión de datos y proyectos de desarrollo; y con aire de gran inteligencia no exenta de cierto autoritarismo. Avanzó mucho en la erosión de las FARC y en la lucha contra la droga, pero el Tribunal Constitucional de su país no le permitió presentarse por tercera vez, quedando así interrumpida una labor generalmente considerada como de primera clase.

De la vecina Venezuela conocí a Carlos Andrés Pérez, que me pareció muy arrogante, a pesar de su vocación de talante de campechano. Le traté en un encuentro en casa de los Segrelles, y luego en un coloquio en que participamos los dos en la radio. Tuvimos una discusión un tanto desabrida sobre temas económicos, por su exagerado optimismo respecto a las previsiones económicas de Iberoamérica por entonces (década de 1990).

Por último, de presidentes hispanoamericanos citaré a León Febres-Cordero, que cuando nos recibió a un grupo del Club de Roma era alcalde de Guayaquil. Vestía guayabera muy blanca, en un despacho muy luminoso, y estuvimos hablando con él largo rato, escuchando cómo eliminó a lo que se empezaba a configurarse como importante foco de terrorismo en Ecuador. Me produjo la impresión de hombre eficaz, decidido y práctico. A diferencia del entonces presidente del mismo Ecuador, con quien estuvimos pocos días después los miembros del Club de Roma en el Palacio Presidencial en Quito. Era conocido por sus compatriotas con el nombre de «El Loco», si bien su verdadero nombre era el de Abdalá Bucaram, de extracción sirio-libanesa. Su mandato presidencial terminó de forma abrupta, pues a la vista de los avatares de su presidencia, fue retirado del cargo.

Y reservo lo mejor para el final. De los días que pasé en Sudáfrica en 1994, como enviado especial de la COPE de Antonio Herrero y también del diario El Mundo a las primeras elecciones después del apartheid.

El momento más señalado de ese viaje fue la conferencia de prensa que tuvimos un grupo de enviados especiales europeos con el gran líder Nelson Mandela, en el centro oficial de seguimiento del proceso electoral en los alrededores de Pretoria. Allí, en un ambiente de gran emoción se presentó Mandela, vestido casi deportivamente; y con su ancha sonrisa. Nos dirigió unas palabras en su inglés característico, pausado, sencillo, de expresión modulada por su voz que tenía el timbre de la sinceridad. Expuso su programa de mejor vida para los sudafricanos en muy pocas palabras: agua limpia para beber, sanidad infantil, vivienda digna, educación para todos y creación de empleo… Y acto seguido admitió unas pocas preguntas.

Al final pudimos estrecharle la mano y yo sentí algo así como si del cielo hubiera descendido un ángel de paz.

Pongo aquí punto final al presente escrito sobre algunos nombres en el recuerdo. Y como siempre, quedo a la entera disposición de los lectores de Republica.com en castecien@bitmailer.net

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