Otra vez sobre anomalías en los informes del cambio climático del IPCC

A lo largo de las últimas cuatro semanas, en una especie de remanso veraniego, hemos estado ocupándonos en Republica.es, de cuestiones relacionadas con el actual estado de cosas sobre calentamiento global y cambio climático. Y un poco como broche de esas cuatro entregas, hoy comentaremos las últimas críticas hechas al “Panel Intergubernamental sobre Cambio Climático” (IPCC); que no son nada nuevo, aunque ahora procedan de la solicitud del Secretario General de las Naciones Unidas Sr. Ban Ki-moon.

El resultado de esa consulta de la ONU ha sido básicamente favorable al IPCC, como ha subrayado su Director Rajendra Pachauri; a quien se ha invitado en numerosas ocasiones a que deje de servir en el citado organismo por las críticas que ha recibido. A lo cual Pachauri se opone, en la idea de que aceptar una renuncia como la que se le plantea, equivaldría a una fuerte pérdida de prestigio de la entidad que dirige.

El problema no es nada nuevo, ya lo hemos dicho, y en lo que queda de este artículo, veremos que las críticas más virulentas al IPCC llegaron el mismo día de iniciarse la Conferencia de Copenhague de diciembre de 2009. A causa de los mensajes cruzados entre varios profesores de la East Anglia University por correo electrónico, que chatearon coloquialmente sobre datos y problemas del calentamiento global; expresando dudas sobre la acuracidad de sus propias informaciones, y señalándose, además, que en algún caso podrían haber sido forzadas para apoyar determinadas tesis. Referencias más bien frívolas, que algunos quisieron potenciar, para poner en duda total, los informes del IPCC.

Esas ocasión (denominada Climagate, por analogía con viejas historias del Presidente Nixon), la aprovechó al máximo James Sensenbrenner, representante republicano en el Congreso de EE.UU. (del quinto distrito de Wisconsin); quien con otros correligionarios viajó a Copenhague para llevar un mensa¬je a modo de sentencia lapidaria más que infundada: “La ley de reducción de emisiones que el presidente Barack Obama envió al Congreso está muerta”. Y con cierto confusionismo intencionado, el propio Sensenbrenner fue aún más lejos: “Hay científicos -dijo— que intentan callar hallazgos contrarios a sus hipótesis, y eso es fascismo científico. Y por eso mismo debemos tener una investigación independiente sobre el Climagate.

Lejos de ruborizarse por las críticas recibidas, el Director del IPCC, aseguró que no tenía nada de qué disculparse, ya que el incidente no afectaba, a su entender, a la verdad fundamental de que la actividad humana estaba haciendo aumentar las temperaturas. En esa dirección, el Panel ya empezó a trabajar en 2009 en su próximo informe (el Quinto) sobre el clima; sobre el cual Pachauri aclaró que se insistirá más en los autores y revisores de los textos, para asegurar la fiabilidad de todas las fuentes.

El Director del IPCC rebatió asimismo las acusaciones periodísticas de que esta¬ba viviendo a lo grande y que se vestía con trajes de 1.000 dólares: “Todo eso es ridículo, una sarta de mentiras…, tengo un sastre que me confecciona todos los trajes por 2.200 rupias (menos de 35 eu¬ros)”.

Lógicamente, como parte final del pretendido Climagate hay que hacer referencia a las dos investigaciones que luego se produjeron sobre el tema, antes de la realizada por la ONU y que nos ha servido de percha para este artículo. En ese sentido, Phil Jones, el climatólogo de la East Anglia University, acusado de montar pruebas falsas para avalar el calentamiento global con algunos correos electrónicos, fue exonerado por la Comisión Investigadora ad hoc del Parlamento británico. Su reputación quedó reparada: si bien Jones usó palabras como truco y esconder el descenso, y por ello fue acusado de querer ocultar datos que contradecían el calentamiento, se aclaró que ambas expresiones son coloquiales, y habituales en el procedimiento científico, lo que no permitía acusaciones de deshonestidad.

En otro informe, éste de la propia Universidad de East Anglia y dirigido por Lord John Oxburgh, un acreditado geofísico, se contó con la colaboración de seis científicos de tres diferentes países. Para analizar dos aspectos del tema: la interpretación de la evolución de los anillos de los árboles según el clima, por comparación con otros estudios de temperatura a escala mundial. Así, tras analizar los estudios publicados por la CRU (Gímate Resarch Unit de la Universidad de East Angiia) durante más de 20 años, se concluyó que con esa interpretación de los anillos de los árboles, los científicos “no incurrieron en usos inapropiados, aunque los métodos utilizados puede que no fueran los más correctos”. El Comité Oxburgh fue terminante:

El trabajo se ha llevado con integridad y las acusaciones de distorsión deliberada no son válidas. Los científicos de la CRU fueron capaces de dar respuestas convincentes a nuestras preguntas detalladas sobre la elección de datos, su manejo y la metodología estadística. Los pecados de la CRU son más por omisión que por comisión.

Y nada más por hoy queridos lectores de República.es. Salvo informarles que en la segunda mitad del pasado mes de agosto, realicé un viaje a China, del que les iré dando buena cuenta. Saludos muy cordiales a todos.

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