Integración Euroasiática: La utopía realizable de Monnet

Escribo este artículo desde Astana, la flamante capital de Kazajstán, adonde he venido por segunda vez, para participar en su IV Foro Económico. Con una ponencia en la que he tenido ocasión de ocuparme del futuro de la Unión Europea (UE) que, como tantas veces se dice, ha perdido fuerza en el escenario internacional, con escasa iniciativa en las cuestiones internacionales primordiales. Eso ha sucedido a lo largo de las crisis políticas de Oriente Próximo, o en torno a las cuestiones de Corea del Norte e Irán; o incluso, lo vimos dolorosamente, dentro de la propia Europa en la antigua Yugoslavia en la década de 1990.

Así las cosas, se ve cómo la UE no tiene un mensaje universalista válido frente al escenario del mundo actual. En otras palabras, la Unión no ha sabido o no ha podido plantear soluciones globales creíbles, y hay que preguntarse por qué ocurre tal cosa. Y no es tan difícil dar una respuesta: se han producido avances significativos, pero los Estados miembros de la UE no se emplean a fondo para poner fin a sus viejos sueños de grandeza y a sus egoísmos nacionales. Entre ellos siguen prevaleciendo los viejos y mediocres propósitos de extraer el máximo de beneficio para cada uno, y no con vistas al conjunto.

Falta en Europa un sentido universalista, precisamente la idea motriz de este Discurso: la UE debería pronunciarse y actuar de modo diferente a como lo ha hecho en los últimos tiempos. En la idea de asumir cometidos verdaderamente ejemplificadores de cara al resto del mundo, con una visión que cabría calificar de utópica realizable.

Y es llegados a este punto cuando recordaré que en las Memorias de Jean Monnet hay un pasaje de utopismo realizable; que surgió en Bonn, en 1950, cuando precisamente Monnet presentó al ya octogenario Adenauer el proyecto de la Declaración Schuman. Tras repasar su texto con toda atención, el Canciller dijo reflexivamente:

- Sr. Monnet, si estos propósitos prevalecen en el futuro, se acabarán para siempre las guerras entre Alemania y Francia…

- Sí señor —fue la respuesta de Monnet—, y también habremos forjado el primer eslabón del Gobierno Mundial.

Eso implicaba la célebre Declaración para Monnet: alentar un proceso integrador primero del área de los Seis, pero con la ambición de un alcance mucho mayor. Toda una filosofía universalizante, que de forma lamentable, fue difuminándose dentro de la CE/UE.

En definitiva, es la recuperación de esa visión utópica de lo realizable de Monnet, la que creo puede servir de base para definir las acciones a desarrollar por la UE en el próximo futuro. Se trata, lisa y llanamente de asumir un papel de búsqueda no de nuevas hegemonías, sino de una globalización racional y humana, que comporte un proyecto universal válido en los tres espacios político, económico y ecológico de nuestro futuro; contrarrestando así cualquier eventual pretensión hegemónica, para ir hacia un mundo multipolar, libre de vetos e imperialismos.

En esa dirección, el primer tema es la Reforma de la Carta de las Naciones Unidas, preconizando un mundo sin armas atómicas, en línea con lo que en 2009 planteó Obama a Sarkozy. Frente a lo cual la primera reacción del presidente de Francia fue de rechazo a renunciar a su Force de Frappe. Cuando en realidad, sólo un tratado mundial como el planteado por el presidente de EE.UU., de prohibición total de las armas nucleares, permitirá detener nuevos e inquietantes poderes atómicos en el mundo, abriendo la posibilidad de una nueva organización del Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas.

Por tanto, la UE (de la cual dos países, Francia y Reino Unido, son Estados miembros permanentes del Consejo de Seguridad) tendría que contribuir a cambiar tal estado de cosas. Para ir a un sistema de voto ponderado, extensible a todos los socios de la ONU, en la toma de las decisiones más importantes. Tal como desde 1944 ya funciona en el FMI y el Banco Mundial, y entre nosotros, europeos, el BCE.

La segunda gran acción de utopía realizable a plantear por la UE, es ayudar a promover la reestructuración económica mundial con una moneda global. En un momento como el actual, en el cual debe reconocerse el gran valor de ciertas derivaciones de la crisis iniciada en 2007; entre ellas, el hecho de que el G-8 haya abandonado explícitamente los poderes fácticos que se había arrogado, para transferirlos al G-20; más representativo al abarcar el 80 por 100 de la población mundial. Y al estar representados en esa plataforma los países avanzados camino de la madurez, los emergentes en rápido crecimiento, y las naciones en vías de desarrollo que finalmente están poniéndose en marcha.

En pocas palabras, la UE tiene que presentarse en el G-20 como la expresión del gran agregado económico que realmente es de 16 billones de dólares de PIB global frente a los 14 de EE.UU. y los siete de China; como la Unión de Naciones que más ha contribuido al desarrollo mundial en todos los órdenes, y que puede propiciar una moneda global, a partir de una cesta monetaria del euro, dólar, renminbi y yen. En lo que podría ser un Bretton Woods II / Tratado de Maastricht global; a fin de precisamente globalizar lo más importante: los medios de pago. Y poner fin así a un discutible señoreaje del dólar, o a una hipotética prevalencia del euro o del renminbi en el futuro.

La tercera gran cuestión es el Gobierno de la Biosfera, el gran designio ecológico en el que la UE también tiene mucho que proponer al resto del mundo, pues no en vano es la entidad más avanzada en esa área fundamental. Porque la Unión es el origen del que surgieron las pautas para que en la Cumbre de la Tierra de Río de Janeiro de 1992 se pusieran en marcha los grandes proyectos ambientales del planeta azul: la defensa de la biodiversidad, la conservación de los bosques húmedos tropicales, y la lucha contra el calentamiento global y el cambio climático. Cuestión esa última, en la que los esfuerzos comunitarios han sido y siguen siendo máximos, con un sentido más resolutorio que el hasta ahora previsto por el G-2 (China y EE.UU.); las dos naciones que tienen máximas responsabilidades como mayores emisores que son de gases de efecto invernadero y que sin embargo se resisten a adoptar grandes decisiones que cada vez se ven más inaplazables.

Se trata, en fin de cuentas, de lograr un acuerdo con el que no sólo se intente detener el cambio climático, sino, sobre todo, se racionalice la generación y consumo de energía, se aprovechen a fondo los recursos naturales —empezando por la alimentación y la agricultura responsable para un mundo sin hambre— y se ponga término, en definitiva, a la tragedia de los bienes comunes; para activar la gestión racional de los recursos globales y hacer posible una verdadera lucha contra la pobreza, la mayor calidad de vida de los menos favorecidos, contribuyendo a una mejor salud humana.

En suma, la aspiración es hacer realidad el lema de las Naciones Unidas de que el mundo en que vivimos sea un hábitat hospitalario para todas las especies; tomando conciencia de que el Navío Espacial Tierra puede y debe proseguir su viaje indefinido a través de un Universo que cada vez conocemos mejor.

En resumen, el papel a asumir por la Unión Europea de cara al futuro —además de ocuparse de su propio desarrollo y búsqueda de la prosperidad de sus ciudadanos— es el de trabajar por el triple cambio hacia la democratización de la ONU, la globalización racional de la economía mundial, y el efectivo gobierno de la biosfera. Se trata, en síntesis, de promover un nuevo mundo, a lo que ayudarán las nuevas tecnologías cada vez más globalizadoras.

Todo eso es lo que la Unión Europea tendría que presentar, con su base en una más larga experiencia integradora, al resto de los países del planeta, si realmente quiere mantener su relevancia y contribuir de manera decisiva a resolver tantos problemas como tenemos por delante.

Como siempre, a disposición de los lectores de republica.com en castecien@bitmailer.net.

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