¿Qué necesidad tenía, profesor Draghi?

Mario Draghi firma su renuncia tras reunirse con Sergio Mattarella

EFEMario Draghi firma su renuncia tras reunirse con Sergio Mattarella

Hay una frase muy italiana que seguro que ronda la cabeza de Mario Draghi desde hace semanas: ma chi te lo fa fare? No es fácil traducirla al español. Es como decir "qué necesidad tenías / para qué te metes / vas a salir escaldado" todo junto.

Un economista con un curriculum como el del primer ministro italiano no tenía, en efecto, ninguna necesidad de aceptar el cargo, cuando hace año y medio lo llamó el presidente de la República para pedirle que intentara lo imposible. O casi.

Él, que en realidad parecía llamado a suceder al mismo Sergio Mattarella; él, el salvador del euro, aceptó el reto de salvar también al país en plena crisis política (una más). Él, el expresidente del Banco Central Europeo, logró formar un nuevo Gobierno de unidad nacional, en el que estaban representados casi todos los partidos políticos, de izquierda, derecha e indefinidos (primera hazaña).

"Whatever it takes", frase célebre del aludido al hilo del salvamento de la moneda única europea. "Cueste lo que cueste", se repitió al tomar las riendas del Gobierno.

Entonces era todo ilusión, convicción y ganas de trabajar, que es lo suyo: decidir y ejecutar. Determinado. Pragmático. Directo. Sin entrar en debates estériles y mucho menos liarse a discutir por matices que responden a intereses electorales de algunos partidos políticos. Él es un técnico y, aunque como ha dicho tiene su corazoncito, razona como tal: Italia lo necesita y hay que hacerlo.

Se puso manos a la obra por el bien del país. Durante un año y medio al frente del Consejo de Ministros, logró desbloquear reformas y poner en marcha nuevas medidas (segunda hazaña), que han beneficiado a los italianos.

No es casual que una de sus primeras decisiones fuera renunciar a su sueldo. No es casual la movilización social jamás vista antes para pedir a un primer ministro que se quede, que no dimita. No es casual que en el momento de la crisis, haya sido el centro izquierda quien lo haya apoyado sin fisuras, a pesar de que su perfil liberal haría esperar esa actitud desde la derecha. Nada es casual.

Tampoco lo es que Mattarella haya intentado in extremis que no diera por terminada su etapa política. Visto lo visto, aquel rechazo a su dimisión el pasado 14 de julio, hoy se antoja casi cruel. Si no fuera por los agradecimientos públicos y los aplausos de una gran parte de los disputados en su despedida, lo ocurrido el miércoles pasado en el Senado podría ser considerado humillante. Escenificación del consuetudinario canibalismo parlamentario italiano.

Por la mañana, y después de cinco días de presiones, Draghi decidió volver a intentar la hazaña, se mostró dispuesto a terminar la Legislatura, presentó todo un programa de Gobierno y se puso en manos de los senadores. Solo mencionó una condición: que se pusieran de nuevo de acuerdo todas las fuerzas políticas para renovar el pacto de Gobierno de unidad.

¿Estáis listos para hacerlo?, les preguntó cuando todo pintaba bien, cuando el clima de optimismo inundaba el Senado, cuando esperaba que el sentido de responsabilidad fuera más fuerte que los cálculos electorales. ¿Ingenuo? No, solo convencido de que era lo que necesitaba Italia.

Después de comer, todo se tiñó de negro. Las intervenciones de algunos diputados del grupo mixto que lo acusaban de creerse con plenos poderes para saltarse la soberanía del Parlamento. Las decisiones de Silvio Bersluconi (Forza Italia) y Matteo Salvini (Liga Norte) de presentar una resolución para exigir la “profunda renovación” del Gobierno sin el Movimiento 5 Estrellas. Las protestas de este mismo partido porque Draghi no había respondido a sus demandas…

Las pataletas terminaron con la paciencia del profesor Draghi, como lo llaman oficialmente en Italia. Compareció visiblemente enfadado y no esperó ni al final de la votación porque la sentencia era evidente. En el Senado, como Julio César. "También tú, Brutus, hijo mío". Volvió a casa con varios puñales en la espalda. Y al día siguiente, dimitió.

Chi te lo fa fare, profesor Draghi?

Hay quien ya sugiere la posibilidad de crear un partido político con él como cabeza de lista, pero la idea suena utópica. Mario Draghi nunca ha querido ponerse el traje de político, nunca ha aplicado la lógica del candidato. El único reproche que le han hecho durante su mandato es su reticencia a comparecer ante los periodistas, de explicar a los ciudadanos lo que estaba haciendo y por qué.

Suenan también hipótesis sobre un futuro en la OTAN o en otra organización internacional. Siempre fuera de Italia.

De momento, Mattarella le ha pedido que permanezca en el cargo junto al resto de los ministros hasta la celebración de las elecciones. Aceptó inmediatamente (el bien del país, ya saben), con todo, agradeció la confianza depositada en él y ,ya dimisionario, convocó el Consejo de Ministros para permitir la entrada en vigor del decreto de ayudas de familias y empresas, aquel que se votó en el Senado y fue el inicio de esta crisis. Y el próximo lunes, enviará al Parlamento el decreto de la competencia.

"Ya habrá tiempo para las despedidas", dijo a sus ministros, "mientras sigamos aquí hay que trabajar para dar una respuesta a la emergencia por la pandemia, la guerra en ucrania y la inflación".

Así es él. Si está, se nota. Y se notará cuando no esté. Que nadie lo interprete como una petición de beatificación de Supermario. No es un santo, es obvio, pero es justo reconocerle el mérito.

De hecho, el drama no es que Italia no termine la legislatura y anticipe las elecciones seis meses antes de lo previsto. El drama no es que la política italiana viva una nueva crisis. El drama será encontrar un líder político que esté a la altura de Mario Draghi para sustituirlo. En Italia y en Europa.

El esperpento ofrecido por los partidos políticos italianos estos días no invita al optimismo.

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