Emanuela Orlandi, ¿por qué ahora?

Emanuela Orlandi, ¿por qué ahora?

EFEPiero Orlandi

Emanuela Orlandi tenía 15 años cuando la tarde del 22 de junio de 1983 salió de su clase de música en el conservatorio “Tomasso Ludovico da Vittoria” de la céntrica plaza romana de San Apolinar y nadie volvió a verla. Desapareció sin rastro alguno, igual que días antes, el 7 de mayo, lo había hecho otra adolescente, Mirella Gregori, de 16 años. La madre de esta última contó que ambas estaban en casa – a escasos 100 metros de la nunciatura - cuando Mirella contestó al telefonillo y dijo que bajaba a la calle un momento para hablar con un compañero de clase. No volvió a subir.

Emanuela y Mirella no se conocían. Sus familias, tampoco. El padre de Emanuela, Ercole Orlandi, trabajaba en la Prefectura de la Casa Pontificia, la secretaría particular del Papa – aunque hay quien insiste en que era agente de los servicios secretos vaticanos -, mientras que el de Mirella regentaba un bar en el centro de Roma. Emanuela era ciudadana vaticana; Mirella, italiana. La “relación” entre ambas empezó después de que desaparecieran. La de sus familias, cuando recibieron llamadas que reivindicaban sendos secuestros, señalando por tanto a unos mismos responsables. Sin embargo, la desaparición de Emanuela fue desde el principio la que despertó mayor atención mediática y, por desgracia, en la actualidad es la única que encabeza titulares.

Por una parte, el trabajo de su padre y el hecho de que Juan Pablo II hiciera referencia a ella tras el Ángelus del 3 de julio pidiendo su “liberación”, colocaron su nombre en el foco de la prensa mundial. Además, dos días después, en la sala de prensa de El Vaticano se recibió la llamada de un hombre con marcado acento anglosajón – se le apodó “el americano” - que exigía la liberación de Ali Agca, el terrorista turco perteneciente a “Los lobos grises” que disparó contra Juan Pablo II el 13 de mayo de 1981, a cambio de Emanuela. En llamadas posteriores, el portavoz del citado grupo terrorista volvió a asegurar que se liberaría a Emanuela si se atendía su petición. Para Mirella, al parecer, era demasiado tarde. “El americano” explicó que se la llevaron para iniciar un diálogo “secreto” con el Vaticano y que, ante la falta de respuesta, la mataron. Después la “sustituyeron” por Emanuela con el objetivo de que la negociación tuviera repercusión pública, tanto por su ciudadanía como por el cargo que ostentaba su padre.

Los investigadores, sin embargo, no dieron validez a las llamadas: la negociación reclamada no siguió adelante y las líneas de investigación empezaron a retorcerse de manera impensable.

Una de las hipótesis iniciales apuntaba a que, fracasado el intento de magnicidio contra el Pontífice, se habría utilizado la “suerte” de las chicas para condicionar mediante coacciones la política de Juan Pablo II. El ex magistrado Ilario Martella, encargado en su día de la instrucción del caso Orlandi, sigue convencido de ello: la muerte de las niñas fue fruto de un chantaje al Papa por parte de los servicios secretos del antiguo bloque soviético, en concreto de los búlgaros y de la Stasi. Tampoco faltó la teoría de que ambas fueran víctimas de una red pedófila detrás de la cual se encontrarían altos jerarcas de la Iglesia. El exorcista del Vaticano Gabriel Amorth fue el máximo defensor de esta tesis, que explicó en “sus memorias” publicadas en 2012. Para Amorth, fallecido en 2016 a los 91 años, Emanuela fue víctima de una red de “explotación sexual vinculada a orgías que incluían a la policía del Vaticano y a diplomáticos extranjeros”.

Tratándose de Italia, no podía faltar tampoco una teoría que involucrara de manera directa a una organización mafiosa. En este caso, a la “Banda de la Magliana” y, más en concreto, a su capo de entonces, Enrico de Pedis, alias Renatino, asesinado a tiros en febrero de 1990 en un ajuste de cuentas y enterrado en la basílica de San Apolinar, templo que comparte edificio con el conservatorio donde se vio por última vez a Emanuela. En 2005, una llamada al programa televisivo “Chi l'ha visto?”, equivalente a nuestro “¿Quién sabe dónde?” afirmaba que el cadáver de Emanuela estaba escondido en la tumba del mafioso. Sin embargo, cuando en 2012, por orden de la Fiscalía, se abrió la tumba, allí no había rastro de Emanuela. La pista, en cualquier caso, no se abandonó.

Por el contrario, abrió una importante vía de investigación que no solo implicaba a la citada la organización criminal con sede Roma a la que se atribuyen numerosos delitos, entre ellos el secuestro y asesinato de Aldo Moro, sino también a la Logia masónica P2 y al entonces poderosísimo director del Banco Vaticano, el arzobispo estadounidense Paul C. Marcinkus. Según esta hipótesis, Emanuela habría sido secuestrada por la “Banda de la Magliana” para exigir al Vaticano que restituyera el dinero que habían perdido con la quiebra del Banco Ambrosiano, donde los mafiosos ocultaron sus beneficios a través del IOR (Instituto para las Obras Religiosas), desde el que se movían los fondos. Sabrina Minardi, amante de Renatino, declaró que, aunque el mafioso fue el autor material del secuestro - ella misma se encargó de llevar a la joven al coche donde él esperaba -, el autor intelectual fue Marcinkus. El móvil: silenciar al padre de Emanuela, que tuvo acceso a documentos comprometedores relacionados con la bancarrota del Banco Ambrosiano, institución acusada de lavar dinero de la mafia y de la logia masónica P2. 

La escandalosa quiebra del Banco Ambrosiano, presidido por Roberto Calvi, había dejado al descubierto un oscuro entramado financiero en el que estaba envuelta la banca del Papa y era prioritario “salvar los muebles”. Calvi consiguió escapar a Londres, donde poco después apareció colgado de un andamio debajo del puente Blackfriars con cinco kilos de piedras en los bolsillos. Por el contrario, Marcinkus tuvo más suerte. Aunque las autoridades italianas llevaban tiempo intentando arrestarlo por su conexión con los mencionados delitos financieros, el religioso norteamericano logró que la Santa Sede esgrimiera su inmunidad diplomática para protegerle, autorizándole a regresar a su diócesis de Phoenix, donde falleció en 2006 cumplidos los noventa. Jamás habló. 

Una de las hipótesis más reciente sobre el misterio de Emanuela la dio hace unos años el periodista Emiliano Fittipaldi - acusado y absuelto en el caso Vatileaks II, la masiva filtración de documentos reservados de la Santa Sede - con la publicación de un documento inédito que sugería que la joven había sido escondida durante años en un convento en Inglaterra. En un dossier de 200 páginas se detallaban los gastos de casi medio millón de dólares, entre 1983 y 1997, con pagos hechos en Londres y se hablaba del “alejamiento domiciliario” de Emanuela. Pero, ¿qué habría ocurrido después de esas fechas? El portavoz vaticano se apresuró a calificar las insinuaciones de ridículas, aunque no fuera la primera vez que se especulaba con la posibilidad de que Emanuela hubiese sido trasladada fuera de Italia tras su desaparición. Otra pista que no condujo a ninguna parte. 

Como tampoco lo hizo el hallazgo en 2018 de restos óseos en Villa Giorgina, sede de la embajada vaticana en Italia. Los análisis comprobaron que los huesos no correspondían a la época en que desaparecieron las chicas, sino a la década de los 60. No obstante, unos huesos escondidos siempre abren una inquisitoria. En este caso, sirvieron para resolver otra misteriosa desaparición: la de la esposa de un vigilante de la nunciatura, una historia que todavía se recuerda y sobre la que también hubo, en su día, mucha especulación. El vigilante y su esposa vivían en las dependencias de villa Giorgina, donde el matrimonio no tenía precisamente fama de llevarse bien. Solían escucharse continuas discusiones, hasta que un día la mujer desapareció. El marido explicó a todos que su esposa lo había abandonado y a nadie pareció extrañarle que se marchara. Sí que nadie volviera jamás a verla, pero aquellos eran otros tiempos. 

Cuarenta años después, precisamente tras el fallecimiento de Ratzinger, nadie esperaba que El Vaticano anunciase su disposición a investigar la desaparición de Emanuela. Para los amantes de la conspiración – entre los que me incluyo, sobre todo tras muchas horas dedicadas a documentarme para escribir la novela “La última función” basada en los hechos – el momento no parece casual. A pesar de que el secretario personal del papa emérito, Georg Gänswein, niegue que exista un dossier sobre el caso de Emanuela, en su libro publicado este jueves con el título “Nada más que la verdad. Mi vida junto a Benedicto XVI”, se dedica un amplio capítulo a su misteriosa desaparición. Para negarlo todo, aunque nadie le había pedido explicaciones.

Todos los países tienen en su historia misteriosas desapariciones de jóvenes que un día salieron de casa y jamás volvieron. En Italia siguen buscando a Emanuela Orlandi y, tras el anuncio de El Vaticano, los medios de todo el mundo hoy dedican páginas enteras a uno de los grandes casos de crónica negra del país transalpino desde hace cuatro décadas. Para los menos paranoicos, la causa no está en los archivos de Benedicto XVI que, siguiendo su propio encargo, Gänswein ya ha destruido, sino en el documental de Netflix, “La chica de El Vaticano” que analiza la historia y desgrana cada una de las mencionadas hipótesis. Un sinfín de teorías que, con los años, han contribuido, más que otra cosa, a desdibujar un rastro que sigue tan frío como el primer día. 

*Alicia Huerta es coautora de “La última función