Mis dos jardines

Desde la niñez supe apreciar el giro de las estaciones del año, y también de temprana edad data mi atracción por el verde vegetal y el sonido de la lluvia:

  • ¿De qué siente usted nostalgia? – me preguntó un día no sé quién.
  • De los grandes árboles del jardín de casa de mis padres, al final de la primavera, que con sus hojas ya crecidas ampliaban la resonancia de la lluvia hasta semejar un diluvio. Con mi madre, desde la ventana, veía caer las gruesas gotas sobre la arboleda y al tiempo nos llegaba el aroma a tierra mojada, que lo impregnaba todo.

Guardo con amor muy especial el recuerdo de aquellos árboles, en un escenario un tanto descuidado, lo que le proporcionaba el aire romántico de lo natural. Había una higuera muy hermosa, a la cual, en los juegos infantiles subíamos gateando y de ella caí un día, produciéndome dolores de espalda que persistieron durante meses, y que nunca revelé a mi padre, a pesar de que era médico, simplemente por miedo a que me riñera. No lejos de la higuera, un eucalipto evocaba la lejana Australia, muy esbelto, hasta que en un invierno de nieves, el exceso de la blanca carga acabó tumbándolo.

En la pared del jardín, crecía una gran hiedra que subía año a año, reptando por el ladrillo desnudo, formando así un jardín vertical (como ahora se dice), que daba cobijo a nidos de gorriones que cada mañana, en la primavera, nos amenizaban con el estruendo de su piar; un sonido cristalino que se combinaba con el gorgojeo de las golondrinas. Al anochecer, el escenario se animaba con el vuelo de cuatro o cinco murciélagos que para nosotros eran como habituales compañeros nocturnos.

La tupida hiedra se vio tristemente afectada, cuando unos obreros de la Telefónica, en el tendido de nuevas líneas, para facilitar su trabajo, acabaron con el viejo y renovante tejido vegetal de decenas de años. Y entre las raíces, uno de los operarios, poco zoologista él, al descubrir a nuestra tortuga, un ser entrañable de la niñez, se llevó gran sorpresa; ante una especie enteramente extraña para él, no pudo menos de exclamar:

  • ¡Andá, qué cucaracha tan grande!

Entre los árboles del jardín el rey era el Ailanthus altissima, cuyo nombre linneano sólo conocí muchos años después, al informarme mi amigo el arquitecto italiano Campos Benuti; en un paseo por los alrededores de Bolonia, donde él, como técnico municipal de entorno y jardines, había dejado prosperar una docena de hermosos ailantos, que prestaban al lugar una apariencia que recordaba al pintor Rousseau.

  • Ese es el nombre del árbol que dices. Procede del sudeste asiático, donde sus hojas servían de alimento para una variedad de gusanos de seda de calidad inferior. En el siglo XVIII, sin duda por algún marinero que trajo pocas semillas, el ailanto entró en Europa… y hoy crece en los solares de las ciudades mediterréneas y, sobre todo, en sus arrabales. Es muy umbroso, y dioico; con machos, y hembras que lucen flores rojas muy brillantes.

Había en el jardín, también dos lilos más bien escuetos, pero que llamaban la atención cuando en las postrimerías del invierno empezaban a lucir sus exuberancias florales de blanco y violeta. Como también nos acompañaba en aquel territorio de juegos infantiles una falsa acacia, que en la primavera proporcionaba sabroso “pan y quesillo”. Y un inmenso plátano, Platanus Hispanicus, la especie más frecuente de los árboles de Madrid, y de cuyo verdadero nombre la mayoría de nuestros conciudadanos no acaban de enterarse. Un árbol para mi admirado, tal vez premonitoriamente, pues con el tiempo me surgiría resplandeciente, en el Largo de Haendel, de la ópera Jerjes. Cuyo más sublime canto integran las siguientes palabras:

Ombra mai fu di vegetabile, cara ed amabile, soave piu…
(jamás sombra de la naturaleza fue más amable y más querida).

Mi otro jardín, aparte del Botánico de Madrid, es el que cuido personalmente, y el que me inspira en la afición por la Botánica, una ciencia con raíces -y nunca mejor dicho— muy antiguas, con primicias que se remontan a un discípulo de Aristóteles, Teofrasto, quien sentó los cimientos, hacia el año 300 a J.C. Cuando dio a la luz lo que en lengua latina se conoce como Historia Plantarum; considerada como el intento científico primigenio de clasificación de las plantas, con la descripción de sus partes, crecimiento, y usos.

Siguieron a Teofrasto otros maestros en la Antigüedad, como Plinio con su Historia natural, y Dioscórides con su De materia medica, en las que ya se apuntaron las extraordinarias posibilidades que las plantas ofrecen para la Medicina.

En la filogenia de esta ciencia de la vida vegetal, en el Renacimiento se produjo la gran eclosión recuperadora de los clásicos. A partir de la cual se elaboró un corpus de mayor fundamento, que tuvo como pioneros a John Ray (1627-1705), Joseph Pitton De Tournefor (1656-1708) y el más grande de todos, Carolus Linneo (1707-1778). Quien en 1755, en los tiempos de la incipiente Ilustración española, fue invitado por el rey Fernando VI a instalarse en nuestro país. Ofrecimiento que le renovó Carlos III y que finalmente ocasionó el viaje de su discípulo Lofely, visitante de estos pagos nuestros y de la América española virreinal, y autor del Iter Hispanicum.

España también ha sido y es tierra de grandes botánicos, pudiendo reseñarse aquí al primero de ellos, José Quer y Martínez (Perpiñán 1695-Madrid 1764), cirujano militar en su inicial profesión, que aprovechó sus numerosos viajes para reunir un copioso herbario. Lo cual, junto con otros trabajos, le permitió proponer al ya mentado Fernando VI, en 1755, la creación del Real Jardín Botánico de Madrid. Luego, muy mejorado por Carlos III en su definitiva instalación actual del Paseo del Prado, al lado de la pinacoteca del mismo nombre.

En cuanto a José Celestino Mutis (1732-1808), gaditano, fue el estudioso de la flora de las actuales repúblicas de Ecuador, Colombia y Venezuela. Cuyo territorio recorrió personalmente, con la redacción de su monumental Flora de la Real Expedición Botánica del Nuevo Reino de Granada; llena de ilustraciones a todo color, que todavía hoy nos admiran por su perfección.

Vendrían después el valenciano Cavanilles (1745-1804), su discípulo el aragonés Mariano Lagasca (1786-1869), y el seguidor de este último, el también valenciano Simón Rojas Clemente (1777-1827). Todos los cuales contribuyeron a difundir la Botánica, y a promover jardines que hoy perviven en su grandeza. Con una progenie ulterior, de la cual citaremos a Font i Quer, estudioso de la flora de Marruecos e Ifni; y a quienes fueron amigos personales míos, Emilio Guinea que analizó la transformación del paisaje vegetal de Vizcaya, y Salvador Rivas, promotor de la moderna Sociología Botánica. Para así llegar el Doctor Esteban Hernández, creador del Botánico de Córdoba.

En definitiva, detrás de cada árbol, hay mucha historia natural, y más detrás aún, está el misterio de las flores y las semillas, de una perfección y de una capacidad genética tan asombrosas, que a veces es difícil creerlas.

Como siempre, a disposición de los lectores de República.es en castecien@bitmailer.net

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