La controversia sobre la crísis y el síndrome de 1937

II. NEOLIBERALES CORTADORES Y ALGUNAS SÍNTESIS

En la anterior entrega de este artículo sobre lo que viene llamándose el síndrome de 1937, me referí a dos autores claramente keynesianos en sus propuestas, Jeffrey Sachs y David Pilling. En tanto que en esta segunda parte del mismo trabajo, aparecerán en escena otros actores, algunos de corte más bien neoliberal, para apreciar la posibilidad final de una síntesis.

Empezamos pues con Niall Ferguson, un destacado columnista del Financial Times, que en su antikeynesianismo no vacila en atacar con toda dureza a los actuales seguidores del maestro de Cambridge y de la Teoría General. Y sobre todo, a Paul Krugman –a quien Ferguson cita casi despectivamente mencionándolo meramente por su calidad de columnista del New York Times—, y a quienes espeta que no han aprendido nada en dos décadas de investigación sobre realidades económicas.

Invectiva que va seguida de la propuesta de que, en vez de continuarse acumulando deuda pública para financiar estímulos de consecuencias más bien efímeras, lo que realmente hace falta es cambiar el régimen de política económica (policy regime). Para lo cual, Ferguson preconiza la misma línea planteada por el Prof. Thomas J. Sargent treinta años atrás; quien, trabajando con Neil Wallace, formuló la teoría de las expectativas racionales, en busca de la estabilidad en las cuentas públicas y la fortaleza del sistema financiero, para mantener esas instancias dentro de unos ciertos equilibrios, y evitar así los déficit y el endeudamiento. Lo cual implicaba un ataque a la crisis dando facilidades al sector privado, algo que en la década de 1980 instrumentaron la Sra. Thatcher en el Reino Unido y Ronald Reagan en EE.UU.

En otras palabras, para Ferguson no hay problema a la hora de elegir entre estímulos y austeridad. Simplemente, dice, “ha de escogerse entre las políticas que permiten prosperar al sector privado o que lo erosionan de continuo”. En fin de cuentas, se alinea entre los antikeynesianos más furibundos, como lo son también muchos discípulos de Milton Friedman, y de manera muy señalada Martin Feldstein.

En posición más de síntesis mediadora, hay que citar a Martin Wolf, el más conocido de los columnistas del Financial Times, quien hace una clara dicotomía entre quienes en la hora presente aspiran a cortar el déficit con toda rapidez (cutters), y aquellos otros que prefieren posponer tales medidas, manteniendo para ello los estímulos (postponers).

Identificados así los dos bandos del combate dialéctico, Wolf se manifiesta de manera relativamente optimista, en la idea de que las economías en EE.UU. y la UE, están recuperándose con más fuerza de la inicialmente esperada; una expectativa que cambia casi cada día o cada hora, en función de los datos que van recibiéndose, que a la altura de principios de agosto, son más proclives a atenuar el crecimiento que no a expandirlo. Sobre todo porque el consumo en EE.UU. no acaba de lanzarse, lo que repercutiría en China en un freno a la producción y a sus exportaciones.

Wolf subraya al mismo tiempo que las medidas de apoyo introducidas para impulsar la actividad económica, no han sido tan extraordinarias; y que los propósitos de superación del desequilibrio fiscal a base de recortes, no es tan radical. Más específicamente, según una media calculada para toda la OCDE, durante los años 2010 y 2011, lo que se persigue es un bajar el déficit medio de los presupuestos del 6,4 al 5,8 por 100 (en términos de PIB), en los Estados miembros de la citada organización.

Al final, Wolf se moja en la controversia, pero lo hace suavemente, con las más sesudas palabras: “Mi mayor simpatía es hacia los postponers, pero el debate tiene que seguir. Porque realmente, no sabemos quién tiene la razón, y si quienes instrumentan la política económica se equivocan, los efectos serían desastrosos. Por ello mismo, como hacen los buenos médicos, deberíamos prepararnos para responder suavemente a las reacciones adversas que puedan manifestarse en el paciente, a lo largo del tratamiento terapéutico que estemos aplicándole”. Sabiduría, pero también cortoplacismo.

Como última referencia bibliográfica antes de entrar en el análisis y la discusión que hicimos en la cena de economistas a que me referí en la primera entrega de este artículo, me ocuparé, muy rápidamente, de un trabajo de Lawrence Summers (Larry para los amigos), el jefe de los asesores económicos del presidente Obama, como director que es del Consejo Económico Nacional, de la Casa Blanca.

En ese escrito, en el que Summers apenas entra en el debate, con nulas referencias al contexto internacional, más que nada lo que se propone es explicar qué está haciendo el presidente Obama con sus asesores. Entre los cuales, además del propio Summers, figuran Paul Volcker (ex presidente de la Reserva Federal) y Timothy Geithner (Secretario del Tesoro), personajes principales en el Dramatis Personae de la actual política económica de EE.UU.

A propósito de esos actores, debe destacarse que se desenvuelven en un medio claramente hostil a proseguir con los estímulos; por la aversión del Congreso de Washington DC, y la opinión pública, que no deja de crecer, en contra de nuevos subsidios. Por sus inevitables efectos en la deuda pública y luego, previsiblemente, en alzas de impuestos. Hasta el punto de que un 53 por 100 de los encuestados al respecto, en julio de 2010, entienden que la economía habría reaccionado mejor sin el paquete de apoyos a la recuperación que impulsó el presidente Obama en 2009.

En resumen, Summers, como cualquier hijo de vecino, además de utilizar argumentos pro domo sua, trata de conseguir la cuadratura del círculo de las políticas que recomiendan él y sus citados colegas. Formulando para ello, como explicación básica, una profecía desde la posición obvia de que en caso de equivocarse, para cuando llegue el tiempo invocado, ya se habrán olvidado lo que él dijo: “Veremos claramente en los próximos años que impulsar el crecimiento y reducir los déficit son objetivos complementarios y no incompatibles. Reducir el espectro prospectivo de los déficit, facilitará el crecimiento. Y asegurar un crecimiento adecuado de inmediato, mejorará los déficit a largo plazo”.

Ese tipo de argumentaciones o futuribles encaja con lo que se discutió en el encuentro del G-20 en Toronto en junio de 2010: por un lado EE.UU. defendiendo el mantenimiento de los estímulos, y del otro la UE planteando una visión más ortodoxa, de recorte de los incentivos; en búsqueda de una reducción del déficit y una limitación a las emisiones de deuda.

Con todo, en el fondo del artículo de Summers, se traduce la inquietud que el propio presidente de la Reserva Federal, Ben Bernanke, manifestó el pasado 21 de julio, cuando se refirió a la inusual incertidumbre de la economía norteamericana. En la que no acaba de desencadenarse un crecimiento del empleo y un relanzamiento del consumo como antes decíamos. Diagnóstico que el propio Bernanke ha completado –más vale ponerse la venda antes de que llegue la piedra—, diciendo que la Reserva Federal, de llegar el caso, estaría dispuesta a intervenir de nuevo en favor de una revigorización económica.

Estamos, pues, ante una situación compleja, que ha provocado algún comentario especial por parte de Alan Greenspan, al decir que, después de un comienzo de salida de la crisis muy impresionante en EE.UU., “ahora nos encontramos como si delante tuviéramos una muralla invisible que lo obstruye todo”.

Las posturas que he tratado de reseñar, de diferentes economistas de EE.UU. o de instancias internacionales, sirvieron para nuestra particular controversia entre los comensales patrios que estábamos en la cena de economistas. Pero lo que allí tratamos en amigable contraste de pareceres, dará para otro artículo que verá la luz, previsiblemente, en la próxima semana en republica.es.

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