La controversia sobre la crisis y el síndrome de 1937

I. POSICIONAMIENTOS VARIOS: LOS KEYNESIANOS

Según algunos, la actual crisis económica empezó a mediados del verano de 2007, con el tema de los activos tóxicos en la banca de EE.UU.; y según otros, el pistoletazo de salida se dio realmente el 17 de septiembre de 2008, con la quiebra del banco de negocios Lehman Brothers. En cualquier caso, desde esas fechas está en marcha todo un debate, que va manteniéndose vivo en sus diferentes fases, y que adquiere especial relevancia en la prensa económica anglosajona, y de manera muy notable en el Financial Times.

Sirva lo anterior de preámbulo para situar el hecho de que un grupo de economistas españoles que nos reunimos de vez en cuando “para hablar de nuestras cosas”, lógicamente nos ocupamos de cómo va transitando la crisis, casi trimestre a trimestre. Y en esa línea, el pa-sado 22 de julio, tuvimos una cena, de solaz y controversia, que a grandes rasgos trataré de resumir, no sin antes hacer la observación de que a la altura de julio de 2010, nos encontramos –parafraseando a Keynes, cabría decir que siempre somos criaturas que sufrimos de algún síndrome anterior— en una situación que podría considerarse análoga a la que en EE.UU. se produjo en 1937.

Más concretamente, aquel año sucedió que tras las elecciones presi-denciales de noviembre de 1936, el Presidente Roosevelt cambió la orientación de su primer mandato (1933/1936), durante el cual había desarrollado su célebre New Deal, que consistió en toda una serie de instrumentos: la Public Works Administration, la National Industrial Recovery Act (NIRA), las reformas sindicales, el seguro de desempleo, etc.

Ese New Deal generó fuertes déficit y endeudamiento. Por ello, al entrar en su segundo cuatrienio, 1937/40, Roosevelt acabó escuchando las voces que presionaban en favor de un recorte del desequilibrio presupuestario: retiró una buena parte de los estímulos fiscales y subvenciones con que hasta entonces habían alentado la demanda, lo cual precipitó la caída en una nueva fase recesiva de la actividad económica, con una evolución que generalmente se representa con la letra W.

El clamor inmediato ante ese giro en la política rooseveltiana, fue que los apoyos para la recuperación se retiraban demasiado pronto. Resultando que la salida de la depresión se demoró, hasta el propio estallido de la Segunda Guerra Mundial en septiembre de 1939; cuando EE.UU. se convirtió, en pocos meses, en el arsenal de las democracias. Con una espectacular recuperación a partir de diciembre de 1941 –ya en el tercer mandato de Roosevelt, tras las eleccio-nes de noviembre de 1940—, a causa de la entrada en guerra de EE.UU., como consecuencia del ataque japonés a Pearl Harbour en diciembre de 1941.

Con ese síndrome 1937 sobrevolándonos ahora, y para abrir la discusión en nuestro círculo de economistas, la tarde del 22.VII.2010 la dediqué a repasar algunos artículos sobre el cariz que va tomando la crisis; y para ello empecé por un trabajo de Jeffrey Sachs, Director del Instituto de la Tierra en la Universidad de Columbia, y muy conocido consultor económico. Labor esta última en la que destacó al proponer una estrategia en 1991 (Los 500 días), para desde la planificación central pasar a un sistema de economía mixta en la Federación Rusa, una vez desmantelada la URSS.

La lectura del artículo de Jeffrey Sachs a que ahora me refiero, me resultó sorprendente por su contundencia, desde una actitud muy crítica contra el cortoplacismo que hoy caracteriza la política económica occidental. Al mismo tiempo, en ese escrito se trasluce la fascinación por la respuesta de China a la crisis; en contraste con lo que implícitamente cabe visionar como una cierta decadencia económica de EE.UU.

Para superar esa situación, Sachs plantea cinco objetivos con fuerte inversión pública: fomento de las energías limpias frente a la petroadicción estadounidense; renovación de infraestructuras ob-soletas; mayor gasto en educación para mejorar las capacidades profesionales de los trabajadores; expansión de infraestructuras en África, donde la República Popular China se muestra máximamente activa. Y finalmente, un plan fiscal para ir disminuyendo el déficit, pero a lo largo de por lo menos cinco años; al objeto de evitar contracciones demasiado fuertes de los estímulos. Podríamos decir, pues, que Sachs no se pierde en circunloquios y va en directo al cambio estructural a medio y largo plazo.

El segundo artículo que reseñé para nuestro encuentro fue de David Pilling, editor para temas de Asia del Financial Times ; analista también muy influido por la respuesta asiática a la crisis, en la que él percibe una actitud orgullosamente keynesiana. En esa dirección, Pilling cita al Presidente del Banco Central de China, Zhou Xiaochuan, quien al producirse el hundimiento del Lehman Brothers, lo atribuyó “a los excesos de la economía de EE.UU.: falta de ahorro, y sobreconsumo ligado al credit bang”.

Frente a esa situación, y como es bien sabido, el modelo chino presenta un alto nivel de ahorro (40 por 100 del PIB) e importantes reservas internacionales (2,7 billones de dólares). Lo que ha permitido, a través de un conjunto de apoyos (cifrados en 13,5 por 100 del PIB), una portentosa recuperación del gran país asiático; que no sólo no vaciló en instrumentar estímulos para infraestructuras de todas clases, sino que además indujo una fuerte expansión de la demanda interna a través del crédito bancario a empresas y familias.

En definitiva, concluye Pilling, la realidad asiática oriental, salvo Japón, no tiene ahora su problema en cómo salir de la crisis, sino que más bien se plantea cómo frenar la economía con el propósito de evitar su recalentamiento. Para lo cual están elevándose los tipos de interés, se administra el crédito con mayor prudencia, y se toman medidas específicas para evitar una burbuja inmobiliaria de lo más inoportuna.

Los dos primeros artículos seleccionados para nuestro círculo de economistas tienen, pues, un claro posicionamiento keynesiano, que se compensa, a efectos de polémica, con un trabajo de Niall Ferguson, también editor del Financial Times , que constituye un alegato incendiario contra los keynesianos, y al que nos referiremos en la segunda entrega de este artículo, junto con otras ideas sobre la cuestión que discutimos.

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