El patrimonio y la nación

1. EL PATRIMONIO COLECTIVO HOY

El pasado mes de enero estuve en Jaén capital para dictar la conferencia inaugural del I Congreso Internacional sobre el Patrimonio Cultural y Natural, organizado por las diez universidades públicas de Andalucía. Un tema muy denso de tratamientos, como se vio por el diseño que del mismo hizo, para la ocasión, María Ángeles Peinado Herreros, Presidenta del Comité de Dirección del citado encuentro; y tal como yo, personalmente, fui comprobando al redactar, exponer y comentar mi ponencia. De la que, en extracto, daré cuenta a los lectores de República.es, por estimar que se trata de un asunto en el que España se juega mucho.

Empezaré por decir que el patrimonio cultural y natural es resultado del esfuerzo de la naturaleza y de los seres humanos para generar bienes a lo largo del tiempo; tanto raíces, como de carácter movible e incluso inmaterial en el caso de lo cultural. Todo lo cual resulta en la acumulación de un fondo de riqueza, que por razón de belleza, utilidad, testimonio histórico, etc., se estima que merece conservarse de cara al futuro.

En otras palabras, al patrimonio colectivo no le es aplicable la idea de obsolescencia. Por ello, no cabe plantear su sustitución en un momento determinado para que resulte más rentable y competitivo, según los criterios aplicados a los activos de producción industrial. Lejos de eso, el patrimonio cultural y natural, sólo admite su natural evolución y renovación en el caso de la naturaleza (flora, fauna, paisaje, etc.); o el mantenimiento y la restauración de lo construido o elaborado por la mano del hombre.

En cuanto al patrimonio cultural en concreto, es el relicto del desarrollo de la capacidad humana para construir sus propios hábitats; incluyendo manifestaciones religiosas (catedrales y templos de todas clases, monasterios, etc.), artísticas (edificios monumentales y cualquier clase de obras de arte), industriales (con una nueva arqueología cada vez más apreciada), culturales (obras literarias, musicales, dramáticas), etc.

2. LA DIFÍCIL VALORACIÓN DEL PATRIMONIO

Los activos que integran el patrimonio hay que incluirlos en un inventario, para asegurar su seguimiento y conservación, y también para apreciar de la posibilidad de valorarlos. Lo cual no es fácil en muchos casos. Como botón de muestra podemos hacer una comparación: si la torre diseñada por el arquitecto Norman Foster para la empresa petrolera Repsol en Madrid –en la antigua Ciudad Deportiva del Real Madrid Club de Fútbol—, se vendió por sus promotores en 600 millones de euros (casi 100.000 millones de las antiguas pesetas) a CajaMadrid, ¿cuánto vale el Museo del Prado?

Pues mucho más, cabría decir, en lo que no pasaría de ser una mera simplificación. Pero es que a la postre, no sería factible avanzar mucho más salvo convenciones muy discutibles— al intentar la evaluación de las distintas facetas: los terrenos que ocupa en el centro de Madrid, sus jardines con cedros y sequoias entre los más antiguos de España, la maravilla del edificio del XVIII, obra de Juan de Villanueva, inicialmente concebido para Museo de Ciencias Naturales en tiempos de Carlos III. Y lo más importante, la colección única de esculturas y sobre todo de obras pictóricas que la pinacoteca contiene de los mejores maestros de las principales escuelas hasta bien entrado el siglo XIX, etc.

El altísimo valor de todo eso, sin poder cifrarlo, supo apreciarse en diferentes circunstancias. Empezando por la promotora real del Museo, María Isabel de Braganza, esposa de Fernando VII, que para ello reunió varias colecciones reales. Sin olvidar a Mariano de Cavia por su célebre artículo “Incendio en el Museo de Pinturas” con el cual alertó en 1891 sobre la patética situación de seguridad antifuego del Museo del Prado. Como también ha de destacarse lo que se hizo en 1936, cuando la República envió al extranjero los tesoros del Prado, para evitar su destrucción en caso de bombardeos aéreos durante la guerra civil. Debiendo recordarse también, obviamente, a quienes después de 1939 supieron ir dotando al Museo de nuevos sistemas de seguridad, mejor ambientación, etc.; hasta llegar a la singular ampliación de sus recintos según el diseño del arquitecto Moneo.

En definitiva, con ese botón de muestra de El Prado se trata de apreciar que los grandes patrimonios que se forman a lo largo del tiempo, en una filogenia estudiable en cada caso, son muestras del esplendor de la antes referida acumulación, creándose con ello valores difícilmente calculables.

3. EL PATRIMONIO Y EL DESARROLLO: EL CASO DE ESPAÑA

Y si del caso del Museo del Prado pasamos al intento de una valoración del Patrimonio Histórico y Monumental de todo un país, la empresa resulta, obviamente, de una dificultad mucho mayor. Aunque en función de los diferentes registros, puede decirse que el Patrimonio Histórico Español (PHE) se sitúa en Europa entre los tres primeros del mundo: Italia, Francia y España, con un recorrido formidable desde las culturas de la antigüedad hasta hoy.

Esa gran dimensión, percibible pero difícilmente cuantificable en los casos más diversos, es el fruto de un largo tiempo coleccionando y conservando cada país. En el curso siempre lleno de avatares de la Historia. Que en esto, como en tantas otras cosas, es maestra de la vida, en frase del gran historiador Arnold Toynbee. De tal forma que la acumulación producida y conservada pasa a ser una parte importante del desarrollo económico de cada país; influyendo en su crecimiento económico, no sólo por la atracción mayor o menor que pueda suponer de turismo cultural, sino también por las ingentes labores de conservación y restauración. Lo cual, en el caso de España, resulta más que evidente, pues no obstante ser el nuestro, en gran medida, un turismo de ocio y playa –el monocultivo del sol que se dijo en tiempos—, cada vez tiene más fuerza en el área de lo cultural.

¿Cómo cabe apreciar un triángulo como el de los Museos del Prado, Thyssen y Reina Sofía en Madrid? ¿O la combinación Gaudí/Picasso/Barrio Gótico de Barcelona? ¿O el más formidable triángulo de monumentos del Islam de Córdoba/Sevilla/Granada? O sin ir más lejos que nuestro horizonte hic et nunc de Jaén: ¿cómo cabe apreciar el patrimonio de una ciudad, capital del Santo Reino –según el nombre que le dio Fernando III—, que tiene una de las más preciadas joyas del Renacimiento español en su catedral? O en los montes peinados de olivos de su entorno, en los que luce uno de los paisajes verdaderamente únicos del mundo, labrado durante siglos por los aceituneros altivos que cantó Alberti. Del que, por cierto, se quedó extasiado el General De Gaulle en su viaje por España en 1969, cuando permaneció una semana en el Parador de Santa Catalina; que por cierto, a pesar de su belleza y confort, no fue un ejemplo de conservación de monumentos.

La valoración del patrimonio –insistimos en ello— a efectos de desarrollo es, por tanto, de una importancia formidable. Por lo que, a pesar de todo, debería intentarse medir de alguna forma, para introducir esos valores en la riqueza macroeconómica. Y desde luego, ya ha habido intentos en ese sentido, y los habrá en el futuro. Como también habrían de estudiar las nuevas experiencias de ciertas áreas de gran riqueza económica y financiera, que aspiran a recrecer su atracción turística y cultural; a base de incorporar activos patrimoniales foráneos de gran valor, desde luego, a un alto coste de oportunidad. Eso es lo que sucede en muchas ocasiones y a escala mundial, con dos botones de muestra de lo más actuales: el emirato de Dubai vía la creación de una especie de sucursal del museo parisino de El Louvre; y el de Abu Dhabi, al hacer lo propio con la Smithsonian Instititution de Washington, D.C.

En fin, el tema es muy amplio y con mucho debate de por medio; como se vio en el Congreso de Jaén citado al principio. Y en ese sentido, en las próximas entregas seguiremos tratando de la cuestión, que tiene facetas de indudable interés, como trataré de exponer.

Como siempre, a la disposición de los lectores de República.es en castecien@bitmailer.net

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