La religión ¿permite un enfoque científico?

II. Entre Kant y el árbol de la vida

El pasado jueves 29 de septiembre hacíamos una primera entrega de este artículo sobre el siempre dificultoso tema de la religión. Y al continuarlo ahora, no me resisto a recordar los tiempos de mi infancia, cuando buena parte de la gente “creía a pies juntillas”; y cuando la idea de pecado era consistente en la mayoría de los jóvenes, y aún más entre las personas mayores. Dentro, desde luego, de lo que fue utilización de la religión como instrumento de dominio político en países como España entre 1939 y 1975. Tanto por los poderes públicos, como por una complaciente mayoritaria jerarquía eclesiástica; cómplice de un régimen que negaba libertades esenciales. En una actitud análoga a la de los tiempos de Voltaire, cuando el gran ilustrado venía a decir que no le extrañaba la irreligiosidad al alza “por el abominable comportamiento de la Iglesia Católica”. En tiempos del nacionalcatolicismo sucedía algo parecido.

En cualquier caso, y apartándonos de la política por el momento, la mayor parte de la infancia y juventud (de las que no voy a decir si fueron más o menos feliz que la actual), contábamos con una idea de Dios; como padre de todos, juez implacable no exento de amor, y siempre figura relevante de ecuanimidad para nuestras actuaciones personales de cara a los semejantes.

Era como un imperativo categórico, que habría dicho Kant, que hoy brilla cada vez más por su ausencia; con unas iglesias —repito, sobre todo en los países occidentales más desarrollados— que han perdido incluso la noción de marketing para atraer nuevos adeptos o afianzar a los fieles que van reteniendo; y que en su mayor parte discurren desconcertados por comportamientos eclesiásticos poco admisibles perpetuación de enfoques dogmáticos, y todo ello sin un mensaje claro de esperanza para los más desfavorecidos.

Frente a lo cual, desde luego, lucharon y luchan muchos cristianos de base; como en tiempos lo hicieron los curas obreros, como sucedió también, con grande esperanza, con ocasión del Concilio Vaticano II. Y como lo hacen actualmente los que pertenecen a la Teología de Liberación al estilo de Leonardo Boff en Brasil o Benjamín Forcano por estos pagos. O como sucede con los olvidados miles de misioneros, que trabajan denodadamente en los países menos desarrollados. O los que buscan nuevas sendas de evangelismo, superadoras de un catolicismo rancio en el que prevalecen las formas sobre el fondo y las rigideces litúrgicas sobre el amor. El testimonio de Boff al respecto, merece la pena transcribirlo.

Antes de nada, el cristianismo ofrece aquello de lo que nadie ni sociedad alguna puede prescindir: una utopía, fundamental con un sentido pleno. La utopía cristiana promete que el fin del universo y del ser humano es bueno: no será el encuentro con la catástrofe, sino de una transfiguración. Por lo tanto, ni la muerte ni la cruz tienen la última palabra, que corresponden a la vida y la resurrección. Jesús anunció y convocó a la utopía del Reino de Dios que significa una revolución absoluta, para que todas las cosas se realicen en sus potencialidades intrínsecas, expandiéndose en un sentido absoluto, llamado Dios.

Por lo demás, no será pérdida de tiempo una referencia a la cosmogonía bíblica, sobre la cual caben algunas reflexiones que tal vez muchos no se atreven a hacer, para no estar acusados de caer en el teísmo. Y en ese sentido, sin perder de vista lo que se contiene en trabajos como La Biblia tenía razón, de Werner Keller, lo cierto es que las Escrituras contienen la cosmogonía más verosímil de las concebidas en las diferentes creencias de los humanos. Y en la segunda parte de la Biblia, los Evangelios y el resto del Nuevo Testamento, están los principios éticos más sólidos, esencialmente en el Sermón de la Montaña; que va más allá del mandato que Moisés recibió de Yavé en el Monte Sinaí con sus diez mandamientos; un resumen difícil de superar de lo que debe ser el comportamiento moral, pero todavía sin una expresión profunda por el amor a los semejantes como el que se encomendada en los Evangelios.

El haberse construido esa cosmogonía y esa ética en el mensaje judeo-cristiano de la Biblia, es algo que no tiene, insisto, parangón en el resto de las formulaciones religiosas. Por mucho que puedan admirarnos el Libro de los Muertos de los egipcios, el Gilgamés de los asirios, las obras védicas hindúes, las proclamaciones de Zaratustra, o la sabiduría del Budismo y del Confucionismo; obras todas ellas, anteriores al nacimiento del cristianismo e incluso, varias de ellas, anteriores a las más antiguas Escrituras.

Lo que podemos plantear, es si la cosmogonía y la ética de la Biblia son un invento o una revelación, desde una fuente de sabiduría superior. En ese sentido, se dice a veces que la revelación es inaceptable, porque supone admitir los milagros y otros episodios considerados inverosímiles. Y aparte de preguntarse uno mismo “¿y qué podía haber más inverosímil todavía en 1900 que el propio big bang y todo el largo después de los estudios sobre el universo?”. Por ello no me recato en suscitar una cuestión crucial: ¿la revelación es una idea aceptable?

Y ¿por qué no? Una revelación como la que se recibe en la Biblia, está llena de simplificaciones, y de misterios, ciertamente. Pero ante ella, hay que hacerse otra pregunta: ¿y cómo iba a ser de otra forma la revelación, cuando se hacía a un pueblo de pastores nómadas de muy bajo nivel de conocimientos? El revelador –voces en lo alto o vía profetas—, tuvo que explicarse en lenguaje sencillo, comprensible y a veces de forma demasiado sintética, y en muchos casos con carácter simbólico y con todos los misterios implícitos.

Entre otras cosas, lo anterior, porque los receptores del mensaje bíblico no eran precisamente los sabios del CERN o del Fermilab. ¿Y no se está buscando ahora en esos centros de investigación toda la verdad, como revelación de tan poderosos instrumentos, sobre cuestiones como el bosón de Higgs o partícula de Dios, como se dice? Eso es lo que los colisionadores del CERN y del Fermilab podrán revelarnos un día.

Y si a la postre no hubo revelación de ninguna clase, ¿no sigue siendo importante lo que pensaron y propusieron aquellos dirigentes e historiadores de un pueblo que se hacía una y mil preguntas, hasta el punto de que hoy cientos de millones de mujeres y hombres siguen creyendo en ellos?

Por lo demás, en tiempos históricamente algo más próximos, y en ambientes mucho más refinados, se alcanzaron altas cotas de pensamiento y conocimiento. En ese sentido, los filósofos griegos hicieron su propia revelación a los discípulos que les escuchaban admirados. Con un claro sesgo de desdén por la mitología al uso, de rechazo de las historias sobre discordias de los dioses en el Olimpo. En esa dirección, Sócrates, Platón y Aristóteles optaron claramente por una visión monoteísta; tras no pocas reflexiones acerca del azar y la necesidad, la inteligencia como supremo bien, el Demiurgo, o una clara teleología guardiana del destino del hombre en la flecha del tiempo.

Podríamos seguir reflexionando sobre esos temas, o referirnos a éticas sustitutivas de las viejas morales religiosas. Pero, creo que es mejor buscar en la propia ciencia, en pro de la recuperación de una espiritualidad que también está en la naturaleza. Algo que sucedió entre Confucio y Cristo, y como les sucedió personalmente a científicos modernos muy destacados, antes ateístas profundos como Flew, Collins, Behe, y otros. Que desde la vocación por la nada retornaron a la creencia de que este universo no sólo es antrópico, sino que además nos está enviando, de manera permanente, un mensaje de trascendencia para sus observadores más inteligentes.

En cierto modo, y de manera muy plástica, eso es lo que se persigue en El árbol de la vida, el monumental filme del enigmático director Terrence Malick, que en palabras de Pablo Jáuregui, constituye una colosal sinfonía de imágenes, que se enfrenta a las inmensas y eternas preguntas del ser humano. Y lo hace con una ambición quizás sólo comparable a la de la cinta de 1967 de Stanley Kubrick 2001, una odisea en el espacio:

  • En ese sentido, El árbol de la vida bebe de todo lo que la investigación astronómica, geológica y biológica ha ido desvelando a lo largo de los siglos sobre el minúsculo lugar del ser humano en la inmensidad del Universo. Pero además, la ciencia no sólo ha inspirado a Malick desde un punto de vista filosófico, sino que muchas de las imágenes que utiliza para componer su impresionante himno a la creación, son fotografías reales de galaxias, estrellas y planetas, captadas por el mítico telescopio Hubble de la NASA, así como de sondas como la nave Cassini, también de la agencia espacial estadounidense.
  • Malick –a diferencia de Stephen Hawking y no digamos ya de científicos de radical militancia atea como Richard Dawkins— no se resigna a aceptar que sólo seamos primates evolucionados debido al azar puro y duro, en un Universo ciego e indiferente a la miseria humana, donde después de la muerte sólo nos espera la nada. Al contrario, su película apuesta claramente por la hipótesis de Dios como una explicación más convincente para la belleza cósmica, y en este sentido algunos podrían acusarle de haber forjado una parábola cinematográfica en defensa de la polémica teoría del diseño inteligente.

Los lectores de Republica.com reflexionarán sobre un tema en el que en ningún caso, nadie puede pontificar. Y como siempre, el autor espera observaciones, objeciones o comentarios diversos a castecien@bitmailer.net.

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