Claves de la Transición. Las raíces y el espíritu de una época

El pasado jueves 9 de febrero, en esta sección de Republica.com, tuve ocasión de referirme a algunos problemas electorales que personalmente padecí, para luego resolverse de forma muy placentera, con ocasión de las elecciones democráticas del 15 de junio de 1977. Un tema sobre el que he recibido bastantes observaciones de los lectores de este ciberperiódico, lo cual me ha animado a escribir hoy sobre las cuestiones que se plantean en el título del presente artículo.

Como preámbulo a mis observaciones más personales sobre la transición, creo que vista global y retrospectivamente, esa importante fase cabe analizarla en función de las fuerzas convergentes que a ella contribuyeron. Entre las cuales ha de situarse, primero de todo, el crecimiento de las clases medias, que tendió a favorecer un ajuste pactado del cambio de un régimen a otro.

En el cambio también pesó mucho la memoria histórica de entonces (no la sesgada que vino en 2007 con una Ley tan innecesaria como inconveniente), de lo que fue una trágica guerra civil, que con la victoria de Franco mantuvo divididos a los españoles por décadas. Como también influyó la nueva estructura económica, que generó un nuevo empresariado, entendedor de las nuevas realidades sociales, y unos sindicatos que gradualmente dejaron atrás los planteamientos visionarios del cambio de sistema que, ganada la democracia, pronto dejaron aparcado para siempre.

En definitiva, la mayoría de los españoles se posicionaron en pro de la búsqueda de la prosperidad, en vez de ir a la confrontación según esquemas radicales como los de los últimos tiempos de la Segunda República, que como he tratado de poner de relieve en mi libro Breve historia de la guerra civil española (Ediciones B., Barcelona, 2011) fue una continua y sistemática preparación de la ulterior guerra civil entre los dos extremos del arco político preconstituyente.

En el sentido apuntado de un cambio, por encima de todo mental, de la sociedad española, con el crecimiento iniciado tras el Plan de Estabilización de 1959, una serie de ideas del pasado fueron progresivamente arrumbadas. Así sucedió con el tema de reforma agraria que había sido tan virulenta durante la Segunda República, tópico que definitivamente perdió su sentido en los años 60 y 70, por el drenaje que significaron las migraciones internas e internacionales, engrosadas en gran número por los obreros agrícolas, que pasaron a la ciudad, o que directamente emigraron a la Europa transpirenaica.

Y otro tanto sucedió con la socialización de los medios de producción o con el capitalismo de Estado que practicó el régimen de Franco con el INI fundamentalmente. Contra esas tendencias pretéritas, empezó a verse que el desarrollo socioeconómico de España dependería cada vez más de los condicionantes internacionales –institucionalizados en OCDE, FMI, Banco Mundial, CEE—, de la inversión extranjera y de los nuevos empresarios; y mucho menos de una oligarquía anclada en los tiempos del proteccionismo a ultranza y en el sentido paternalista de lo económico. Todo eso recibió su golpe de gracia con el ya aludido Plan de Estabilización de 1959, conducido magistralmente por Alberto Ullastres (de quien un día nos ocuparemos largo y tendido).

Por otro lado, antes de iniciarse ese proceso de la transición, ya era un secreto a voces que al Príncipe de España –luego Rey Juan Carlos I—, ni se le pasaba por la cabeza que fuera a regir los destinos del país manteniendo las leyes fundamentales del franquismo. Que por unos meses siguieron viéndose como única alternativa por el Gobierno de Arias Navarro. Que felizmente terminó cuando el nuevo Rey hizo el nombramiento de Suárez como presidente del Gobierno, para definitivamente desbloquear el cambio a la democracia.

Esa gran mutación de la dictadura a las libertades constitucionales, también cuajó por el buen entendimiento político del que la Segunda República nunca disfrutó. Porque, desde años antes de la muerte de Franco, ya hubo una ósmosis creciente entre individualidades del régimen, favorables a la senda democrática, y quienes en la vida diaria personalizaban las tendencias de apertura desde el antifranquismo. Así es como comenzó un proceso convergente, en la idea de escoger una senda que evitara los peligros de una nueva guerra civil. Que ciertamente sólo habría sido posible si las fuerzas armadas se hubieran partido en dos facciones; cosa que no sucedió. En gran medida por la fortuna de que al lado de Suárez estuviera el General Gutiérrez Mellado, que representaba el talante democrático que ya inspiraba a muchos militares.

Tampoco cabe olvidar el decisivo papel de la Iglesia —que siguió al aggiornamiento del Concilio Vaticano II—, que se había comenzado a abrir paso con una nueva conciencia no oficialista del cristianismo; empezando con los curas obreros a lo Padre Llanos, para concluir con una nueva jerarquía inteligente –conocedora de las aspiraciones de gran parte de la feligresía—, simbolizada por el Cardenal Tarancón.

Todo ese repertorio de posibilidades se potenció con la idea de reconciliación nacional desde la izquierda (PCE), quedando las extremosidades para algunos grupúsculos que fueron disolviéndose con rapidez. En tanto que del lado del PSOE, aunque retuviera por un tiempo ciertos resabios de crispación, acabaron pesando más los efluvios de la Fundación Ebert de la socialdemocracia alemana, que apostó fuerte por Felipe González. Abandonándose así las viejas ideas extremosas de un Largo Caballero, que junto con el General Mola tuvo la máxima responsabilidad de lo que llevó al 18 de julio de 1936.

En vez de una izquierdización del PSOE, lo que acabó produciéndose fue la desmarxistización de los sociatas –dicho cariñosamente—, un íter que el propio González desarrolló inteligentemente a partir del Bad Godesberg a la española que ofició en 1979.

Por lo demás, el contexto internacional de la democracia generalizada en Europa Occidental –tras el final de la era de los coroneles en Grecia y la revolución de los claveles en Portugal—, situaba a España en una senda en la que el cambio se hacía inevitable… a poco que el dramatis personae aludido de los favorables al aperturismo hiciera el esperado recorrido con toda racionalidad. Como así sucedió en buena medida…

Y una vez restablecida la democracia, ésta tuvo tres ideas fuerza. La primera, la Ley de Amnistía, que cerró el paso a la posibilidad de brotes revanchistas de la izquierda respecto a la derecha, y de persecuciones integristas en la otra dirección. El segundo paso fueron los Pactos de La Moncloa, que prefiguraron la Constitución. Y el tercer gran acorde estuvo en la propia Carta Magna de 1978.

Así nació y se desarrolló el espíritu de la transición, que luego, en la etapa de Gobierno de Rodríguez Zapatero, 2004/2011, fue discutido por ciertos segmentos del PSOE: con actitudes negociadoras con el terrorismo, dejándose embaucar por el propio terror. Y por quienes utilizaron el soberanismo como un pretendido ariete contra la idea de un Estado de concordia, justicia y libertades. Amén de los retrovisionarios de la Ley de la Memoria Histórica de 2007, todo un dechado de apoyos contra la reconciliación.

Esas veleidades, miserables en el fondo, serán archivadas definitivamente en los próximos meses y años. Porque frente a esos reductos que intentaron demoler el espíritu de la transición, quienes estuvimos en las Cortes Constituyentes de 1977, y asumimos el ideal de una nueva España reconciliada consigo misma.

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