Sobre el origen de la vida II
II. Hipótesis de la Panspermia
El pasado jueves 16 de junio, iniciábamos en la República.com, un artículo, con dos entregas, sobre el origen de la vida; empezando por los enfoques materialistas de Oparin, Haldane, y otros, para llegar a la conclusión de que si bien todos los investigadores fluyentes por ese cauce han desarrollado una labor de indudable interés, sin embargo, todavía se está muy lejos de saber cómo, cuándo y de qué forma se produjo el verdadero nacimiento de organismos con capacidad autoreproductora.
Precisamente, por las muchas dificultades de encontrar el momento en que eso sucedió, si es que verdaderamente ocurrió en la Tierra, hay una fuerte corriente de pensamiento científico que considera la posibilidad de que los primeros especímenes orgánicos llegaron a nuestro planeta desde el espacio exterior. Una idea que por primera vez expuso el Premio Nobel de Química sueco Svante Arrhenius, a finales del siglo XIX; cuando sugirió que la vida no comenzó por estos pagos terrenales, sino que fue inseminada con el esperma –y de ahí el nombre de panspermia— de los microorganismos que llegaron a través del espacio exterior.
En la misma senda se situaría más tarde el Premio Nobel de Física Francis Crick (codescubridor con Watson de la estructura en doble hélice del ADN), quien no expresa mucho aprecio por las tesis materialistas del nacimiento de la vida que examinamos en la anterior entrega de este artículo, pronunciándose, más bien, por la idea de la panspermia: “El origen de la vida hasta el momento es casi un milagro, porque las condiciones que tuvieron que satisfacerse para ponerla en marcha fueron demasiadas”. En conclusión, todo vino de fuera, en meteoritos o cometas que fueron impactando en el cuerpo sideral en que vivimos.
Las ideas de Arrhenius y de Crick, la panspermia, las asumen otros muchos colegas, contrarios a la concepción de Darwin, más partidario de la hipótesis de que los primeros seres vivos aparecieron espontáneamente “en un pequeño charco muy caliente”, que fue el antecedente de los ulteriores desarrollos de Oparin, Haldane, etc.
Para Crick, et alia, la vida terrestre habría sido sembrada deliberadamente por alguna raza de alienígena mucho más avanzada que la humana, hace miles de millones de años. Idea a la que se asoció —también con sorpresa para todos— el astrónomo inglés, enfant terrible crítico del big bang, que fue Fred Hoyle. Sin olvidar al gran Isaac Asimov, quien de forma más humorística, manifestó, en cierta ocasión, que toda la evolución sobre la corteza terrestre proviene de un cubo de basura con toda clase de desperdicios orgánicos que unos visitantes alienígenas se dejaron olvidados por estos aledaños siderales.
Por lo demás, en la búsqueda de los principios de vida en la Tierra proviniendo de fuera, tiene creciente importancia el estudio de lo que sucede en la ya mentada corteza terrestre. En ese sentido, Damon Tagle, de la Universidad de Southampton, y Benoît Ildefonse, de la Universidad de Montpellier, se plantearon recuperar el antiguo Proyecto Mohole; que en las décadas de 1950 y 60 permitió abordar la perforación, en la idea de alcanzar el manto, a 30/60 kilómetros de profundidad bajo los continentes; pero que está a sólo seis kilómetros en algunas zonas de los océanos. A tales efectos, se realizaron cinco perforaciones frente a la costa de la isla de Guadalupe, en México, pero no pudo llegarse a la profundidad esperada, pues los costes se dispararon: la maquinaria perforadora se averió, y finalmente el programa fue abandonado. Por lo cual, el actual record de vida, en profundidades se sitúa, en 1.626 metros bajo el lecho marino, en sedimentos ubicados en Terranova. Profundidad suficiente, sin embargo, como para pensar que la vida existe en las condiciones más inhóspitas; y que por ello mismo, cabe pensar en que pudo llegar de otros planetas en donde nació en condiciones mucho más duras que en la propia Tierra, para luego resistir el transporte interestelar.
Sobre la panspermia también tiene interés el descubrimiento del Instituto de Astrobiología de la NASA, de la denominada bacteria GFAJ-1. La primera conocida que es capaz de vivir en arsénico, un elemento químico altamente venenoso, como es bien sabido. Hallazgo del que se dio cuenta en la revista Science, suponiendo una verdadera conmoción en el campo de la biología, pues como recuerdan Ariel Anbar y Felisa Wolfe-Simon, autores del estudio en cuestión, «la vida convencional, tal como la conocemos requiere ciertos elementos químicos, y en particular, carbono, hidrógeno, nitrógeno, oxígeno, azufre y fósforo. Pero con el descubrimiento señalado se puso en evidencia que si la vida en la Tierra permite algo tan inesperado como es comer arsénico, ¿qué no podrá suceder en otros planetas?”. Y por ende ¿no podría haber llegado esa bacteria de fuera de la Tierra?.
Otro caso interesante sobre posible vida extraterrestre no inteligente llegada al planeta Tierra, es la bacteria Deinococcus radiodurans (Dr), apodada Conan, que tras haber sido sometida a las condiciones más duras en laboratorio siempre resultó indestructible. Ni las radiaciones de alta intensidad similares a las que hay en el espacio, ni los fenómenos meteorológicos más extremos, pudieron acabar con la bacteria en cuestión, que se reveló inmune a todo. Es más, algunos experimentos sobre ella permitieron comprobar su capacidad de regenerar rápidamente su ADN, tan pronto como las condiciones ambientales volvieron a una cierta normalidad.
Precisamente esa resistencia de la Dr, supondría su capacidad para vivir en el espacio, lo que despertó gran interés entre los científicos. De tal forma que en la revista Planetary and Space Science, se vino a decir que la vida pudo llegar a la Tierra desde algún astro lejano, en forma de bacteria Dr o similar, actuando como semilla de la vida en nuestra Gaia. Lo cual, de ser cierto, sería una confirmación de la panspermia.
Claro es que si se sostiene que la vida se originó en un espacio sideral muy distante —por panspérmicos y bacteriólogos varios—, para ser luego transportada a la Tierra por naves alienígenas, cometas o meteoritos, lo único que se hace es posponer la pregunta última: tanto si la vida surgió en un pequeño charco caliente como presumió Darwin y aseguraron después Oparin y sus seguidores, como si llegó a la Tierra en alguna de las formas comentadas, la cuestión del verdadero origen sigue sin ser resuelta… Sin que sepamos, tampoco, si desde un principio los verdaderos orígenes estuvieron en el software del ordenador cuántico universal que muchos entienden es el universo en que se sitúa la Tierra; en un rincón apacible de una de las ramas de la hélice múltiple que es la Vía Láctea.
En cualquier caso, se trate del caldo caliente en la Tierra, o de la panspermia, o del ordenador, gana verosimilitud la idea de que vivimos en un planeta de montaje (Asimov dixit tamen), donde la vida se organiza conforme a sistemas de gran complejidad con determinados impulsos desde fuera, hasta ahora desconocidos; con el objetivo último, tal vez, de observar cómo nos comportamos los humanos con nuestro libre albedrío.
Claro es que tan importante como la forma en que nació la vida en nuestro planeta azul, es cómo se manifiesta. Y en ese sentido, venturosamente, hoy se sabe mucho más, a partir del estudio de los ácidos nucleícos y del genoma. Por ello, someto a la voluntad de los lectores si seguimos adelante, hacia una tercera entrega de esta serie, para referirnos ya a los grandes descubrimientos del ADN, etc., o si damos fin aquí a nuestra información sobre temas tan vitales. Para decidir, pueden enviar su voto a castecien@bitmailer.net. En ese sitio electrónico, estamos siempre al servicio de los lectores de la República.com.









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