Las grandes tareas futuras de la Unión Europea: cómo asumir una utopía realizable y universalista

Querido Presidente, Pablo Sebastián,

Querido Consejero Editorial, José Oneto,

Queridos lectores de Republica.es:

Con gran gusto por mi parte, quedan todos Vds. invitados al acto que tendrá lugar mañana, de investidura del autor de estas líneas, como Doctor Honoris Causa de la Universidad Rey Juan Carlos (URJC).

En la invitación que se reproduce en facsímil, y que puede permitirles el acceso al auditorio de la URJC, figuran todos los detalles. Que deben completarse, para los que vayan allí en automóvil, señalando que deben transitar por la Autovía A-5, hasta su salida 14, desde la que se accede fácilmente a la Universidad.

>> Descargue aquí su invitación (PDF) <<

Como complemento de esta invitación, y pensando sobre todo a los que no puedan asistir, en mis próximas entregas como colaborador de República.es incluiremos mi discurso abreviado, con un total de 15 folios a espacio y medio, cuando el que se editará por la URJC tendrá 25 páginas.

Saludos a todos, y gracias por la atención que presten a estas líneas previas.

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1. Entre guerra y paz: el europeísmo integrador de Hofman y el Método Monnet

Desde los orígenes de Europa —hija de Agenor y Telefasa, amada por Zeus según Hesíodo—, hasta nuestro tiempo, han discurrido largos, creativos y también atormentados siglos. Lo cual no significa que hayamos entrado en la armonía global anticipada por Immanuel Kant en su “Ensayo sobre la paz perpetua” de 1795. Y más lejos estamos todavía del eventual Punto Omega avanzado en la hipótesis de Pierre Teilhard de Chardin. Porque sin referirnos a otras circunstancias, la muestra es una era en la que, en sólo un siglo, hubo dos guerras mundiales, las de 1914 y de 1939, precisamente iniciadas en suelo europeo.

Contiendas de acero, fuego, peste, y muerte, en la configuración apocalíptica de Los cuatro jinetes, evocada mundialmente por nuestro mejor Blasco Ibañez. Guerras que por su gran dimensión y sus dramáticas secuelas, redundaron en la esperanza de una paz sine die. Primero con la propuesta de la Sociedad de las Naciones (1920), que tuvo la más triste deriva de frustraciones. Y luego, en 1945, con unas Naciones Unidas que seguro no funcionan con la perfección que desearíamos; aunque deben decirse, en justicia, aquello, tan común pero no por ello menos cierto, de que “si no existieran, habría que inventarlas”.

Otro tanto puede observarse respecto a la integración europea, de la que generalmente no se valora suficientemente el factor Plan Marshall, y en especial el discurso de Paul Hofman —casi tan importante como el del propio Marshall en Harvard en junio de 1947— cuando desde la orilla USA del Plan, preconizó, en 1948, algo sencillo y a la vez genial: si se quería que el apoyo marshaliano fuera aún más fructífero, se necesitaba del esfuerzo de los propios países europeos. En una triple línea de acción: unión aduanera para dar fin al proteccionismo; unión de pagos, en la senda de la convertibilidad de las monedas conforme al sistema monetario internacional diseñado por el FMI; y libre circulación de bienes, servicios y factores, vía la supresión de todas las barreras entonces existentes.

Esas recomendaciones de Hofman, fueron el elán indispensable para cambiar la situación de una veintena de países europeos, que por su compartimentación y bilateralismo estaban perdiendo grandes y decisivos potenciales de economías de escala; así como sinergias de todo tipo para desarrollarse mejor y más rápidamente. Y justamente de ese elán surgieron las primeras medidas acordadas en Europa para la liberación del comercio y la convertibilidad monetaria; con toda una filogenia de instituciones, a partir de las cuales sería posible que un día nacieran las Comunidades Europeas.

La primera de ellas surgió en línea con la Declaración Schuman de 1950, elaborada por el Ministro de Asuntos Exteriores de Francia que dio su nombre al documento; que ciertamente recibió su soplo creador de Jean Monnet, para traducirse después en la creación de la Comunidad Europea del Carbón y del Acero. La CECA, el banco de pruebas de los subsiguientes empeños europeístas de integración.

Un logro que fue posible al seguirse el Método Monnet, empezando por lo sectorial: simplemente para aunar esfuerzos en relación con las minas de carbón y de hierro, y la siderurgia. Experiencia que pronto se reveló necesitada de nuevos dispositivos, para superar la falta de conexión con otros sectores importantes y de todo un marco general de instituciones. Dirección en la que los temas de la defensa (UED, Plan Beyen, etc.) serían un catalizador decisivo de la mutación que se introdujo el Tratado de Roma en 1957, al iniciarse la senda integratoria global, que medio siglo después se manifiesta en la UE que conocemos y desde el cual hemos de construir nuestro futuro.

2. La tensión Este-Oeste y la nostalgia como error… El futuro que está en juego

Proyectar ese futuro desde la UE, significa tomar nota de que el actual es un mundo muy distinto al de los tiempos venturosos de las ideas germinales y evolutivas. Aquellos fueron, sobre todo, años de tensión bipolarizada Este-Oeste, entre las dos superpotencias victoriosas de la Segunda Guerra Mundial, EE.UU. y la URSS. Circunstancias en las que Europa emergió como posible tercera pieza de un engranaje mundial del primer mundo, para así materializar el sueño europeísta. No sin destacar el hecho de que a partir de la incorporación del Reino Unido a la CE en 1972, tales impulsos empezaron a ceder en fuerza, por la reiterada posición de Londres de mantener sus presuntas relaciones especiales con Washington D.C.

Ese efecto ralentizador sabiamente supo preverlo el General De Gaulle como presidente que era entonces de la República Francesa; cuando en 1963, paseando por el bosque del Palacio de Rambouillet, le dijo al Premier británico MacMillan: “Vds. no pueden ingresar en la CEE, porque son el caballo de Troya de EE.UU.”. Apreciación que todavía tiene para muchos un peso retardatario en la evolución europeísta; y que nuestro Lope habría caracterizado como la actitud del “no hago pero sí impido”, del perro del hortelano.

En la dirección de avance actual, non troppo piano pero tampoco molto vivace, cabría decir del proceso integratorio europeo, que nos hallamos en el mejor momento. Pues tras el fiasco de la Constitución Europea en 2006, su sucedáneo de 2009, el Tratado de Lisboa, presenta deficiencias notorias y, sobre todo, una marcada falta de nitidez en la autorictas institucional. Como también se aprecia un claro relajamiento en el animus operandi, sobre todo si se echa la vista atrás, a los buenos tiempos en que Jacques Delors era presidente de la Comisión Europea; cuando se forzó el paso de aquel auténtico Cabo de las Tormentas del europesimismo más profundo, para casi arribar a las costas de la Euroeuforia. Merced al diseño concebido y materializado del Mercado Interior Único (1987), y las previsiones de las que emanaría la moneda común que hoy llamamos euro.

Pero como dijo en el titulo de uno de sus mejores libros José Luis de Vilallonga, “la nostalgia es un error”. Es una sensación indispensable en ciertas ocasiones de la vida, por lo mucho que tiene de reconfortante. Pero no para sustituir a la acción, pues de las prolongadas evocaciones de un pasado feliz puede derivarse la hipocondría paralizante. Por ello, lo que ante todo debemos extraer de las mejores experiencias del europeísmo, son las nuevas fuerzas para el futuro; en el sentido que proponía Arnold Toynbee, al decir que “la historia es maestra de vida”, a modo de un dios Jano bifronte, mirando al mismo tiempo hacia atrás para aprender, y hacia delante para identificar el nuevo horizonte, en vez de esperar a que nos lo definan otros.

La mentada tensión Este-Oeste, URSS/EE.UU. ya no existe, y sólo Washington, D.C. mantiene su pretensión de hegemonía, buscando en el XXI “un nuevo Siglo Americano“, como lo fue el vigésimo. Pretensión bastante deslucida por las inevitables realidades que vislumbramos por doquier, en el proceso de globalización; según pasamos a ver.

3. De la brecha Norte-Sur a la globalización

Definitivamente, el mundo actual ya no es el que Willy Brandt caracterizó por la brecha Norte-Sur, en 1975, cuando el entonces Canciller de Alemania, trazó con un lápiz rojo sobre un planisferio, la honda quiebra que separaba el Septentrión del Primer Mundo (con la URSS como Segundo Mundo), del Sur; del Tercer Mundo, cuyo porvenir por entonces presentaba muy pocas esperanzas de desarrollo.

Ese mapa rasgado fue la graficación de un modelo que funcionó desde la década de 1950 a la de los años 90, pero ya hoy fuera de vigencia. De modo que si en lo político la tensión Este-Oeste dejó de presionar desde la caída del Muro de Berlín, la relación Norte-Sur, en la concepción simbolizada por Willy Brandt, ha cambiado radicalmente, en razón a la emergencia de nuevas fuerzas dentro del escenario de la globalización.

Una globalización no es proceso tan novedoso, pues de hecho —aunque la inmensa mayoría todavía no se hayan enterado— arrancó del Tratado de Tordesillas (1494), cuando españoles y portugueses se repartieron el globo terráqueo la línea circular de un meridiano y su antemeridiano. Con toda una larguísima serie ulterior de aportaciones fácticas y teóricas a ese independiente globalismo, y señaladamente de Adam Smith y Karl Marx; quienes ya se refirieron al mercado universal y a las consecuencias esperables de un solo mundo económico. Algo que se puso de manifiesto traumáticamente primero en la depresión de 1873, y después, y con mayor evidencia, en la crisis global de la Gran Depresión 1929/1939. Para tras la Segunda Guerra Mundial, entrar en los procesos de cooperación e integración ya mentados al hablar de los orígenes del interés europeo.

La próxima semana dispondrán los lectores de Republica.es de la segunda parte del texto que hoy hemos iniciado. Como siempre a disposición de los lectores en castecien@bitmailer.net.

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