Ciencia y religión

Todo hombre y toda civilización pueden perseguir el bien (religión), la verdad (ciencia), la belleza (arte); y pueden hacerlo a través de la volun­tad, la inteligencia y la sensibilidad, respectivamente. En ese sentido, en tiempos ya lejanos —que algunos niegan que llegaran a existir— se fusionaron, en lo más excelso del hombre, en su cultura, lo bueno, lo verdadero y lo bello. Pero como subraya Isaías Díez del Río Osa, con la llegada de la modernidad, lo verdadero se separó de lo bueno, y de lo bello; y lo propio sucedió entre inteligencia, voluntad y sensibilidad. En la misma dirección, en el caso del binomio ciencia/religión, el distanciamiento llegó a convertirse en confrontación; desde el punto y hora en que en muchas ocasiones, la ciencia se transformó en cientificismo; a modo de ideología para postergar de sus esencias a la religión.

Más que simbólicamente, la primera gran fisura entre ciencia y fe se produjo por la actitud que la Iglesia Católica adoptó frente a Galileo Galilei en 1633; pues hasta entonces, más o menos, la convivencia había sido pacífica, siendo precisamente en el ámbito religioso donde las elaboraciones mentales y los descubrimientos respecto de la naturaleza eran más notables. Pero desde que la Inquisición se impuso a Galileo, ya nunca desapareció el recelo entre ciencia y religión. E incluso se reforzaría, por las actitudes de los maldefensores de la fe, que alimentaron la desconfianza y el alejamiento. Así las cosas, muchos cristianos rechazaron en sus inicios la teoría evolucionista de Wallace y Darwin en el siglo XIX. Y ya a mediados del siglo XX, la propia Santa Sede estuvo a punto de condenar las ideas de Teilhard de Chardin.

No conviene olvidar, sin embargo, que en el siglo XVII, cuando la ciencia empezó a desarrollarse rápidamente, muchos relevantes científicos de la época (Kepler, Bacon, Boyle y Newton, entre otros) creían que el progreso científico no sólo no se oponían a la fe, sino que el primero fortalecía la segunda. Para ellos el cada vez mayor conocimiento del universo, al ilu­minar y ensalzar la obra de su creador, acercaba más y más a la humanidad a Dios.

Específicamente, Newton, estaba convencido de que profundizando en la ciencia, se conseguiría entender mejor a Dios; no teniendo por qué haber conflicto entre revelación y naturaleza: “el único camino para llegar al amor de Dios es comprendiendo las obras de su mano, el universo natural; y saber cómo funciona. Es crucial para una persona religiosa, porque es lo que Él creó”.

Una ruptura más definitiva es la que se produjo a raíz del Barón Holbach. Nacido en 1723 en Alemania, en una rica familia católica de Renania-Palatinado, Paul Heinrich Dietrich estudió en la Universidad de Leiden (Países Bajos) y, hacia 1749, se instaló definitivamente en París; con un tío doblemente ricachón, de quien heredó una inmensa fortuna, así como el título de Barón Holbach, por el que fue más conocido.

Holbach vivió en el apogeo del siglo de las luces, en la Ilustración de la razón y del librepensamiento, y en línea con la Memoria contra la religión, del abate Meslier, y Del espíritu, de Helvetius, se convirtió no sólo en uno de los primeros ateos radicales de la Historia, sino, además, en uno de las más implacables razonadores de la imposibilidad de la existencia de Dios, así como de las contradicciones del relato bíblico y evangélico y la doctrina cristiana. Amén de estar en el origen del materialismo de Carlos Marx, la obra de Holbach es hoy el referente de la militancia atea de divulgadores como Michel Onfray, Richard Dawkins o Christopher Hitchens.

Después de Holbach y otros muchos, en su juventud, cuando todavía era creyente, Karl Marx dijo que “la religión es el suspiro de la criatura oprimida, el sentimiento de un mundo despiadado, y el alma para los que están vacíos”. Con el tiempo, al adentrarse en el estudio de la estructura económica y en la teoría de la lucha de clases sociales, esa referencia se cambiaría por otra: “la religión es el opio del pueblo”. Si se medita, la segunda concepción no es tan diferente de la primera: los desheredados buscan consuelo, en unos casos creyendo realmente en Dios; y en otros, como el sedante para no vivir una realidad demasiado dura.

En línea con el segundo Marx, Weinberg es un enconado defensor del materialismo científico duro, y alineado junto a Richard Dawkins se ha convertido en activista del racionalismo contra la religión. Su frase más famosa la dijo en 1999 en un discurso en Washington D.C.:

La religión es un insulto a la dignidad humana. Con o sin religión siempre habrá buena gente haciendo cosas buenas y mala gente haciendo cosas malas. Pero para que la buena gente haga cosas malas hace falta la religión.

Por su parte, Sir Peter Brian Medawar (1915–1987), científico británico especializado en el sistema inmunitario, y que recibió en 1960 el Premio Nobel de Fisiología o Medicina, en su libro The Limits of Science, distinguió entre las cuestiones trascendentes, que se dejan mejor a la religión y a la metafísica; e investigaciones sobre la organización y estructura del universo observable. Con una separación, pues, del mundo de la ciencia y el sentido común, del mundo de la fantasía, la ficción y la metafísica. En ese contexto, Medawar expresó su convicción de que Dios existe sólo en el mundo creado por las ideas de los hombres, con una opinión sobre lo religioso realmente dura: «el precio en sangre y lágrimas que la humanidad en general ha tenido que pagar por el aliento y el consuelo espiritual que la religión ha dado a unos cuantos, ha sido excesivo para justificar el que confiemos nuestra responsabilidad moral a una creencia religiosa».

Seguiremos el próximo día, queridos amigos de República.com. Como siempre, a su disposición en castecien@bitmailer.net.

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