Una bofetada de la ultraderecha a los derechos de las mujeres

aborto mujeres EEUU

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A partir de hoy los derechos de ciudadanía de las mujeres norteamericanas no incluye el derecho a decidir libremente sobre su maternidad. Esto es lo que ha decidido el Tribunal Supremo de los Estados Unidos de América cuando dice que su Constitución no ampara el derecho al aborto.

Las corrientes políticas y sociales ultraconservadoras celebrarán la decisión como una victoria en lo que intentan hacer parecer una posición de defensa de la vida, pero que sólo se manifiesta disputando la titularidad del embarazo a las mujeres, o ¿han visto a alguno de los representantes de estos grupos manifestándose contras las armas que acaban por miles con la vida de estadounidenses nacidos y crecidos cada año? No, ahí sí les ampara la constitución.

Desde el feminismo siempre hemos sabido que el objetivo era este; evitar que las mujeres puedan decidir sobre sus cuerpos, su sexualidad y su maternidad. Lo sabemos porque hemos constatado e incluso documentado que las prohibiciones del aborto no protegen más la vida ni de las mujeres ni de los no nacidos, al contrario. No contar con servicios de atención a la salud sexual y reproductiva, incluyendo el acceso a la anticoncepción y el aborto legal, seguro y accesible sólo incrementa las cifras de la mortalidad materno infantil a través de abortos inseguros. Pero como nos han dicho en repetidas ocasiones los líderes del movimiento mal autodenominado próvida, eso les da igual.

Así que no, esto no va de niños no nacidos, ni de genocidios imaginarios, va de control de la capacidad reproductiva de las mujeres, de sumisión, eliminación de derechos y de volver al modelo de sociedad tradicional que coloca a las mujeres en una ciudadanía de segunda división. Como ha dicho Nancy Pelosi, es una sonora bofetada a todas las mujeres norteamericanas, que afectará especialmente a las más jóvenes, que tendrán menos autonomía y menos derechos que sus madres y abuelas. Según Trump, la bofetada es de parte de Dios, y bien lo debe saber él que dejó bien atada una mayoría ultraconservadora y duradera en el alto Tribunal para culminar de este divino encargo.

Si mujeres como Ruth Bader Ginsburg y otras miles como ella, nos hicieron pensar que los avances sociales y políticos de las mujeres se habían integrado en las democracias occidentales como seña de identidad, lo que ha ocurrido hoy en Estados Unidos nos muestran claramente que no faltan representantes de una ultraderecha populista, ignorante, demagoga, egoísta y machista, capaz de todo para imponer un modelo de sociedad en el que sobran los derechos de las mujeres. Sociedades que controlan la vida y el cuerpo de las mujeres donde sólo caben las que viven como dios y el patriarcado mandan. Y más nos vale tomar nota en la vieja Europa donde, por cierto, el aborto, no forman parte del cuerpo constitucional de los estados ni se incluye en la normativa básica europea, a pesar de las reivindicaciones del movimiento feminista.

Aquí también tenemos personajes con un ego del tamaño de la Vía Láctea, capaces de librar esa guerra cultural que aboga por el papel complementario de las mujeres (¿complementario de qué o quién?) dentro de la convivencia democrática, y eso pasa por no admitir que tenemos derechos propios y capacidades legales suficientes para administrar nuestra vida. Es decir, todo lo que nos aleja de una democracia y una civilización feminista tal y como la define Amelia Valcárcel y que no es otra cosa que el reconocimiento explícito de que las mujeres somos ciudadanas. Aquí en Europa tenemos Estados donde el aborto no es legal, como Polonia o Malta, o reparos al reconocimiento de la violencia contra las mujeres que se han manifestado con el rechazo a la ratificación del convenio de Estambul.

La democracia del siglo XXI o es feminista o no es. Y créanme que esto no es un eslogan, es la única oportunidad de futuro que tiene un modelo de convivencia social que creíamos consolidado, para evitar que dos siglos y pico de construcción democrática se vayan por el sumidero del neoliberalismo y una ultraderecha perfectamente equipada ideológicamente para imponer su propio modelo, donde la igualdad, en cualquiera de sus formas, pero especialmente la que reconoce los derechos de las mujeres, no tiene cabida, aunque pare ello tengan que arrasar las propias instituciones democráticas, que es lo que más miedo da.

No tengo ninguna duda sobre que las mujeres feministas norteamericanas volverán a luchar por los mismos derechos que ya consiguieron medio siglo atrás, y que volverán a dar una lección al mundo entero. Fuerza y valor compañeras.

(*) Marisa Soleto es Directora de la Fundación Mujeres

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