La religión ¿permite un enfoque científico?

I- Reflexiones sobre la sociedad actual

Tras los dos artículos anteriores sobre la crisis económica, y particularmente lo que está pasando en Grecia, hoy retomamos una cuestión a más largo plazo: las creencias religiosas.

Las ideas religiosas fueron puestas en duda en Europa de manera ostensible e influyente, por primera vez, en tiempos del Baron D´Holbach y los demás descreídos del siglo de las luces francés, en el XVIII. Desde entonces, el ateísmo, con ciertos altibajos, no dejó de progresar, para luego hacerse especialmente virulento con la llegada de un darwinismo mal entendido.

Hoy, la falta de creencias (más que el ataque a las mismas) discurre sobre todo por el cauce del hedonismo, en una época como la nuestra, comparativamente de gran distensión internacional (recordemos la época de la guerra fría con los dramáticos temores a un conflicto nuclear, etc.) y de mayor prosperidad económica; con una sociedad en general más abierta y libre. En ese ambiente, la práctica religiosa está en declive, sobre todo en los países europeos; en un contexto de pérdida de valores de la institución matrimonial y de la familia; en conexión todo ello con la revolución sexual que se inició en los años 60 del pasado siglo. Pudiendo decirse, en definitiva, que la nueva religión para la mayoría de los ciudadanos de los países afluentes –incluso ahora que está en sacudidas por la crisis—, ha pasado a serlo el culto al dinero, y sólo para una pequeña minoría, a la ciencia; con clara extensión del agnosticismo más que del ateísmo.

Ese fenómeno de desacralización de la sociedad coincide con el consumismo, el rechazo de la cultura del esfuerzo, y la búsqueda de gratificación inmediata de los sentidos. Salvo en áreas concretas y sobre todo el mundo islámico; que pasa por situaciones muy distintas, de exaltación que llega al fanatismo y al yihadismo —la guerra santa contra todo lo que signifique un Estado laico—, e incluso que se traducen en terrorismos a lo Al Qaeda. Por lo demás, en África compiten cristianismo e islam, con clara ventaja del segundo, en tanto que en Asia Oriental se observa una cierta recuperación de la espiritualidad; especialmente en China después de atenuarse el ateísmo oficial y perder significación los ideales marxistas de un igualitarismo que ya no se persigue en las nuevas economía y sociedad del país.

No es difícil comprender el origen de las religiones, la necesidad psicológica de creer en un destino más allá de la muerte, en resistirse a perder para siempre a nuestros seres amados con la esperanza de reencontrarlos en algún espacio ulterior. Sin embargo, y aunque sea duro de aceptar, es evidente que no hay demostración de que todo eso exista; por mucho que se postule para satisfacer las más entrañables inquietudes emocionales. En esa línea se pronunció, ya en 1925, Bretrand Russell, cuando manifestó:

Cuando muera me pudriré, y nada de mi yo sobrevivirá. No soy joven y amo la vida. Pero despreciaría temblar de terror por el pensamiento de la aniquilación. Por lo demás, la felicidad no es menos verdadera porque pueda venir y marcharse, ni el pensamiento y el amor pierden su valor porque no sean eternos. Incluso aunque al principio las ventanas abiertas de la ciencia nos hagan estremecer de frío al perder los mitos humanos tradicionales; al final el aire fresco nos da vigor, y los grandes espacios son esplendorosos por derecho propio.

Por eso, después de transcribir a Bertrand Russell, José Manuel Sánchez Ron da un consejo a los jóvenes que con tanto entusiasmo y atención escucharon al Papa en Madrid durante la Jornada Mundial de la Juventud (JMJ): “no olviden evaluar todo tipo de respuestas y tradiciones recibidas, incluso aquellas que les ofrezcan seguridades aparentes, incluso el calor de un hogar en el que siempre se encuentra refugio. Que recuerden lo que Sócrates dijo a los atenienses que le condenaron a muerte, y que Platón legó a la posteridad en su Apología de Sócrates: “Una vida sin examen no es una vida digna para el hombre”.

Las dos anteriores referencias son explicativas de agnosticismos o ateísmos; y desde luego, nadie va a negar la posibilidad de que haya una ética basada en la ley natural, en criterios ecológicos, o incluso en una religión sin Dios, como planteó el filósofo alemán neomarxista Ernst Bloch. Pero lo cierto es que en la sociedad actual, la tendencia de las masas, más que buscar planteamientos filosóficos para sus actividades, se guía por una actitud amoral y comportamientos marcadamente egoístas. Lo cual no es óbice para que en las edades más juveniles y en muy limitados segmentos de la población se adviertan movimientos altamente solidarios.

En cualquier caso, el abandono de la idea de pecado, desinhibe a la sociedad para juzgar sobre el bien y el mal; y al respecto cabe recordar la frase, poco elegante y más que pragmática, atribuida a Napoleón: “por cada cura que quitéis, tendréis que poner diez policías”. Por lo demás, la frecuente e indefinida referencia a la pérdida de valores que se manifiesta por doquier, se relaciona casi siempre –aunque no se explicite— con la caída de la cultura religiosa que preconiza “amar padre y madre, respetar al prójimo, y practicar la caridad”. Hoy, para muchos, los padres no les entienden, en lo del prójimo no reparan en buscar el propio provecho por encima de todo, y la caridad, como dice la frase castiza, “empieza por uno mismo”.

Las referencias realizables sobre la religión de Karl Marx, en su doble faceta de joven filósofo y pensador maduro, le llevó a sus Tesis sobre Feuerbach, según las cuales no hay ningún Supremo Hacedor, para identificar su imagen, como una creación idealista del hombre. Y en la misma línea, Laplace, preguntado por Bonaparte sobre el orden natural y acerca del papel que correspondía a Dios en todo ello, contestó como una lacónica respuesta: “no necesito de esa hipótesis”. Una nota que hoy no sería unánimemente aceptada en la comunidad científica.

Pero a pesar de todo, las religiones, cuya extinción tantas veces se anunció para el siglo XX, continúan existiendo, aunque sea con menor incidencia en las áreas de mayor desarrollo. Como también es verdad que la ciencia no tiene como religión oficial el ateísmo, pues un buen número de destacados investigadores contemplan la posibilidad de una inteligencia superior. Pero todo eso, para la sociedad en general no significa que haya expectativas de recuperación de la esperanza que pueda dar lo religioso. Lo que más bien se aprecia son posturas renuentes a participar de creencias que buscan el sentido de la vida; en la idea de un creador del universo, que de una u otra manera nos configuró a los hombres y mujeres a su imagen y semejanza. La mayoría vive su vida de cada día pensando en que es la única, sin participar en la idea antes mayoritaria de que es un mero paso por el planeta Tierra, en tránsito para otra existencia definitiva y eterna, con premio o castigo. De ahí que, en muchos casos, los actos religiosos, desde la pila bautismal a los funerales, se mantengan como signos de identidad de comunidades étnicas o culturales; cuando antes, sí que tuvieron significación de verdaderas creencias.

Seguiremos la próxima semana, y como siempre, el autor queda a disposición de los lectores de republica.com, en castecien@bitmailer.net

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