El Real Madrid o la vida es eterna en 89 segundos

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Que esto es el Real Madrid y esto es la Champions ya no es suficiente para explicar lo que a priori resultaría imposible de entender. Pudo servir este axioma para el partido del PSG, incluso a duras penas para el del Chelsea. Pero lo de este miércoles en el paseo de la Castellana fue algo mucho más complejo, fue como si de pronto el fútbol sobrepasara lo real y se adentrara en el universo de lo irracional para convertirse en lo que André Breton definió ya en 1924 como surrealista, que es precisamente la palabra que utiliza L’Équipe en su portada para intentar explicar lo que hasta el momento la ciencia futbolística se ha limitado a tachar, con cierta simpleza, de incomprensible.

Y es que el Real Madrid ha dado una nueva vuelta de tuerca a los esquemas que vienen definiendo el balompié moderno, ha subido el nivel, ha introducido un nuevo parámetro enciclopédico, ha metido una marcha más por mucho que algunos quieran esconder su sufrimiento hablando de árbitros, suerte, milagros o fenómenos paranormales. Dani Alves, que no es precisamente amigo del blanco, dijo al acabar el partido que, en el fútbol, la suerte no existe y menos por triplicado. Pep Guardiola reconoció también, después del siniestro y con aire apesadumbrado e incrédulo, que ellos jamás habían vivido nada parecido, y no se estaba refiriendo precisamente al arbitraje, los milagros, la suerte o los fenómenos paranormales.

Si esto de ganar en el último suspiro sucede en un partido podríamos hablar de fortuna; si ocurre en dos, nos viene la palabra casualidad; pero si vuelve a pasar por tercera vez, si otra vez se vuelve a remontar a un equipo inmenso, tendremos que hablar de otra cosa, de algo superior y nunca visto hasta el momento en el fútbol actual, de arte incluso, si, de arte, que es el campo donde precisamente el surrealismo ha alcanzado su máximo esplendor.

Surrealista, como dice la biblia deportiva francesa, es que el Real Madrid entre en el minuto 90 del partido con dos goles abajo y siendo dominado por el rival, empate la eliminatoria en el 92 y esté a punto de darle completamente la vuelta uno después, antes incluso de alcanzar la prórroga. Y simplemente jugando al fútbol con la ayuda de la geometría de los elegidos.

Surrealista es ver difuminarse paulatinamente del campo, atemorizados por un entorno hostil e implacable y víctimas de un poder invisible, a los antiguos dominadores de la contienda que de pronto se ven minimizados y arrasados por un ejército de fanáticos irreductibles, que ya los tienen rodeados y del que saben que no van a poder escapar. Y simplemente jugando al fútbol como si no hubiera un mañana.

Surrealista es que se consiga todo esto sin titulares imprescindibles en el campo y que jugadores del segundo e incluso tercer nivel de la plantilla se conviertan en titulares de pleno derecho a la hora de la verdad y frente a una de las mejores plantillas, sino la mejor, de Europa. Y simplemente jugando al fútbol como si fuera el último partido de la historia.

Surrealista es, en definitiva, la inercia demoledora que ejerce la suma de una camiseta blanca y el poder absoluto que irradia el Santiago Bernabéu determinadas noches, cuando las estrellas se pueden tocar con las yemas de los dedos, suena literario pero les aseguró que es tangible, y 89 segundos -los que vuelan desde el minuto 89:21 al 90:50- marcan la diferencia entre lo terrenal y lo sobrenatural o irracional. “La suma de todo esto es el Real Madrid”, dijo Courtois después de haber vivido intensamente "todo esto" y tratando de explicar lo que hasta la fecha es imposible leer en libro alguno.

Porque el Real Madrid sigue siendo un tratado interminable, de esos que no paran de escribirse; un equipo poderoso, inquebrantable e irreductible y un maravilloso milagro dentro de un enigma dentro de un misterio. El único equipo del mundo, el único, que es capaz de hacer con relativa frecuencia aquello que parecía irrepetible la última vez que se vio.

El fútbol y el Real Madrid han demostrado que la vida es eterna en 89 segundos. Que la vida va inexorablemente unida a ese balón que Camavinga le pone a Benzema y que este traslada a la bota de Rodrigo. Que la vida va de la mano de ese centro de Carvajal que roza Asensio, supera a Laporte y remata otra vez Rodrigo para escribir una página más de esta siempre inacabada tesis que es el Real Madrid.

89 segundos infinitos que confirman que en el fútbol la resurrección de los muertos forma parte del famoso miedo escénico hasta convertirse en un jugador decisivo; que el espíritu puede cambiar la historia sacando el balón desde la defensa para llevarlo hasta el infinito; que un escudo puede hacer milagros y convertirse en una coraza infranqueable cuando sus portadores están convencidos de ello; que el cemento, el acero y la hierba de un estadio pueden servir de pócima invencible y que el balón, siempre el balón, acaba haciendo justicia a quienes se la merecen.

El Real Madrid no necesita que equipo alguno le haga el pasillo porque es el propio Fútbol con mayúscula el que se lo hace cada tarde o noche que hay partido.

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