El presente como historia: ¿qué somos?
V. DISTENSIÓN: EN LA SENDA DEL GOBIERNO MUNDIAL
1. Introducción
Hoy terminamos la serie estival que comenzamos en el último jueves de julio, para redondear la cuestión con una amplia referencia a lo que fue el proceso de distensión a partir de la guerra fría. Cuya historia es bien conocida, por lo que no vamos a adentrarnos mucho en ella: la gran confrontación, capitalismo/ socialismo, la guerra fría, y la de Corea como guerra caliente (1950/53) sólo terminada a mediados de 1953, pocos meses después de la muerte de Stalin. Precisamente el armisticio, que no paz, en la península asiática, fue un primer síntoma de cierta distensión que con todos sus altibajos haría factible una mejoría progresiva de las relaciones. Del lado de la URSS, la nueva postura post estalinista, se tradujo en la doctrina de la coexistencia pacífica; formulada en 1958 por Nikita Kruschev, reconociendo que una nueva guerra sería un holocausto para toda la humanidad, al contar ambos bloques con la bomba de hidrógeno (EE.UU. desde 1950 y la URSS desde 1953). No cabía, pues, otra posibilidad que convivir, sustituyendo la confrontación violenta por la emulación entre ambos sistemas.
La doctrina de la coexistencia pacífica no tuvo gran éxito, pues en las sucesivas conferencias sobre el desarme no condujo a nada práctico. Y desde 1958, la cuestión alemana (concesión de la plena soberanía a la República Federal y rearme con un ejército propio) se agravó a causa de la continua sangría de población desde la República Democrática Alemana a la República Federal, lo que condujo a la construcción del muro de Berlín (13 de agosto de 1961); impresión de que la única forma de coexistir pacíficamente ambos sistemas era, simplemente, viviendo separados, con escasísimo comercio y cero inversiones entre las dos superpotencias.
2. La Guerra de Vietnam
A partir de 1964, la prolongación de la guerra fría pasó a tener su centro de gravedad en Vietnam, tras la triste herencia dejada por Francia en esa parte de Indo-China, sudeste asiático. La guerra colonial allí mantenida desde 1945 entre independentismos y colonialismo, se perdió irremediablemente por los franceses en la batalla de Dien Bien Phu, que ganaron las fuerzas de Ho Chi Min y el General Giap. Y si bien en los subsiguientes acuerdos de paz de Ginebra (1954) entre Francia y el gobierno comunista de Hanoi; se previó la reunificación de Vietnam por medios pacíficos, a través de elecciones generales, tales previsiones fueron sistemáticamente ignoradas por Francia primero. Y luego por EE.UU. que envió a Vietnam a sus consejeros militares, y posteriormente sus tropas, que en 1968 alcanzaron la impresionante cota de los 500.000 hombres.
La presión comunista para la reunificación de todo el país tropezó con la doctrina, del efecto dominó, sostenida por el Secretario de Estado Foster Dulles, y asumida después por su sucesor, Henry Kissinger: abatida la primera pieza de (un país), las demás de la fila caerían una tras otra. El colofón era que si se quería evitar la transferencia de todo el sudeste asiático al área comunista de la URSS y China, se hacía preciso contener su avance en Vietnam.
Para cumplir tal propósito, EE.UU. no dudó en recurrir a bombardeos de exterminio en las áreas urbanas del Norte, riego de las zonas boscosas y de los arrozales con defoliantes químicos, y empleo masivo de napalm incluso contra objetivos no militares. Sin olvidar la en apariencia pintoresca expedición fluvial por el río Mekong para invadir Camboya, ampliándose así el área del conflicto; que en ese país se revestiría, después, de los más sangrientos episodios de los Jemeres rojos y el asesinato de más de un millón de inocentes; por cuestiones ideológico/fanáticas, de un dirigente camboyano, Pol Pot, en la más absoluta demencia.
Pero a pesar de los dispositivos electrónicos y computarizados del Secretario de Defensa de EE.UU. con Kennedy y Johnson, el perverso Robert McNamara —disfrazado de ejecutivo moderno y modélico para realizar una guerra despiadada como él mismo reconoció luego, de lo más cínicamente, para ganarse la prebenda de ser Presidente del Banco Mundial—, fue imposible frenar tanto al Vietcong, el ejército de Vietnam del Norte, como a la resistencia vietnamita del Sur (Vietminh), cuyas ofensivas resultaron absolutamente irresistibles. El propio Henry Kissinger hubo de reconocerlo a partir de 1972, lo que obligó a Washington D.C. a entrar en una fase negociadora, que llevó a un frágil entendimiento, en 1974, y a la definitiva victoria de Ho Chi Min, el Presidente de Vietnam del Norte y su general Gap, en 1975, cuando todo el país fue unificado. EE.UU. después de hacer tablas con China en Corea, perdía una guerra por primera vez en su historia.
3. El camino hacia Helsinki
Pero no obstante los muchos problemas originados por la guerra de Vietnam, y a pesar, de la multitud de complicaciones árabes/israelíes surgidas en el Oriente Próximo, y de la atormentada descolonización del continente africano, EE.UU. y la URSS mantuvieron abierta, durante la década de 1960 una serie de vías para instrumentar la coexistencia pacífica y sus ulteriores derivaciones; de manera que fueron materializándose una serie de tratados de carácter bilateral o multilateral, tanto para cuestiones militares, como de seguridad colectiva.
Entre las primeras muestras de ese proceso de pequeños o medianos pasos hacia una convivencia largo plazo, hay que mencionar, las conversaciones soviético-norteamericanas iniciadas el 17 de noviembre de 1969 en Helsinki, con la finalidad de llegar a la limitación en la carrera armamentista iniciada en 1945 con el arma nuclear, y acelerada ulteriormente con la construcción de cohetes balísticos o misiles, cada vez más potentes y de más largo alcance. De ahí el nombre de las conversaciones conocidas generalmente por sus siglas en lengua inglesa, de SALT, Strategic Armaments Limitation Taiks. Negociaciones de las que se derivaron dos tratados concretos, firmados el 26 de mayo de 1972 en Moscú por los máximos dirigentes de ambos bloques: Breznev y Nixon; referentes a la limitación en la construcción de sistemas defensivos anticohetes (ABM), así como a restricciones en la fabricación de armamento estratégico ofensivo, concretamente cohetes balísticos intercontinentales (ICBM).
A la esperanza en las conversaciones bilaterales EE.UU./URSS, se unieron varios elementos prometedores a escala mundial, como el Tratado de Derechos y Deberes Económicos de los Estados; acordado que fue por la Asamblea General de las Naciones Unidas del 12 diciembre de 1974 con 15 principios fundamentales. Pero ese acuerdo fue difícil de desarrollar: se tropezó con numerosas dificultades, a pesar de lo cual se avanzó en la preparación de la llamada Conferencia Norte-Sur que inició sus trabajos en París en 1976 para la búsqueda de soluciones a los problemas económicos de los países en vías de desarrollo; súbitamente agravados a causa de la crisis energética que se desencadenó en octubre de 1973 a consecuencia de la guerra árabe-israelí y las ulteriores decisiones de la OPEP de subir el precio del crudo de una media de 3,5 dólares/barril a 14.
4. El Tratado de Helsinki: en busca de nuevos equilibrios
La relativa distensión a que acabamos de referirnos, se aceleró en el ámbito europeo con la «Declaración de Helsinki» de 1975, que pasó a regir las relaciones entre los Estados participantes, con la creación de la Conferencia de Seguridad y Cooperación en Europa (CESCE) a fin de establecer un área de paz y seguridad colectivamente controlada en Europa; con la esperanza última de llegar a la disolución de los bloques militares de la OTAN y del Pacto de Varsovia.
Se veía claramente que la URSS no estaba en condiciones de ofrecer la prosperidad a sus pueblos y a los países de su órbita a causa del gran esfuerzo económico necesario para mantener su poder militar. Una cuestión sobre la cual ya había advertido el Presidente Eisenhower en enero de 1961, cuando transmitió los poderes presidenciales a John F. Kennedy: “Tened cuidado con el complejo industrial-militar, que busca más y más gasto, a base de magnificar el creciente poder del antagonista, creando así una espiral de gasto insoportable”.
La Declaración de Helsinki de 1975 se convirtió en un verdadero decálogo de las relaciones internacionales en Europa, concebidas con una óptica nueva; al abarcar no solamente las cuestiones tradicionales de integridad territorial, solución de controversias y cooperación, sino también materias que hasta entonces se reservaban por entero a las legislaciones internas de los países.
Pero tan prometedoras posibilidades se vieron complicadas con la caída del Sha de Irán (instrumentada por Kissinger en uno de sus mayores errores de previsión estratégica) y la entrada de Jomeini en Teherán (1979). De modo que ante la eventualidad de un contagio del islamismo a las repúblicas soviéticas centroasiáticas de mayoría musulmana, la respuesta de la URSS, fue la invasión de Afganistán (1980), en la idea de crear un colchón con un régimen pro-soviético en Kabul. Y fue así como EE.UU. armó a los futuros talibanes resistentes a la URSS, empezando por el propio Osama Bin Laden, luego fundador de Al Qaeda. De modo que con aquella confrontación bélica en Afganistán, se echaron abajo las esperanzas de una definitiva distensión Este/Oeste. La máquina de la guerra fría se reactivó: despliegue, euromisiles, guerra de las galaxias, y amenaza de invierno nuclear. Una situación en la que incidió la cruenta guerra Irak-Irán (1981-1988) con ayuda occidental y de los petrodólares árabes a Saddam Hussein, quien luego sería, en 1990/91, el protagonista fundamental del primer conflicto del Golfo en la cual las ayudas al dictador iraquí se tornaron en ataques.
5. El espíritu de Reikiavik
Con todo, y a pesar de esas intervenciones y guerras promovidas por las dos grandes potencias, el peligro de un conflicto nuclear, y el gasto militar creciente, propició el espíritu de Reikiavik (1986), que empezó a cambiar de nuevo, a mejor, las relaciones internacionales. Reagan llegó a Reikiavik en medio del Irangate, el escándalo del tráfico de armas que amenazaba con acabar con él (como el Watergate finiquitó, en 1973, al Presidente Nixon), y por tanto necesitaba un gran éxito internacional: abrir la senda de la distensión. En tanto que Gorbachov arribó a la capital islandesa con un proyecto transformador —la perestroika—, que hacía imprescindible reducir gastos militares, y que por ello mismo también exigía la distensión.
La consecuencia de Reikiavik 1986 fue el Tratado de Washington de diciembre de 1987. para la supresión de los vectores nucleares de alcance medio (INF, por la sigla de Intermediate Nuclear Forces). Fue alejándose, pues, la perspectiva tenebrosa de la Guerra de las Galaxia y de sus posibles réplicas en una espiral de terror nuclear mundial. El paradigma de la nueva racionalidad crítica de un mundo sin guerras globales, empezó a esbozarse como un supuesto creíble.
Después siguieron otros acuerdos, todos impulsados por los vientos favorables de la perestroika, con sus jalones más importantes en la reunión Bush/Gorbachov de Malta en 1989, el mismo año de la caída del muro de Berlín. A lo que siguió la reunificación alemana culminada en 1990. También de esa fase histórica data la firma en la capital francesa de la Carta de Partes para la nueva Europa (20 de noviembre de 1990), poniéndose fin oficialmente a la guerra fría entre las dos superpotencias y entre los bloques militares de la OTAN y el Pacto de Varsovia. Como también ha de mencionarse la continuación en el desarme estratégico al firmar Bush y Gorbachov el tratado START (Strategic Arms Reduction Treaty, Tratado de Reducción de Armas Estratégicas) en Moscú, en junio de 1991.
La guerra del Golfo, del 2 de agosto de 1990 al 27 de febrero de 1991 (consecuencia de la invasión de Kuwait por el Irak de Sadam Hussein), pudo haber significado un factor de dramática alteración del escenario negociador. Pero no sucedió tal cosa, y con todo el cinismo que ese conflicto comportó, lo cierto es que, pasada la guerra, en 1991, se siguió adelante en materia de distensión con la Conferencia de Paz de Madrid en octubre de 1991.
La historia subsiguiente es bien conocida: la desaparición de escena de la URSS, por las maniobras de Yeltsin contra Gorbachov, que comportaron las concesiones de independencia a 15 repúblicas soviéticas, lo que acabó con la tensión bipolar. Ya sólo habría un polo de poder, la hegemonía indiscutida de EE.UU., con una Federación de Rusia que sustituyó a la desmantelada URSS, con un largo y penoso periodo de transición del socialismo real a la economía mixta.
6. ¿Qué somos? Un final de la Historia distinto del de Fukuyama
Pero no se llegó al final de la Historia previsto por el historiador Francis Fukuyama —con planteamientos muy anteriores de Hegel— por la desaparición de las tensiones intersistema comunismo/capitalismo, sino que más bien, se pasó a otra historia. Porque, como iremos viendo, la humanidad, aparte de no haber llegado aún a su paz perpetua, tenía y tiene declarada una auténtica guerra mundial: contra la Naturaleza. Aparte de que en la evolución política mundial se produjo la emergencia de nuevos poderes mundiales, y sobre todo de China.
A modo de resumen del artículo número cinco de nuestra serie que ahora termina, puede decirse, que como en la célebre obra de Pirandello, Seis personajes en busca de un autor (1925), la humanidad llevaba seis siglos en pos de un pacto por la paz; la búsqueda de algún acuerdo de no confrontación, en la línea teleológica de dedicar los esfuerzos de todos los Estados soberanos (193 en la ONU al día de hoy, 2011) a desarrollar iniciativas más lúcidas que la guerra, dando un sentido nuevo a la comunidad internacional, con respuesta para la gran pregunta de qué somos. ¿Es que no podemos ser una comunidad humana en paz y en busca del progreso, auspiciando los grandes avances de la ciencia y las tecnologías en pos de un designio común?
Sí que podemos ser esa comunidad, en busca de la paz y del progreso, por mucho que haya que esperar un tiempo para ver la plenitud de tales posibilidades. En cierto modo por aquello de que “para que las cosas se arreglen, todo tiene que ponerse todavía peor” en el sentido de que los problemas mundiales ya difíciles de resolver, llegará un momento en que será inimaginable poder superarlos desde antiguos hegemonismos. Muestra de ello es cómo EE.UU., tras las experiencias de Afganistán, Irak (e incluso Libia), ya deja claro que no puede seguir siendo el gran gendarme internacional, ni siquiera arropado por la OTAN.
El crecimiento de población, hasta llegar a los 10.100 millones de personas al final de 2100, va a suponer un aumento de las tensiones de la globalización, y ello conducirá, inevitablemente, incluso antes de la mitad del siglo XXI, a la búsqueda de verdaderas soluciones globales. En la línea con lo sucedido en la Historia que hemos pergeñado en la serie que finiquitamos hoy, desde los primeros proyectos de paz perpetua a partir de Wesfalia 1648.
Y sin embargo, a pesar de los tres siglos transcurridos desde Westfalia, subsiste un gran problema político mundial, pendiente de lo que será el tratado de supresión de las armas nucleares; y la reforma de la Carta de las Naciones Unidas, para suprimir el derecho de veto, y además introducir los elementos de un gobierno mundial en términos ecológicos y económicos.
Hace todavía 50 años, todo eso era más que una utopía: una quimera y inaceptable para la inmensa mayoría. Al respecto recordaré como en 1952 el autor del presente artículo había leído una información según la cual el ex premier británico Clement Attlee había pasado a presidir un proyecto de gobierno mundial, nacido de una fundación filantrópica en Inglaterra, sin duda con los mejores propósitos de que esa configuración así pudiera poner fin a las guerras. Esa lectura se la comenté a mi padre almorzando en casa, y mi primogenitor, ante mis súbitas y emocionadas convicciones universalistas me dijo:
- Tú no te creerás esas cosas ¿verdad, hijo? ¿Cómo vamos a tener un gobierno mundial? Es imposible. Procura no hablar de esos temas donde puedan oírte…
- Padre- le contesté entre divertido por su incredulidad, e irónico por mis discordantes apreciaciones juveniles—, no solamente será posible, sino que resultará indispensable, cuando en el mundo haya 7.000 millones de personas y una tensión de posible guerra nuclear. Para entonces, si no se ha formado ese gobierno mundial, lo vamos a pasar muy mal, si es que vivimos en esos momentos… y si no, nuestros hijos y nietos.
Mi padre, que debía llevar un día muy malo en todos los aspectos —eran tiempos muy difíciles en la España en la larga y brutal postguerra— me miró con cierta resignación, y sin dar su brazo a torcer, me dijo en tono más complaciente:
- Bueno, hijito, vosotros veréis lo que hacéis para el siglo que viene. Yo os dejaré mucho antes…
Ese siglo ya ha llegado, y a la intuición de aquel joven de 19 años que era el autor de esta serie de artículos para República.com, creo que hay que darle la razón. Como cuando le dije a mi padre, después de leer el Viaje a la Luna de Julio Verne que el hombre llegaría alguna vez a nuestro único satélite. Por lo menos en eso, él mismo, me dio la razón, en 1969, cuando Armstrong, Aldrin y Collins, los hombres de la NASA alunizaron en la legendaria Selene.
Concluimos pues nuestras meditaciones estivales, que en el otoño entrarán, esperemos en una nueva fase de preguntas y respuestas, siguiendo así, aunque sea de lejos, el método socrático. Y como siempre, el autor queda a disposición de los lectores de República.com, en su dominio electrónico de castecien@bitmailer.net.









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