El origen de la vida y el futuro

Vivimos más o menos alegres y confiados en nuestra particular Iberrepública, sin prestar demasiada atención a las cuestiones de la Ciencia. Y sobre todo a aquello de Gauguin: “de dónde venimos, qué somos, adónde vamos”. Sin embargo, son temas que a mí siempre me han preocupado, y que ahora estoy trabajando en la medida de mis posibilidades. 

En ese sentido, creo que es fácil la comprensión de que el origen de la vida tiene su fase previa en la alquimia estelar, que se da en esos hornos gigantescos que son las estrellas. Donde se genera la trasmutación de elementos a partir del hidrógeno y el helio primarios, hasta llegar a todas las cuadrículas de la tabla periódica de Mendelejev. 

En ese contexto, el nacimiento del carbono es algo especialmente intrigante, pues de él surgió y evolucionó la vida. Algo que incitó  al siempre inquieto e incisivo astrónomo inglés Fred Hoyle a pronunciar el más famoso y controvertido comentario de su carrera científica: 

Algún intelecto supercalculador debe haber diseñado las propiedades del átomo de carbono, ya que, la posibilidad de que tal suma de partículas se creara por la sola fuerza ciega de la naturaleza, es realmente minúscula… 

Tiempo después, el Premio Nobel de Física Francis Crick, codescubridor con Watson de la estructura en doble hélice del ADN, planteó la misma idea de Hoyle,  de forma no menos cándida y con gran consistencia aparente para los partidarios del diseño inteligente

El origen de la vida hasta el momento es casi un milagro, porque las condiciones que tuvieron que satis­facerse para ponerla en marcha eran demasiadas. 

En busca  de solución para el problema así planteado, el propio Crick (como anteriormente lo había hecho Hoyle), supuso que la solución estaría en la hipótesis de que la vida llegó a la Tierra desde fuera del planeta. Una hipótesis que muchos colegas del laureado físico consideraron descabellada y escan­dalosa. 

Pero no lo es tanto ni lo uno ni lo otro. Por mucho que vaya contra las especulaciones de Darwin y sus discípulos de que los primeros seres vivos aparecieron espontáneamente en un estan­que pequeño y caliente. En contra de esa teoría de mayor proximidad, para Crick, la vida terrestre habría sido sembrada deliberadamente por una raza alienígena avanzada, hace miles de millones de años. Idea que ya planteó Svante Arrhenius, quien, a finales del siglo XIX, sugirió que no todo comenzó en la Tierra, sino que la vida fue inseminada con microorganismos que llegaron a través del espacio exterior vía meteoritos o polvo de cometas. 

Claro es que si fuera cierto todo esa nascencia  en un espacio sideral diferente del nuestro, para luego transportarla  hacia acá por naves alienígenas o de otro modo, la panspermia Arrhenius / Hoyle/ Crick, lo único que hace es posponer la siguiente pregunta: ¿cómo se originó la vida en ese posible planeta distante? 

La cuestión, pues, del origen de la vida, siguen sin ser resuelta. Salvo que estuviera, desde el principio, en el software del ordenador cuántico universal al que se han referido Fredkin, Lloyd y Gardner, junto con Ray Kurzweil. En un contexto de una inteligencia superior capaz de todo. 

Para tener una idea de lo que eso significaría en nuestro caso, tales potestades sólo se alcanzaría con máquinas humanas con un gran número de ops. Debiendo traducirse que ops significa operaciones por segundos, para medir el nivel de inteligencia en términos de computación. En ese sentido, Kurzweil estima que la totalidad del cerebro humano equivale a 106 ops, es decir, un millón de operaciones. Un número asombroso, pero muy por debajo  de las posibilidades de computación de las máquinas humanas, construidas con un diseño biológico inicialmente, potenciado por la incalculable fuerza de la articulación física de la inteligencia artificial. 

Con esa premisa de alcanzar niveles impresionantes de ops, Kurzweil se pregunta: ¿qué haremos cuando nuestra inteligencia —la de las referidas máquinas humanas— esté en el ran­go de 10100 ops?. Una cosa que cabría hacer —es una respuesta con el más absoluto desenfado—, es construir nuevos Uni­versos. Del mismo modo que, según ciertas hipótesis, nuestro Universo pudo ser la creación de superinteligencias de otro anterior y más evolucionado.  

Con semejante tesis, lo que se pretende es que, el Universo en que vivimos es un experimento científico planeado desde otro. En cierto modo lo mismo que en la década de 1970 sugirió Isaac Asimov:  somos un planeta de montaje, promovido desde fuera, merced al formidable progreso de la inteligencia en otro espacio y tiempo del cosmos. De montaje, porque de lo que se trata es observar cómo nos desenvolvemos, cómo vamos creando nuestra propia vida. 

Podría decirse, desde luego, que todo lo anterior es pura especulación. Contra lo cual cabe afirmar que del progreso de la inteligencia y del conocimiento, cabe esperar cualquier cosa. Como en cierta ocasión dijo William Blake: 

Todo lo que hoy vemos,

fue un día imaginación.

Todo lo que hoy imaginamos,

podrá ser realidad un día. 

NOTA BENE. No se extrañen de mis aparentemente extrañas inquietudes. Hace unos 30 años, en un viaje que hicimos juntos por la Costa Brava, Salvador Paniker y yo hablamos continuamente de estos temas. Un día, Salvador me dijo: “Ramón ¿no crees que somos terminales de un superordenador que lo rige todo?”. Mi contestación fue: “Salvador, creo que esa es la posibilidad más verosímil”. Así pues, Paniker y yo, podríamos haber optado algún día al Premio Nobel de Fisica (aún no existe el de Teleología). Lástima que esas reflexiones costabravianas y sus apoyos colaterales no los publicáramos en alguna revista como Science, Nature, Scientific American, o similar.

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