¿Adónde vamos? Condición humana y destino

I. UNA PREGUNTA CON MÁS DE TRES RESPUESTAS

En las últimas tres semanas, en este espacio de la Republica.com, nos hemos ido refiriendo a una serie de cuestiones cosmogónicas y del origen y desarrollo de la vida. Y en esa misma línea del método socrático, de preguntas y respuestas, hoy entramos en una nueva serie sobre el interrogante fundamental que se recoge en la cabecera de este escrito, Adónde vamos: condición humana y destino.

Somos humanos, pensamos, sabemos que existimos, y nos inquietan muchas cosas, sobre las cuales no tenemos clara la última razón. Pero no sabemos adónde vamos, ante lo cual cabe plantearse las siguientes interrogaciones: ¿qué nos depara el futuro? ¿Todo lo que ahora vemos alrededor, existirá para siempre o tiene fecha de caducidad? ¿Cuál es el papel de los humanos en el gran teatro del universo y del mundo? En definitiva, ¿adónde vamos?

En un primer intento de contestar esas preguntas, podríamos recurrir a posicio­nes muy distintas. Una primera sería la que preconizó Adrián Berry en 1977 con el recuerdo bíblico del «creced y multipli­caos», de modo que a  largo plazo, la especie humana poblaría el universo; e incluso cabría asumir esa profecía —desde estimaciones de la Sociedad Británica de Astronáutica en la década de 1970, que hoy nos parecen demasiado optimistas— que a mediados del si­glo XXI el hombre, en naves tripuladas, saldría del sistema planetario para explorar otros cuerpos celestes, a fin de establecer contactos con civilizaciones ahora desconocidas. Una  hipótesis a descartar, al menos de momento, por la dificultad de los viajes interespaciales.

La segunda reflexión, no necesariamente contradictoria con la anterior —por las grandes holguras de tiempo—, se la debemos a Heinrich K. Erben, de la Universidad de Bonn, quien estima muy razonable la hipótesis de un uni­verso sin humanidad. “La nuestra —viene a decir Erben—, como las demás especies, también podría tener su fin, por un episo­dio autogenerado, o por otras razones que hoy resultan im­previsibles. De hecho, así sucedió ya con el 99 por 100 de las especies que teóricamente han existido desde el inicio de la vida orgánica”. Una teoría que va en contra de la idea de que la Tierra es un planeta de montaje, desde el punto y hora en que la creación puede tener un sentido teleológico y por ello mismo la especie humana  no va a desaparecer. Algo parecido a lo que sucede con las películas, cuando el primer actor pasa por los momentos más difíciles, a pesar de lo cual todo el mundo sabe que llegará hasta el final… porque es el protagonista.

Una hipótesis intermedia de las dos planteadas hasta aquí, nos la proporciona la ciencia ficción —que mejor habría de llamarse ficción científica como sucede en inglés—, es la expuesta por Arthur C. Clarke en su novela Cita en Rama; narración en la que prefigura la posibilidad de una civilización humana que después de alcanzar los más altos niveles técnicos, desapare­cería por razones en las que ahora no vamos a entrar; y que solo perpetuaría con toda una vasta población de máquinas inteligentes con capacidades autoreproductivas propias.

En definitiva, al adónde vamos cabe responder con optimismo (Berry: todo es posible en los próximos 10.000 años), con pesimismo (Erben: la especie humana está abocada a desaparecer), o con el tecno-ingenierismo a lo Clarke.

Frente a la triple posibilidad planteada, la respuesta del autor se basa en la idea central de que la razón crítica humana, acabará triunfando sobre cualquier otra posibilidad. De forma que la especie resistirá muchos avatares, sobre la base de las capacidades que le brinda su propia evolución desde el Neolítico, no basada en el azar y la necesidad, sino en la inteligencia, la invención y las innovaciones; para hacer, por ejemplo, nuevas semillas transgénicas, animales de diseño, o cualquier clase de instrumentos en el área de las TICs.

Y si el hom­bre es capaz de aplicar la fuerza su razón crítica a la transformación de la vida mucho más allá de la selección artificial tradicional –que tanto admiraron Darwin y Wallace—, hay que preguntarse: ¿por qué no pudo suceder algo similar, antes, de la mano de una inteligencia superior, para que a la postre surgiera la especie humana, distanciada del resto de la escala zoológica? En otras palabras, en nuestro genoma, además del código genético de la especie para hacerse y mantener su vida, tal vez se sentaron las bases para un avance hacia la evolución social acelerada. Algo que no es posible imaginar en relación con el resto del mundo animal.

Hoy, a la humanidad, casi todo nos parece posible: en tiempos pasados, frente a los mediocres pensadores de futuros rutinarios, algunos decíamos —y seguimos diciéndolo actualmente— que la utopía (el futuro difícil pero realizable) era posible. Y que sólo lo quimérico era inviable, por ser irrazonable o antinatural. Como simbólicamente se expresaba en la mito­logía greco-romana con el monstruo de la quimera: «que vomitaba llamas y tenía cabeza de león, vientre de cabra y cola de dragón», según nos recuerda el Diccionario de la Lengua Española de la RAE. Pero frente a la idea de la quimera, la realidad, es que con la ingeniería genética, hoy en día, los modestos y entrañables cerditos nos producen hemoglobina para inyectarnos en vena, las vacas fabrican leche maternal como la de las mujeres para nuestros rorros, y se genera toda suerte de prodigios con base en las células madre. De modo que ni siquiera la hipótesis de la quimera resulta ya enteramente descartable.

Volviendo ahora nuestra visita al lejano horizonte del adónde vamos, para imaginarlo cabe recurrir a las fórmulas anticipatorias que se diseñan en la ficción científica. Como sucedió con el novelista angloaustraliano Nevil Shute, el primero en referirse a un posible holocausto atómico, en su obra En la playa (2000), explicativa de cómo se produciría el fin del mundo para los seres humanos, tras una destructiva guerra nuclear. Una hipótesis que afortunadamente podría quedar atrás si finalmente se firma un tratado universal de renuncia a las armas atómicas.

También cabe la idea de un mundo sin nosotros, como idea Roland Emmerich en su filme El día de mañana (2004) con singular verismo; de un mundo del el que en unos pocos miles de años, no quedaría ninguna huella de la especie humana. Hipótesis poco verosímil, a poco que se piense en que finalmente, en el planeta en que vivimos, va tomándose conciencia de que hemos de conservarlo, disponiéndose ya de medios para ello; por mucho que para mejorar, a veces, es preciso que todo empeore mucho más.

En definitiva, en medio de tantas incertidumbres y posibles conjeturas, puede tener sentido hacer una prospectiva según el método planteado, en lo económico, por Peter Drucker, esto es, prestar atención a las nuevas realidades. Es decir, tener en cuenta los indicios y síntomas que ya están entre nosotros y que puedan tener un carácter premonitorio de cara al futuro pensable. Eso es lo que haremos en las próximas entregas de este artículo. Y como siempre, quedo a disposición de los lectores de República.com en castecien@bitmailer.net.

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