Un lejano episodio electoral…

A mis lectores de República.com, tengo el gusto de anunciarles que estoy avanzando rápidamente en la preparación de una serie de recuerdos de mi vida, lo cual me está trayendo una especie de revivencia de episodios de tiempos pretéritos, que de alguna manera querría contrastar con quienes siguen estas páginas de los jueves en el ciberperiódico que edita Pablo Sebastián.

Más concretamente, voy a referirme a las primeras elecciones democráticas que tuvimos después de la Guerra Civil, concretamente, el 15 de junio de 1977. Por aquel tiempo estaba en las filas del PCE, y tras una larga campaña con mítines en todo el país, y todos los barrios de Madrid —con la flamante M-30 como circuito básico de mis correrías—, a la hora de los recuentos de las urnas pronto se confirmaron los tres primeros puestos de la lista pecera: Santiago Carrillo, Simón Sánchez Montero, y Marcelino Camacho. Todo parecía indicar que yo no saldría, por lo cual estuve en la más absoluta incertidumbre durante casi diez días, mientras se recontaban una serie de mesas electorales en las que se suponía había habido algunas infracciones de la normativa electoral. José María Mohedano, como letrado del PCE, se ocupaba del tema, y de vez en cuando me llamaba para decirme cómo iba la cosa.

– Esto no pinta bien, Ramón. Pero estamos haciendo todo lo posible. Ya te diré…

En ese trance, caí en la más negra amargura: tanto tiempo esperando unas elecciones democráticas, con tanto trabajo a lo largo de la campaña electoral, para al final quedar en la estacada… me sentía bastante acongojado. Y en busca de un cierto consuelo, un día, cuando ya todo parecía perdido, salí de casa por la mañana temprano, me fui a mi oficina. Estuve trabajando en el despacho hasta las dos de la tarde, y entonces llamé a mi gran amigo Faustino Lastra, a quien ya conocí en mi primer viaje a México en 1967. Y después de explicarle mi situación, nos fuimos juntos a comer al Asador Orio de la calle Infanta María Teresa, lo recuerdo como si ahora mismo estuviera allí.

Durante el almuerzo estuvimos hablando de mi personal problema, de si saldría o no diputado, con todo lo que un fracaso definitivo comportaría de miserias frente a mis buenas expectativas; sobre todo, tras un cálculo que hice la noche anterior a la jornada electoral, teniendo en cuenta la población trabajadora de Madrid, llegando a la conclusión de que el cuarto candidato de nuestra lista acabaría saliendo con una cierta holgura.

En el almuerzo, Faustino me animó en lo que pudo, me dijo que aquello no era una tragedia, que el mundo no se acababa en unas urnas poco agradecidas, y que si no salía diputado ya encontraría la manera de sobrevivir incluso políticamente. El día antes había tenido una experiencia similar, esta vez con mi secular amigo Enrique Blanco, quien para ayudarme en el penoso trance, me llevó al segoviano pueblo de San Rafael, a casa de Gonzalo Menéndez Pidal –hijo del gran filólogo y autor de “La España del Cid”—. Estuvimos almorzando en un día gris, hablando de todo. Enrique me animó con una nueva orientación:

– Ahora, Ramón, si no sales diputado, lo que tienes que hacer es trabajar por la tercera República…

El caso es que después del almuerzo con Faustino Lastra, cogí el coche y salí de Madrid por la carretera que hoy se conoce como M-607, hasta Colmenar Viejo, para llegar a Miraflores de la Sierra, y allí entrar en plena sierra de Guadarrama, y dejando al Oeste La Pedriza, enfilé hacia el Norte, al puerto de la Morcuera, que en aquel mes de junio, que estaba siendo muy lluvioso, era una gran mancha amarilla por los piornos (como retamas de altura), la más vistosa floración que nunca vi en esa zona. Tanta hermosura me sobrecogió y me hizo olvidar por unos instantes los malos momentos que me estaba dando la política electorera.

Desde la Morcuera descendí al Valle del Lozoya, por la carretera estrecha y sinuosa que atraviesa un robledal que parece sin fin, con grandes vistas al fondo del macizo de Peñalara, y de los pinares de la Navafría. Tanta belleza me embargó, y más aún cuando al final, en la lejanía, vislumbré el monasterio de El Paular, con su gran torre de la iglesia sobresaliendo… Todo un paisaje para mí de grandes evocaciones barojianas de cuando el monasterio estaba abandonado (1901):

“… la alameda de El Paular, abandonada, con grandes árboles frondosos de retorcido tronco. A un lado se extendía muy alta la tapia de la huerta del monasterio; al otro saltaba el río, claro y cristalino, sobre un lecho de guijarros. Llegaron al abandonado monasterio… Se sentía allí, en aquellos patios desiertos, un reposo absoluto. Sobre todo, el cementerio del convento era de una gran poesía. Era huerto tranquilo, reposado, venerable. Un patio con arrayanes y cipreses en donde palpitaba un recogimiento solemne, un silencio sólo interrumpido por el murmullo de una fuente que cantaba invariable y monótona su eterna canción no comprendida”.

Llegado a El Paular, entré en el parador, vecino al Monasterio, pedí una habitación con vistas. Me registré, me instalé con mi breve equipaje, y a las nueve de la tarde bajé al patio del monasterio –donde estaba la fuente que recordaba de Don Pío— y salí a la carretera, ya en la hora azul, para dar un buen paseo, contemplando el último sol en las bardas del macizo de Peñalara.

Estuve caminando algo más de una hora, y regresé al parador, cené un excelente cordero asado, con buen vino, y me subí a la habitación, donde con la ventana abierta de par en par me sentí muy relajado, llegándome el aroma de la trementina del bosque de pinos… comprendí que lo mío no era una tragedia: el paseo, en medio de la naturaleza, el buen yantar, y sobre todo, el recuerdo de la conversación mantenida con Lastra, y mis meditaciones ulteriores, me reconciliaron con la vida…

Para no pensar más en el tema que me había inquietado tanto, eché mano de la novela de Herman Hesse, Narciso y Goldmundo, que había puesto en mi equipaje, en la idea de que su lectura me haría dormir en pocos minutos, pero el gran escritor de Suabia pronto acabó por engancharme, de modo que a las 15 o 20 páginas estaba completamente sumido en el libro: la historia de dos compañeros de viaje, Narciso y Goldmundo, buscándose la vida en el norte de Alemania, en algún tiempo de la alta edad media, y en un largo verano, caminando de pueblo en pueblo, en medio de una gravísima epidemia de peste. Con toda una serie de episodios y encuentros muy diversos, algunos de lo más provocativos e inquietantes; conociendo gentes de todas clases, para al final formularse por los caminantes una especie de gran canto de esperanza por la andadura de la vida. En una hermosa historia, que en su lado más lúgubre –la peste y la muerte— inspiró a Ingmar Bergman, el gran director sueco, el argumento de su película El séptimo sello.

La novela me absorbió por entero, y página a página fui contagiándome con una especie de radical entusiasmo por la vida, con lo cual empecé a valorar a la baja el episodio de mi casi seguro fracaso electoral. Había empezado a leer hacia la media noche, y cuando terminé la novela, sin sentir para nada el sueño, eran las 7.15 de la mañana. Bajé al refectorio del Parador, desayuné lleno de nuevos ánimos, cogí el coche y retorné a Madrid, resuelto a empezar una nueva vida si no triunfaba en las elecciones. Vislumbré un nuevo horizonte considerando además que con la lucha política de tantos años, “Al fin y al cabo, lo importante ya lo hemos hecho: tenemos democracia, y pronto habrá una Constitución”.

Aquellas horas en El Paular, y las meditaciones durante el viaje de vuelta, debieron ser como una especie de conjuro, porque en las primeras horas de esa mañana, cambiaron las tornas por entero. Hacia las doce, recibí una llamada telefónica de José María Mohedano, quien me dijo que era prácticamente seguro que al final yo saldría elegido diputado, quedándose sin plaza Oscar Alzaga, de UCD; con quien ya tenía bastante trato, y con quien luego trabé buena amistad. Por lo demás, Oscar también llegaría a diputado en unos meses, al salir del Congreso uno de sus colegas con destino a un puesto en la Administración o en alguna empresa pública. De lo que me alegré mucho.

Aquella fue una gran experiencia, y creo que pocas veces he encontrado un remedio mejor para la hipocondría que aquel: “libro con mensaje”. Todavía pienso muchas veces en aquel tiempo.

Espero que la lectura de estas páginas no resulte demasiado pesada, cuando ya han transcurrido nada menos que 35 años del tiempo en que se produjeron los avatares que he ido narrando. En cualquier caso, creo que la asociación de desazones políticas y de confrontaciones literarias es cosa muy buena. Siempre en la vida hay que relativizar los sucesos, y ponerlos en un contexto adecuado, para no dejarse llevar ni por la desesperación ni por las euforias exuberantes. No sé qué opinarán los lectores, pero quedo pendiente de Vds. como siempre en castecien@bitmailer.net

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