Hay que penalizar el acoso callejero

Recuerden los gritos de “qué te vayas”, y los comentarios de “qué mal rollo” del grupo de mujeres jóvenes jerezanas acosadas cuando dentro de unos días se apruebe la Ley de garantía de la libertad sexual en el Congreso

acoso menores jerez

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Da igual dónde, a qué hora, en qué situación, por qué calle se transite o qué medio de transporte se utilice. La totalidad de las mujeres jóvenes se ven sometidas de forma habitual y desde muy muy pronto, (los 12 años, según algunas organizaciones sociales), a abordajes de claro contenido sexual, no solicitados ni deseados, por parte de varones desconocidos, en este caso de cualquier edad, que, por supuesto, las incomodan y, en muchas ocasiones, las hacen sentirse inseguras, cuando no son el preludio de agresiones sexuales en toda regla.

Existe desde el primer momento en que las mujeres han puesto el pie en el espacio público y cada generación de mujeres ha tenido sus propias estrategias para evitarlo y combatirlo. Pero los testimonios de mujeres de cualquier generación tienen elementos comunes a la hora de hablar de acoso callejero; el miedo a ser acosada y la necesidad de adoptar medidas personales para evitarlo, el asco que provoca el asalto y la sensación de culpabilidad que queda tras el episodio en las que casi todas las mujeres nos hemos preguntado ¿Qué he hecho para provocar esta reacción?, ¿pude evitarlo?. Y todo esto lo sabemos porque son muchas, muchísimas las mujeres que lo han contado y compartido a lo largo del tiempo, más desde que existen redes sociales. Consulten etiquetas como #Metoo o #Cuéntalo, promovida en España por Cristina Fallarás.

Trabajar en un ámbito especializado tiene el problema de que, a veces, se da por sabido y compartido un conocimiento y una realidad que está aún lejos de ser evidente para el conjunto de las personas. A mí me pasa. Por eso, cuando se viraliza algo como lo ocurrido en la Feria de Jerez, donde un grupo de adolescentes han sido evidentemente acosadas por un par de vergonzosos sujetos y en las redes sociales se comparten las imágenes con grandilocuentes declaraciones de condena, mi primera reacción es: ¿Qué pensaban?, ¿de qué se sorprenden?, esto sucede varios cientos de veces al día probablemente sólo en su ciudad. ¿Nos escandalizamos y tratamos de monstruos a estos dos chulazos jerezanos o vamos a hacer algo más?

Es imposible que ninguna persona viva en el planeta Tierra, ignore que existen un número significativo de sujetos de sexo masculino que considera un signo de autoafirmación de identidad, lanzar requerimientos sexuales no deseados en las circunstancias descritas e incorpora este comportamiento a su vida cotidiana y forma de “divertirse”. Si alguien lo ignora es que no habla con mujeres, de ninguna generación. Eso o dispone de unas anteojeras propias de la más grande guarnición de caballería para ir por la calle. El movimiento Me Too, ha dado voz a las mujeres que dicen que no, que esto no es ni gracioso, ni lisonjero y que forma parte de lo que hemos llamado cultura de la violación, que consiste en esa creencia que tienen determinados hombres sobre la plena autorización al asalto sexual casi en cualquier circunstancia hacia el conjunto de las mujeres. Les pongo un ejemplo.

Hace unos pocos años (ya en este siglo, por contextualizar) una amiga, que había ido a llevar a un centro comercial a un grupo de chicas adolescentes (14 años), me contaba con sorpresa y horror, que caminando detrás de ellas había visto como un señor con edad de optar a la jubilación anticipada las había mirado de esa forma, asquerosa, que no tengo que contaros a ninguna de vosotras, girando su cabeza y todo su cuerpo al paso de las niñas y mascullando vaya usted a saber qué cosa. Cuando el sujeto se volvió y recuperó su camino, se topó de lleno con la mirada de estupor de una madre, que no alcanzó a decir nada más que, ¿pero qué hace?.

El tipo, con claras muestras de bochorno, bajó la cabeza y aceleró el paso. En este caso las niñas no fueron conscientes del incidente, ni la madre adulta se encontró con el prototipo de quienes encima te insultan o te dicen esto de, no es para tanto, es una broma, como sí hemos visto en los especímenes jerezanos, sobre los que sólo espero que, una vez superado el momento, hayan acertado a entremeterse los jarapales y se encuentren lo suficientemente avergonzados para no volverlo a hacer.

Por mucho que intenten justificarlo, ellos lo saben, o deberían tomar conciencia del daño social que provocan estos comportamientos. No es una broma, no es un piropo, es masculinidad depredadora, que reconocen como un abuso y un comportamiento indebido incluso quieres la ejercen. Por eso debe ser un comportamiento que cuente con el rechazo social necesario para conseguir el bochorno de este tipo de sujetos y, para que no quepan dudas, con su definición penal correspondiente. Sí, el acoso callejero, ese comportamiento que condiciona la libertad de las mujeres, especialmente de las jóvenes, en el espacio público debe estar identificado por la ley como un ilícito penal, como ya se ha hecho en otros países, en los que se han establecido multas importantes por estos comportamientos.

Nos quedan muchas generaciones por delante para que las mujeres, especialmente las más jóvenes, no modifiquen las rutas por la calle, no busquen compañía cuando volvamos a casa, o no sientan que tienen la responsabilidad de evitar ser acosadas. Está claro que hemos perdido la oportunidad para nuestras hijas, y da igual la edad de quien esté leyendo esto. A ver si lo conseguimos para nuestras nietas. Pero sólo hay esperanza si el conjunto de la sociedad no toma medidas, más allá de las exageradas reacciones, y no puede ser que la responsabilidad para que este cambio se produzca sea de unas adolescentes a las que se les ocurre grabar y compartir en redes sociales algo que lleva demasiado tiempo sucediéndole a las mujeres, a casi todas, y lo saben.

Sólo un favor, recuerden los gritos de “qué te vayas”, y los comentarios de “qué mal rollo”, del grupo de mujeres jóvenes jerezanas cuando dentro de unos días se apruebe la Ley de garantía de la libertad sexual en el Congreso en la que se penaliza el acoso callejero. Recuerden la cara de estos dos tipos y los mensajes de condena en redes cuando seguramente vuelvan a leer titulares del tipo “A la cárcel por decir un piropo” que seguro alguien hará. Se lo recordaré.

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