Evocación de nuestra última República

Muchas veces se ha dicho que la Segunda República Española la trajeron los monárquicos y que, después, la perdieron los republicanos. Aparte del carácter que puedan tener las sentencias con pretensiones lapidarias, esa frase contiene una buena dosis de verdad. Efectivamente, los monárquicos, al aceptar la Dictadura de Primo de Rivera, al margen de la Constitución de 1876, firmaron, con vencimiento a plazo más o menos largo pero cierto, el acta de defunción de la propia Monarquía. Y más adelante veremos que por sus graves vacilaciones y errores, los republicanos históricos no supieron consolidar la democracia iniciada el 14 de abril de 1931.

Del Pacto de San Sebastián del verano de 1930, surgió el programa que serviría de guión para las actuaciones del ulterior gobierno provisional; siendo en la propia capital vascongada donde se constituyeron el comité revolucionario y su comité militar, a los que se encomendó dar el golpe final a una Monarquía moribunda. Que con insistencia pregonaba la vuelta a la legalidad constitucional, pero muy renuente a cumplir su promesa, intuyendo el grave peligro que entrañaba semejante operación.

La sublevación militar de Jaca (12-13 de diciembre de 1930), conducida por los capitanes Galán y García Hernández, fue el único movimiento de la vasta conspiración republicana, aplazada primero y frustrada después. Pero, no obstante su fracaso, fue el resorte que desencadenó el mecanismo definitivo del cambio de régimen: con el juicio sumarísimo y la ejecución de los dos jóvenes dirigentes de la insurrección, surgieron los máximos héroes al movimiento republicano.

Ante la situación así creada, que fue agravándose en todos los aspectos, el gabinete que ya en 1931 presidía el Almirante Juan Bautista Aznar, sucesor de la dictablanda del General Dámaso Berenguer, decidió poner en marcha un plan de retorno a la constitucionalidad; mediante un proceso electoral de tres etapas: elecciones municipales, provinciales, y a Cortes Generales (Congreso y Senado).

Convocadas las elecciones municipales para el 12 de abril de 1931, pretendidamente como un episodio de trámite con no demasiadas expectativas para los republicanos, el escrutinio dejó ver que se había celebrado un verdadero plebiscito contra el rey. Teóricamente, las elecciones fueron ganadas por la Monarquía y así lo subrayaba el diario ABC en la mañana del mismo 14 de abril; de las urnas salieron 41.224 concejales monárquicos frente a 39.248 republicanos. Pero la realidad sociológica era muy otra, ya que de hecho había plena conciencia de que excepto en las capitales de provincia, todo el país era un “inmenso burgo podrido”, donde los caciques –casi todos ellos monárquicos— imponían su voto con suma facilidad. Así, resultó que en las capitales salieron elegidos 953 concejales republicanos frente a 602 monárquicos; y de las 50 ciudades capitalinas, los partidos adictos a la Corona sólo consiguieron mayoría en nueve, todas ellas de menor importancia demográfica: Soria, Pamplona, Lugo, Gerona, Cádiz, Burgos, Palma de Mallorca, Ávila y Vitoria.

El rey pudo haber intentado mantenerse en su puesto y pasar a la segunda fase del proceso electoral previsto. ¿Pero cómo hacerlo? La presión popular se hizo incontenible tan pronto como empezaron a conocerse los resultados electorales. En la mañana del 14 de abril, para ser más precisos a las seis de la madrugada, los concejales electos de Eibar, reunidos en su casa consistorial, proclamaron la República. La noticia se extendió velozmente por toda España, a través del sistema de telégrafos, cuyos funcionarios eran en su mayoría socialistas. Romanones, al enterarse del episodio, aparentemente pintoresco, se puso en contacto con el rey, y ante el temor de graves desórdenes públicos, entró de inmediato en conversaciones con Alcalá Zamora, como presidente del comité revolucionario republicano.

A las dos y cinco de la tarde del día 14 de abril de 1931, terminaba la histórica entrevista –en casa del Dr. Gregorio Marañón— en la que Romanones, en nombre del propio rey y tras la viva exposición que del momento hizo Alcalá Zamora, aceptó la salida de España del monarca. Pocas horas antes, a las once de la mañana, el general Sanjurjo, director de la Guardia Civil, había visitado a Miguel Maura –Ministro de la Gobernación in pectore— para ponerse a las órdenes de los promotores de la República.

En la tarde del 14 de abril se celebró el último consejo de ministros de la Monarquía en el Palacio de Oriente. Sólo De la Cierva, ministro de Fomento, defendió que Alfonso XIII no debía abandonar el poder; proposición que resultó inútil, de modo que a las 9.15 de la noche, saliendo del Jardín del Moro, el rey emprendió viaje  en automóvil a Cartagena, para desde allí embarcar rumbo a Marsella.

Minutos antes de esa huída real, y encabezados por el arrojo personal de Miguel Maura –“Paso al Gobierno de la República”— el comité revolucionario había llegado al Palacio de la Gobernación, en la Puerta del Sol de Madrid (hoy Real Casa de Correos, sede de la Presidencia de la Comunidad). Allí, a las 9 de la noche, Alcalá Zamora, desde el despacho del Ministro de la Gobernación, proclamaba la República a todo el país a través de la radio. Y lo mismo sucedía desde el balcón principal que daba a una Puerta del Sol que nunca antes y nunca después estuvo tan llena de gente, muchos sobre los techos de los tranvías y automóviles.

De ese modo, el nuevo régimen quedó instaurado sin derramamiento de sangre, y al día siguiente la Gaceta de Madrid daba a la luz la composición del Gobierno Provisional de la República Española.

Una nueva era parecía abrirse en la historia de España, un viejo país anhelante de cambios profundos. Pero lo que sucedió realmente fue una etapa de vida atormentada que, por las irresponsabilidades de unos y de otros, terminaría en fraticida guerra civil cinco años después.

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