El cerebro humano

I. Cómo y por qué pensamos

El pasado jueves 20 terminamos de publicar en Republica.com un artículo sobre la Agenda Obama en el desarme nuclear total, y hoy cambiamos a un tema completamente distinto, cual es el cerebro humano. Asunto que nos preocupa a todos, por la sencilla razón de que nuestra vida está condicionada por lo que pase en ese órgano fundamental del cuerpo humano.

En ese sentido, las neurociencias se refieren a la complejidad prácticamente inabarcable, de los sistemas neuronales –el tercer abismo de la complejidad que decía Pierre Teilhard de Chardin—, algo que se deriva del número de neuronas del cerebro humano, que supera los cien mil millones; en tanto que sus conexiones sinápticas sobrepasa los cien billones (10012). En ese sentido, el antropólogo francés habló de una deriva cósmica de la materia, hacia estados de ordenación cada vez más centrocomplicados, rayando en el cuasi infinito de la complejidad. Tanto en lo ínfimo como en lo inmenso: los dos infinitos pascalianos, algo que hasta hace bien poco era difícil de comprender pero que actualmente, en tiempos de aceleración de galaxias y aceleradores de hadrones, ya nos resulta algo familiar.

1. Entre Hipócrates y la Informática

De hecho se ha desarrollado toda una rama de investigación sobre la forma en que funciona el entendimiento, sobre la base de los complejos mecanismos del cerebro humano en su funcionamiento cognoscitivo. Un área de preocupaciones en la que son frecuentes los símiles entre cibernética, informática, y mente humana. Y hay unanimidad en cuanto a que los avances en la microelectrónica nos facilitan a conocer mejor cómo funciona el cerebro humano; hasta el punto de que hoy los procesos mentales del más avanzado de los primates se explican en términos de hardware o máquinas procesadoras (equivalentes al cerebro virgen), y de software, o programas para distintos usos que van integrándose en el sistema cerebral, transformando así el cerebro inicial en mente humana. A ese respecto, de C.U.M. Smith procede el siguiente texto:

El científico de hoy, como Descartes en el siglo XVII, basa su trabajo en la hipótesis de que el cerebro es una máquina, sin duda extremadamente sutil, pero máquina, al final. Por ello, el progreso hacia la comprensión del cerebro vivo, significa progreso hacia el conocimiento de cómo desarrolla su actividad a partir de las leyes de la física y de la química. El científico, en resumen, se comporta ante el cerebro como el ingeniero electrónico hace ante un computador.

Y aparte de esas analogías con la informática, se piensa que un día serán posibles las máquinas pensantes, capaces de crear sus propios programas, y de generar ideas con toda libertad. Se trata del proyecto de las “máquinas de Von Neumann”; o de la tan traída y llevada “Quinta Generación”, asociada a una cierta plenitud de la inteligencia artificial. Aunque esa inteligencia difícilmente podrá llegar a la capacidad que para el cerebro se intuyó desde los tiempos de Hipócrates.

Hace dos mil quinientos años, mientras en los oráculos de Delfos todavía vaticinaban el futuro de las gentes con procedimientos mitológicos, se escribieron los primeros tratados de medicina. Y de uno de los más influyentes de esos tratados, debido a Hipócrates todavía cabe transcribir palabras, tan sorprendentemente y actuales como las que siguen:

El hombre debería saber que del cerebro, y no de otro lugar, vienen las alegrías, los placeres, la risa y la broma, y también las tristezas, la aflicción, el abatimiento y los lamentos. Y con el mismo órgano, de una manera especial, adquirimos el juicio y el saber, la vista y el oído; y sabemos lo que está bien y lo que está mal, lo que es trampa y lo que es justo, lo que es dulce y lo que es insípido. Algunas de estas cosas las percibimos por costumbre, y otras por su utilidad… Y a través del mismo órgano nos volvemos locos y deliramos, y el miedo y los terrores nos asaltan, algunos de noche y otros de día; así como los sueños y los delirios indeseables, las preocupaciones que no tienen razón de ser, la ignorancia de las circunstancias presentes, el desasosiego, y la torpeza. Todas estas cosas las sufrimos desde el cerebro.

Eso es lo que dijo Hipócrates, en un texto casi increíble por su profundidad analítica.

2. Preguntas

En la senda de comprensión, que nos han planteado, el filósofo español José Ferrater Mora, en la recensión que hizo del libro El principio antrópico cosmológico, de John D. Barrow y Frank J. Tipler, planteó que “acaso sean sólo los seres titulados inteligentes los que se pregunten por qué y para qué han aparecido los organismos dotados de la capacidad de reflexionar sobre sí mismos y sobre el mundo…. De todos modos, la cosa sigue siendo, si se permite un término anticientífico y (hasta antifilosófico) un misterio”.

Esa reflexión nos lleva a preguntarnos por el sentido del pensamiento humano. Un misterio que según Robert B. Laughlin, ya se apreciaba en la mente del salmista de la Biblia, hace unos 3.000 años cuando dijo (Salmo 8):

¿Qué es el hombre para que de él te acuerdes, o el hijo del hombre para que te cuides de él?

Y le has hecho poco menor que Dios; le has coronado de gloria y de honor.

Le diste el señorío sobre las obras de tus manos, todo lo has puesto bajo sus pies.

La pregunta del salmista, tal vez el Rey David, sigue siendo la gran cuestión: ¿llegaremos un día a responderla de manera científica y no mística como lo hizo el viejo escritor de los salmos?

Algunos creyeron que de conseguir respuesta acabaríamos por conquistar el pleno conocimiento, algo que hace bien poco sucedió al descifrarse el genoma humano. Pero ya en 1989, Victor McKusick, Presidente de la HUGO (Human Genome Organization) alertaba sobre “el riesgo más general y no menos tangible que puede acompañar a la obtención de un mapa completo del genoma humano: pensar que sabemos todo lo que hay que saber sobre el hombre”.

Está claro que desde 2003, cincuenta años después de la publicación por J. Watson y F. Crick de sus investigaciones sobre la doble hélice del DNA, conocemos la secuencia completa de los genomas del hombre y del chimpancé, incluidos sus cerebros. Sin embargo, según los especialistas de la genómica, aún hay trabajo para cien años de investigación de lo ya descubierto. Y lo más seguro es que nuestra pregunta, dentro de un siglo, tal vez seguirá sin respuesta, porque a pesar del análisis de los elementos de un sistema, seguramente nunca llegaremos a comprender la totalidad del mismo. Es lo que se planteó Ludwig Wittgenstein en su Tractatus Logico-philosophicus:

6.4312.— La inmortalidad temporal del alma del hombre, esto es, su eterno sobrevivir tras la muerte, no sólo no está en modo alguno garantizada, sino que, ante todo, tal supuesto no procuraría en absoluto lo que siempre se quiso alcanzar con él. ¿Se resuelve acaso un enigma porque yo sobreviva eternamente? ¿No es, pues, esta vida eterna, tan enigmática como la presente? La solución del enigma de la vida en el espacio y el tiempo reside fuera del espacio y del tiempo.

Frente a las actitudes de incertidumbre que hemos ido examinando, hay otras interpretativas de que el “cerebro humano tiene la tentación de postular que existe un gran diseñador; teoría que la evolución por selección natural descarta por entero. A ese respecto, aunque los seres vivos parecen distintos, el código raíz, el ADN o ARN, es el mismo, y eso indica un solo origen”. Eso es lo que planteó Richard Dawkins —una vez más, reiterándose en el dicho en sus obras anteriores—, en el Starmus Festival de Tenerife, en junio de 2011.

Es natural que se inventen dioses o espíritus para dar explicación a misterios que la ciencia va desplazando –señaló el célebre biólogo—, para explicar que no hacen falta inventos para explicar el mundo… Puede que en el universo haya criaturas más avanzadas que nosotros, y si las encontramos puede que las adoremos, pero si existen serán pura vida darwiniana, fruto de una selección natural o algo parecido, y su complejidad no será mágica, sino fruto de una mejora evolutiva gradual… Además, esa vida artificial nos podría poner en riesgo si se escapara de la jaula del ordenador. Hay que evaluar los riesgos.

Las extrapolaciones de Dawkins pueden verse como admirables; pero sus bases son de lo más inciertas mientras no haya evidencia de vida extraterrestre.

Seguiremos la semana próxima, incluyendo testimonios y comentarios muy diversos sobre el tema. Y como siempre, a disposición de los lectores de Republica.com en castecien@bitmailer.net.

0 comentarios

Escribe tu comentario

¿Quieres unirte a la conversación?
Agradecemos tu participación.

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *