Un sueño narrativo: el futuro de China

Los lectores de republica.es se habrán percatado ya, casi podríamos decir que ad nauseam, de que el autor de esta columna tiene lo que algunos considerarán una especie de fijación por China. Y tienen bastante razón desde su óptica, aunque personalmente no creo que sea el caso, porque aspiro a ocuparme de otros temas en mis escritos.

En cualquier caso, puede decirse que para los economistas del entero mundo, lo de China es abrumador. Precisamente, y para que no digan que exageramos, quienes estén interesados en apreciarlo, que lean el artículo del semanario The Economist que hoy mismo está en los kioscos. Allí se perfila una especie de indicador sintético, llegándose a la conclusión de que China es el centro mundial de los principales impulsos económicos, y que sin la República Popular el mundo sería un escenario bien distinto.

Todo lo anterior viene a colación sobre el artículo que hoy he preparado para los lectores de republica.es, como broche final de lo que he expuesto sobre China en este ciberperiódico desde finales del verano. Se trata de contestar a la pregunta: ¿cuál es el futuro de China?

Esa cuestión es la que me planteé al final de viaje que en agosto último hice al coloso asiático, y del que ya he dado alguna referencia en anteriores comunicaciones. Se trata, pues, de una pieza final del tema que nos ocupa, que se me configuró en el avión de retorno desde Pekín a Madrid.

Después de una cena aceptable, intenté dormir, pero cuando cerraba los ojos, el sueño no me llegaba, por algunas inquietudes no detectadas. Pero luego, en un duermevela me planteé una de las que llamamos pregunta del millón:

- ¿Cuál es el futuro de China?

Traté de darme una respuesta a mí mismo, y ya definitivamente atrás la vigilia, la contestación me surgió de la manera más natural. En la forma que una vez un psiquiatra amigo mío, el Dr. Antonio Colodrón, me explicó como sueño narrativo: el que se produce cuando escuchamos como una voz en off, que no controlamos, pero que no cesa de hablarnos desde dentro de nuestra mente, y que nos va explicando qué sucede y hasta qué podría acaecer. Más o menos recuerdo, lo que me dijo esa voz:

- El futuro de China va inserto en el de la humanidad. No cabe pensar en una evolución independiente y desbordante contra las grandes tendencias de la globalización. En gran medida, porque esa misma globalización, que suprimió la mayor parte de las barreras que antes existían al comercio mundial, ha sido el origen de la nueva China; cuyo crecimiento solo ha resultado posible por la libertad de los intercambios…

- Naturalmente —siguió la voz, se me crea o no—, eso no significa que no vaya a haber tensiones en el reajuste del ranking de las potencias mundiales. EE.UU. no va a aceptar tan fácilmente la superioridad de China, desde su visión geopolítica y geoestratégica de intencional hegemonismo perpetuo.

Así las cosas, en un pasaje onírico ya no recuerdo tan nítidamente, la voz me habló de que China estaba ampliando su potencia militar:

- Pero eso no significará –vino a decir— que en Pekín estén preparándose para la guerra. Y no por el hecho de que oficialmente hayan renunciado a ella con su doctrina de la Armonía Universal, que tanto tiene de confuciana. Simplemente, sucede que hay un inevitable paralelismo entre poder y sistemas militares; que tiene mucho que ver con el impulso de las nuevas tecnologías; cuya punta de lanza —y nunca mejor dicho—, hay que ver en las industrias denominadas de defensa; en las cuales el I+D carece de obstáculos de financiación.

- Descartar la guerra entre las dos grandes potencias mundiales, EE.UU. y China, resulta sumamente lógico —aseguró la voz en off—: esos dos países, viven en absoluta simbiosis económica, y así continuará siendo por un tiempo indefinido. Porque si bien el poderío económico de China no conoce de limitaciones a plazo medio, las capacidades científicas y tecnológicas de EE.UU. se nos figuran ampliamente perdurables.

- Sigue, sigue, trataré de recordarlo todo cuando despierte— comenté yo desde dentro de mi cerebro.

- Pocas veces dos superpoderes —siguió la voz, resonando en mi mente— se han complementado en el más alto grado. A diferencia de lo que fue la relación EE.UU./URSS, sin apenas intercambios económicos entre los dos gigantes de entonces. Lo que ahora se ve es un G-2 chino-gringo, frente al declive cada vez mayor del G-8; y como pieza esencial interna del propio G-20, o de cualquier otra manifestación de estructura mundial que pueda venir.

- ¿Estás seguro de todo eso pregunté otra vez?

- Podrá haber tensiones entre EE.UU. y China, pero más seguro aún es que está condenados a entenderse. Y dentro de esa compenetración, China será cada vez más poderosa y más influyente en una paz mundial que ni Washington ni Pekín querrán romper…

Algunos pensarán que la idea de ese sueño narrativo es una figura literaria para que el autor diga lo que piensa sin más planteamientos oníricos. Pero puedo asegurarles que no sucede de ese modo, que realmente tuve ese episodio a bordo del avión, y que tal como lo percibí lo he reproducido aquí.

Desperté de mi sueño narrativo cuando el avión ya estaba tomando tierra. Miré por la ventanilla y aún era de noche en Madrid. Luego, cuando desde Barajas viajamos hacia el centro de la Villa del oso y el madroño, tuve la sensación de vivir en una pequeña ciudad. Y al llegar al espacio urbano, vi lo mejor de él: las grandes arboledas que nos dan oxígeno a casi cuatro millones de madrileños.

Muchos saludos a todos y hasta la próxima semana. Y como siempre a disposición de los lectores de republica.es en bego@castellanacien.e.telefonica.net.

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