Una peregrinación a Guadalupe y una visita a Cáceres

El pasado jueves 15, nos referimos a un libro, de Darío Salas, presentado en el círculo de Bellas Artes de Madrid. Y la crónica de hoy para República.com, la dedicamos a un viaje entre dos puntos altamente significativos de Extremadura: Guadalupe y Cáceres. Y no se inquieten mis amigos del ciberperiódico de Pablo Sebastián, porque, la semana que viene, escribiremos sobre Rajoy y sus proyectos; anticipando algunos elementos de mi próximo libro “La crisis del euro y la economía española: un proyecto de país”.

Entramos ya en el viaje por la Extremadura Leonesa; que es su verdadero nombre, por haber servido de espacio fronterizo, durante mucho tiempo, al viejo reino de León. Y empezaremos por Guadalupe, hermosa villa situada en una zona de serranías, entre encinares, robledales, castañares, madroñales y algunos eucaliptos intrusos.

La historia del célebre Monasterio se remonta a tiempos muy lejanos, habiendo sido Juan I de Castilla quien en 1389 inició su engrandecimiento, al donar a la entonces potente Orden de San Jerónimo el santuario que allí existía, donde en el siglo XIII fue hallada la imagen de la virgen morena que hoy ocupa el camarín que domina toda la Iglesia de la antigua abadía.

En 1464, Enrique IV de Castilla visitó el Monasterio, acompañando a su hermanastra, la que sería Isabel I de España entera, la Reina Católica por excelencia. Entonces, la joven princesa acompañó al desdichado monarca, en lo que parecía iba a ser la más relevante ocasión, pues estaba previsto en ella concertar su enlace matrimonial con Alfonso V de Portugal; a quien rechazó, pues sin duda ya por entonces tenía los pensamientos puestos en quien un tiempo después sería su esposo, Fernando V, primo muy próximo dentro de la misma Casa Real de los Trastámara.

Pero ese viaje de Isabel no resultó perdido, pues la futura soberana se prendó irremisiblemente de la belleza del Monasterio y de su entorno, al que desde ese momento denominó “mi paraíso”. Luego, retornaría allí nada menos que de 21 ocasiones, siempre “para pedir o agradecer”. Allí hubo las primeras tratativas con Colón para la gran aventura de Indias, y también los claustros del Monasterio fueron testigos de las celebraciones por la conquista de Granada. Y más efemérides que hubo, que están en los libros de Historia y en el ambiente único de Guadalupe.

El padre guardián del Monasterio, Sebastián Ruiz, y el párroco y conservador del gran monumento, Antonio Arévalo, nos mostraron a los peregrinos los tesoros del grandioso cenobio. Una inmensa construcción que tiene como partes fundamentales el templo-basílica con su atrio, el auditórium, el claustro mudéjar, el otro claustro gótico, el pequeño de autoridades, amén de ocho torres que coronan el todo; formando un promontorio de enorme belleza, de visibles inspiraciones cristiano-mudéjares. Un conjunto insuficientemente conocido en el mundo, a pesar de que la Virgen de Guadalupe se hizo la más popular santina de toda la América Española desde los tiempos de Cortés y Pizarro, que la cortejaron con sus obsequios, en una celebración continua que incluyó a Felipe II tras la batalla de Lepanto, hasta Alfonso XIII, el Borbón que abandonó España el 14 de abril de 1931.

Maravillosos son los museos guadalupanos: el de bordados, que contiene casullas, dalmáticas, frontales, y otras piezas de los mejores ornamentos litúrgicos; con más de doscientas piezas que expresan la más alta y paciente creatividad de los talleres del Monasterio. El de miniados que incluye sin goma grandes libros de música estampados sobre vitela en los siglos XIV al XVIII; sobre facistoles, o en amplias vitrinas excelentemente iluminadas. ¿Y qué decir del Museo de Pintura y Escultura con obras de Juan de Flandes, El Greco, y Goya, entre otros?. Con una presencia destacada también de Zurbarán, cuya obra se extiende con el máximo esplendor a la contigua Sacristía, que constituye la auténtica Capilla Sixtina de Extremadura. Pocas veces en la vida pude encontrar tanta maravilla reunida, tan cuidadosa y amadamente conservada… y documentada, en una biblioteca a la que tuve el honor de incorporar uno de mis libros, sobre el futuro económico de Extremadura.

Por encima de todo, el Monasterio es un espacio mágico, un estuche prodigioso de arte y de síntesis histórica y antropológica, de largas, edades, saberes, dedicación y veneraciones. Donde el peregrino puede disfrutar alojándose unos días en la magnífica hospedería de los franciscanos; recordando allí las vivencias de Don Miguel de Cervantes, que hizo brillante panegírico del gran monumento en su última obra, “Persiles y Segismunda”; ya, como él mismo dijo, “con un pie en el estribo”. Como también puede albergarse el viajero en el magnífico parador de turismo —registrado por Angel M. Arribas de Santos y su eficiente equipo de colaboradores—, de excelente gastronomía, con su patio de naranjos y sus espléndidas vistas de la Sierra desde los grandes balcones de habitaciones que invitan a quedarse mucho más.

* * *

Después de Guadalupe —pasando por Don Benito, la tercera ciudad de Badajoz, de la que un día hablaré largo y tendido a mis amigos de República.com—, los peregrinantes nos dirigimos a Cáceres, natal dichoso que fue de mi padre (Manuel Tamames, Doctor en Medicina y Cirugía, allí nacido en 1901). Una más que hermosa ciudad, enclavada en el término municipal más extenso de España (1.746 km2, el triple que el de Madrid), con un casco antiguo único cuyos orígenes datan del siglo I a. de C., cuando los romanos establecieron en esos pagos de la Lusitania su colonia Norba Caesarina; a orillas de la vía que con el tiempo sería conocida como de la Plata (del árabe balata, calzada). Ruta que desde Asturias a Sevilla y Huelva sigue hoy atravesando la entera Península por su parte Oeste; desfilando ante los ojos del viajero los más variados paisajes, al cruzar la Cordillera Cantábrica, los Montes de León, las Sierras de la Culebra, de Gata, y Peña de Francia, y ya en tierras extremeñas, las de Montanchez y Aracena, que suministra el mejor ibérico de todo el universo mundo.

En la Edad Media, los invasores del Islam hicieron de Cáceres un recinto amurallado, para resistir el avance de los cristianos, que con Alfonso IX, Rey de León, reconquistaron definitivamente la ciudad en 1229. Y dando ahora lo que bien podríamos llamar un cronosalto, recordemos que al estallar la última guerra civil española en 1936, la guarnición de la ciudad apoyó el alzamiento militar; facilitando así el avance del Ejércido de Africa hacia Madrid y la conexión entre las zonas sur y norte de los nacionales.

Franco tuvo en Cáceres su segundo cuartel general (en el Palacio de Los Golfines de Arriba), después del de Sevilla. Y fue en esa sus esplendorosas estancias donde recibió a su mujer, Carmen, y a su hija, Carmencita, a las que no veía desde el día antes del golpe militar en Canarias y el Rif el 17 de julio de 1936.

Luego, entre los días 8 y 10 de octubre del mismo año, y como parte de la copiosa ayuda bélica de Hitler a Franco, llegaron a Cáceres los primeros carros de combate alemanes, modelo Panzer I; arribados previamente al puerto de Sevilla en barco. A partir de lo cual, y durante varios meses, funcionó en el extramuros cacereño una academia de formación de conductores de vehículos blindados; dirigida por el coronel alemán Wilhelm von Thoman. Y desde el aeródromo próximo a la vieja ciudad, las escuadrillas de aviación de la Legión Cóndor y de los pilotos de Franco, bombardearon objetivos republicanos.

Ya en tiempos más apacibles y democráticos, la hermosa y muy cuidada Ciudad Vieja de Cáceres —que recorrimos de la mano de nuestros excelentes guías, el economista Antonio Bueno del Banco de España y el Catedrático de la Universidad de Extremadura Ricardo Hernández— fue declarada Patrimonio de la Humanidad por la Unesco, en 1986; como uno de los conjuntos urbanos Medioevo / Renacimiento más interesantes de toda Europae. La Concatedral de Santa María, el Palacio de las Veletas (Museo), las mansiones solariegas de los Golfines (de Arriba y Abajo), la Casa del Sol, la Iglesia de San Francisco Javier, el Arco de la Estrella, son, todos ellos, monumentos admirables; sin olvidar el magnífico parador de turismo, recién rehabilitado, donde nos alojamos, a plena satisfacción, la segunda noche de nuestro periplo. Sin olvidar el estupendo convivium que tuvimos en el Figón de Eustaquio, con Antonio Bueno, Ricardo Hernández y sus amigos Marcelo, Josepe y sus muy distinguidas esposas.

Cáceres es una ciudad plena, divisándose desde sus calles y plazas el territorio circundante de sementeras y dehesas, de hermosas colinas con el verdor del otoño lluvioso. Y es en latín, nuestra lengua primigenia después de las ibéricas y euskáricas, me despido al terminar mi viaje a Extremadura, con otros tres peregrinos ejemplares, que fueron Blanca y Juan Claudio, y Carmen también conocida como Reina de Saba. La frase latina: Terra patris mei, quando te aspiciam (Tierra de mi padre ¿cuándo volveré a verte?).

Y como siempre, el autor queda a disposición de los lectores de República.com (en castecien@bitmailer.net) a quienes con mis colaboradoras, Begoña González Huertas y María Dolores García Camacho, aprovecho para felicitarles la Nochebuena y la Navidad, congratulación que extiendo a Pablo Sebastián, editor del periódico, y a todo su equipo de redactores. Para antes del año nuevo tendremos otro contacto.

0 comentarios

Escribe tu comentario

¿Quieres unirte a la conversación?
Agradecemos tu participación.

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *