Un viaje por el valle del Ebro (III)

En esta tercera entrega, la narración de un reciente viaje por los márgenes del Ebro, toca a su fin. En el primer artículo, nos ocupamos del Belchite actual, y de su lejana batalla de 1937; para luego seguir con referencias a Escatrón y su central térmica, y a Caspe con su célebre Compromiso medieval. En tanto que en el segundo artículo de la serie, hubo referencias a Alcañiz y su desarrollo agroalimentario como capital del bajo Aragón, así como a Mequinenza y su gran embalse, abundante en pesca.

Ahora en esta tercera y última entrega, la historia va a pesar más que la geografía. Poniendo de relieve que desde Mequinenza, y siguiendo el curso del Ebro, acabamos situándonos en Gandesa, la ciudad que durante la Batalla del Ebro no llegó a conquistarse por las tropas republicanas; que solamente llegaron a sus puertas, en lo que fue el desarrollo bélico más brutal, en un escenario geográficamente muy accidentado, al sur del Ebro, entre Mora la Nueva y el actual embalse de Ribarroja. Allí, despiadadamente, se libró el encuentro más terrible de la guerra civil española 1936/39. Por eso, el recorrido entre Gandesa y Mora la Nueva, campo de muerte en aquel verano/otoño de 1938, se le antoja al viajero de hoy como el peor teatro de operaciones bélicas que podría haberse escogido.

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Lo que resta de este artículo, se refiere, precisamente a la batalla del Ebro, con la cual la República, primero de todo, trató de contener el avance nacionalista en la línea del Ebro inferior y del Segre en lo concerniente a Cataluña; y en las fortificaciones de Viver, en la carretera de Teruel a Sagunto, al noroeste de Valencia. Aunque con máxima ambición, también se planteaba la reunión de las zonas del Nordeste y Centro-Levante en que Franco consiguió dividir lo que quedaba de Segunda República Española. El General Vicente Rojo, el estratega de esa acción, estimó —creo que sin fundamento—, que con una audaz acción de cruce del Ebro, sería posible la creación de una gran bolsa de efectivos nacionales entre el mar y el ejército leal. No se optó, pues, por lo que quizá habría sido más sencillo y más provechoso para la causa republicana: una guerra de trincheras, esperando el desarrollo de los acontecimientos bélicos en Europa, a sabiendas de que Hitler no podría estarse quieto en su expansionismo.

Así las cosas, la República, se lanzó nuevamente a la aventura de una ofensiva más que difícil, sobre todo, sin tener en cuenta que en caso de victoria inicial, no habría recursos suficientes para culminar una con verdadero éxito una operación de tal envergadura.

En cualquier caso, el 25 de julio de 1938, a las 0.15 horas, se inició el cruce del Ebro, sobre pontones construidos en el más absoluto silencio, en un frente de unos 15 kilómetros entre Mequinenza y Fayón, último segmento zaragozano del río. De modo que al alba, la cabeza de puente en la orilla derecha del Ebro ya estaba formada, y en pocas horas consolidada. En lo que fue la operación sin duda más sorpresiva de toda la guerra, y que despertó nuevas esperanzas en cuanto a las posibilidades de la República. Al tiempo, en la España nacionalista se creó una cierta psicosis de que una vez más se alejaba lo que ya se pensaba era la victoria próxima y definitiva.

Claro es que los nacionales reaccionaron rápidamente para contener el avance republicano, que fue detenido el 9 de agosto, en una línea quebrada vertical Norte/Sur desde Fayón y pasando por las proximidades de Gandesa, hasta Cherta, cerca ya de Tortosa. Y como fue habitual a lo largo de la contienda incivil, tras fijares el frente, se fortificaron las posiciones, dando paso al más cruento duelo de artillería y aviación; con ventaja para el bando de los nacionales. Nada que extrañar: en la etapa de mayor inestabilidad de la III República francesa, al perder Leon Blum la presidencia del gobierno francés y dar paso al radical Daladier, más apaciguador de Hitler, la frontera hispanofrancesa se convirtió otra vez en una muralla insalvable para los suministros bélicos a los republicanos.

Por lo demás, ya avanzada la batalla, surgieron novedades de importancia: Alemania se mostraba menos favorable a seguir suministrando a Franco armas y municiones en las ingentes cantidades hasta entonces habituales. No sólo por la tensión internacional y por sus necesidades de rearmar a la recién anexionada Austria (tras el Anschluss de 12 de marzo de 1938), sino, fundamentalmente, por las dificultades surgidas en las negociaciones Burgos-Berlín, en lo concerniente a la participación de Alemania en las minas españolas y de Marruecos; que Berlín aspiraba a controlar para garantizarse suministros indispensables en sus preceptivos de guerra europea.

Una vez alcanzados los acuerdos de Múnich del 30 de septiembre de 1938, las remesas teutonas de material de todas clases a Franco, se reanudaron. No sólo por lo de Munich, sino también porque se llegó a un arreglo en la cuestión de la minería, así como en lo concerniente al pago por el nuevo Estado español de los gastos de la Legión Cóndor. Todo lo cual puso de relieve, una vez más, que hasta el final mismo de la conflagración, los resortes decisivos de la guerra civil española estuvieron fuera del país.

En cuanto a la ayuda de la URSS, que siempre encontró graves dificultades por vía terrestre y marítima, después de la Conferencia de Munich, cayó en un fuerte declive. Los soviéticos, convencidos de que las Democracias seguirían cediendo en todo ante el Führer, empezaron a adoptar una postura de cierto apaciguamiento frente Berlín, prolegómeno de lo que sería el pacto germano-soviético del verano de 1939.

Las líneas de combate en el frente del Ebro se mantuvieron casi inconmovibles durante tres meses, del 9 de agosto al 30 de octubre. Y por fin, ese 30 de octubre, un mes después de arreglo de Munich, y restaurados plenamente los suministros alemanes a Franco, se desató el gran contraataque nacionalista en el Ebro. De forma que el 18 de noviembre, la totalidad de los efectivos supervivientes del ejército republicano había recruzado el río.

Las bajas de la batalla del Ebro fueron, con mucho, las más importantes de cualquier combate durante la guerra. Los republicanos calcularon el número de sus muertos en 30.000, con miles de heridos, y más 20.000 prisioneros; quedado algunas de las divisiones del ejercito popular con menos de la mitad de sus efectivos. Además, se perdieron unos 200 aviones, se abandonó gran cantidad de material de todas clases: 1.800 ametralladoras y 24.000 fusiles. De los brigadistas internacionales que cruzaron el Ebro, el 75 por 100 cayeron bajo el fuego enemigo.

Del otro bando, la embajada alemana ante Franco, calculó las pérdidas nacionalistas en una cifra no menor de 33.000 hombres. Pero con la clara ventaja final de que la separación de las dos zonas republicanas no sólo no se superó, sino que quedaron aún más distanciadas entre sí; en línea, ya, a la fase final de la guerra.

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Al término de nuestro recorrido por los márgenes del Ebro, los viajeros quedamos en un cierto estado de conmoción mental; evocando lo sucedido en la célebre batalla.

En cualquier caso, creo que evocar historias como las incluidas en la serie de tres artículos que ahora termina, debe hacernos cavilar; y comprender que cualquier cuestión, por difícil que sea, ha de resolverse negociando. Sin llegar nunca a una guerra fratricida que dramáticamente quedó simbolizada para siempre en el mayor de nuestros ríos, con un ulterior Vae Victis verdaderamente trágico.

Para cualquier observación, meditación, u objeciones, como siempre a la disposición de los lectores de Republica.es en castecien@bitmailer.net

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