La Guerra Civil: 72 años después
Estoy, a mis años, haciendo un pequeño libro sobre la Guerra Civil de España 1936/9. Y creo que no será inútil, porque en los últimos tiempos, se escuchan voces peregrinas que todavía se atreven a pedir responsabilidades por lo que sucedió durante la contienda incivil de los españoles; con un extraño espíritu justiciero o incluso vengador, pero que en cualquier caso desvirtúa al Shakespeare de Hamlet, en aquello de que “las fronteras entre la justicia y la venganza son difusas“. De hecho, lo que tales voceros manifiestan en su búsqueda de culpables, con su petulancia de rencores tardíos –que habría dicho Pío Baroja—, es un craso desprecio por el sufrimiento y las heridas de lo que fue la mayor tragedia española de los últimos 500 años.
Cosa bien distinta de tales requisitorias pseudohistóricas, es plantearse el estudio de la Guerra Civil de cara a las jóvenes generaciones, en pos de saber qué representó aquella tormenta de fuego y acero de casi mil días. Una línea de inquietudes a la que me incorporé con ocasión de participar en un curso de la Universidad Internacional de Andalucía, en La Rábida, Huelva, organizado por el Prof. Rafael Sánchez Saus, decano de la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Cádiz, y en el cual me correspondieron los temas de financiación y consecuencias económicas y sociales de la guerra.
En cuanto al primer asunto, hube de explicar cómo se pagó la destrucción mutua e insensata de un lado y de otro, desde 1936 a 1939. Me referiré, primero, a los créditos que recibió el bando de Franco, por un equivalente a 400 millones de dólares en el caso de Alemania y 260 en el de Italia; es decir, 660 millones; aparte de pagos hechos por carburantes con el célebre cheque de Juan March, y otros suministros.
Las sumas adeudadas a las potencias del Eje se abonaron cabalmente; a Alemania, con suministros de materias primas y alimentos durante varios años, retirándose del consumo de los españoles para lo más imprescindible, cuando el racionamiento situaba a todo el país al borde del hambre. En cuanto a Italia, al valorarse el crédito a largo plazo y en liras corrientes (¡la gran confianza de Mussolini en su victoria!), el pago se terminó mucho antes de lo previsto, en 1960, aprovechando el colapso de la lira por sus sucesivas devaluaciones.
Frente a la cifra comentada del lado nacional (o faccioso, según los gustos), la República (o los rojos) utilizó las reservas metálicas del Banco de España, enviadas a la URSS en 1936, desde donde se facturaron las compras de armas por el bando republicano; en todo un episodio financiero discutido ampliamente en sus más diversos aspectos. El total de ese oro se estimó en 510 toneladas, equivalentes a 16,4 millones de onzas troy; que a la paridad de entonces del dólar (una onza = 33), equivalió a una suma de 541 millones de moneda estadounidense: menos, pues, de lo recibido por Franco, en forma de créditos, de las potencias del Eje.
Hemos de preguntarnos también qué representó en términos macroeconómicos la guerra, y según los cálculos disponibles, la respuesta es bien sencilla: 1,25 veces el PIB del país en 1935. O si se quiere decir de otra forma, en términos aproximados, cada uno de los tres años de guerra se dedicó el 40 por 100 del PIB español al esfuerzo bélico: a pulverizarse unos a otros en pugna fratricida de sufrimiento sin fin. Un auténtico desastre, que se tradujo en una cifra de muertos (incluyendo los caídos en campaña, la retaguardia, las represalias en ambas zonas y los tétricos fusilamientos en la inmediata posguerra en la España de Franco) situable en no menos de medio millón de personas. A lo cual habría de agregarse el menor crecimiento poblacional durante la contienda, por la fuerte caída de la natalidad, computable en otro medio millón de personas; así como 300.000 españoles que se exiliaron de manera prácticamente definitiva.
En resumen, respecto a la población, de 24,7 millones de habitantes de 1935, el total de 1,3 millones de muertes, natalidad reducida y exilio, representó nada menos que el 5,26 por 100 del stock demográfico. A lo cual habrían de sumarse, según evaluó directamente el autor, en 800.000 hombres/año de reclusos en campos de concentración y cárceles. Cifra aún más terrible, sin desdén para nada, al incluir lo más granado de la juventud española, de los efectivos más valerosos y prometedores, que se empeñaron en buscar, por sendas apocalípticas, un futuro para su patria. De modo que con el enfoque actual del capital humano, la guerra civil es calificable como auténtico mazazo de proporciones estremecedoras; al cual para mayor inri, aún se adjuntarían en la inmediata postguerra las implacables depuraciones de funcionarios y profesionales que comportó el totalitarismo subsiguiente.
Macroeconómicamente, al final de la guerra, el nivel de renta del español medio se había hundido un 30 por 100; y con la lenta recuperación de la posguerra –la era de la autarquía—, sólo en 1951 se recuperó el PIB per cápita de 1935; esto es, tras 12 años de posguerra, con un total de tres lustros de retroceso económico. Pudiendo decirse que la incorporación de España a la normalidad de sus relaciones internacionales no se produjo hasta el Plan de Estabilización de 1959, dos décadas después del final de la contienda.
Los ciudadanos de EE.UU. pasaron en los años 60 del siglo XX por una especie de reflexión masiva sobre su también cruenta guerra civil desde 1861 a 1865, cuando los estados del sur buscaron la secesión; existiendo un auténtico turismo histórico a los campos de batallas como Guettysburg o Chattanooga, y tantas otras, ya convertidos en parques históricos para la memoria pública.
No digo que nosotros hayamos de ponernos en marcha para revisitar el Monte Garavitas en la Casa de Campo de Madrid, las Riberas del Jarama, Brunete, Belchite, Teruel, Gandesa en el Ebro, o el escenario de la Batalla de Guadalajara que cantó Miguel Hernández con aquellos versos de: «rumorosa provincia de colmenas/ la patria del panal estremecido».
Pero 72 años después de finalizar el choque fratricida, sí que debemos recordar lo que como dislate fue la Guerra Civil, prolongada por casi cuatro décadas de hostilidad de azules contra rojos, y también, pero menos, a la recíproca. Situación patética que no cesó oficialmente hasta julio de 1977, con las primeras elecciones democráticas que abrieron el paso a la Ley de la Amnistía, y la definitiva normalización del sistema político. Pero que en el Tercer Milenio, ya en el siglo XXI resurgieron en la lamentable historia de la llamada memoria histórica.
Frente a tanto pretendido ajuste de hechos, debería prevalecer el papel de la Historia, en vez de recurrir al rencor y la aviesa intención de una ucronia de nuevos vencedores. Por ello, la Guerra Civil no debemos olvidarla, por lo mucho que representó –a escala mundial, como último enfrentamiento romántico para algunos, o anuncio de una conflagración de dimensiones universales para muchos—; y con tantas y terribles consecuencias en la vida de una nación que pasó de estar desvertebrada (Ortega dixit) a quedar literalmente destrozada.
El recuerdo de esa secuencia de desdichas, ha de hacernos pensar en evitar las disgregaciones de quienes siguen renegando de la idea de España –a la que inevitablemente pertenecen— y pretenden erigir contra ella dos o tres republiquitas peninsulares; al socaire de nacionalismos violentos unos, y menos violentos otros en la forma, pero no muy distintos en el fondo.
Las nuevas generaciones tienen derecho a que los posos de aquellas miserias de fuego y muerte de una guerra que terminó ahora hace 72 años, garanticen la cordura y la concordia entre todos los españoles de hoy.
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