El Real Madrid o el arte de caminar a través de las tormentas

real madrid

El Real Madrid sigue escribiendo la Historia del Fútbol con trazo firme. Ha ganado cinco de las últimas nueve Champions que se han disputado y la del sábado, en Paris, fue ‘la catorce’. Tienen los blancos el doble que el segundo de la fila, más que el segundo y el tercero juntos, más que todos los equipos italianos que la han conquistado y las mismas que todos los ingleses, los inventores del ‘football’. Y prácticamente la mitad de estas 14 las ha ganado en el siglo XXI. Esto es el Real Madrid y la Copa de Europa es su territorio y da igual lo que digan las apuestas, la lógica o los expertos.

‘La catorce’, además, ha sido la más difícil que se recuerda desde que la televisión dejó de ser exclusivamente en blanco y negro. Está escrita con sangre y entre líneas podemos encontrar la magia y la épica que sólo es capaz de irradiar un equipo infinito que ha superado barreras que se creían infranqueables y escuadras que se llamaban invencibles. Todo este campeonato ha estado más cerca de la ficción que de la realidad, más cerca de lo sobrenatural que de lo cotidiano. Pero nadie como el Real para sobrevivir hasta el final, para resistir sin arrodillarse, para no rendirse jamás, para dar el último golpe, para matar cuando todos creen que el muerto es él.

También ha demostrado en esta Champions que sabe caminar y seguir adelante como nadie a través de las tormentas, esta temporada hubo demasiadas, como reza la primera estrofa de You’ll Never Walk Alone, el mítico himno del Liverpool. Ha sido un campeonato de agónica supervivencia, de fe inquebrantable, de un gen competitivo irreductible, de caminar sobre las aguas, de vadear rayos y truenos y de creer que todo es posible si simplemente se lleva una camiseta blanca; una Champions de sobreponerse a los imponderables, de tapar la boca a los imbéciles y de saber que la vida puede ser eterna tanto en 17 minutos como en 89 segundos. Un año de noches únicas en el Bernabéu y en Saint Denis que perdurará en la retina del madridismo y por supuesto en los anales de la historia del balompié. “Pase lo que pase -había dicho Casemiro en la previa de Paris- las noches que hemos hecho este año no se apagan”.

Pero además de no apagarse y de meter otra más en esta ecuación mágica y quién sabe si irrepetible, hay que recordar, dentro de tanta especulación ignorante, algo que resulta básico, aunque se quiera obviar: que el Real Madrid es Campeón de Europa otra vez porque ha metido más goles que los equipos contrarios. Porque para ganar ‘la catorce’, aunque suene infantil tenerlo que explicar, el conjunto que preside Florentino Pérez ha metido más goles que el PSG en octavos, que el Chelsea en cuartos, que el Manchester City en semifinales y por supuesto más que el Liverpool en la final. No ganó a nadie por el valor doble de los goles, que ya no existe, ni echando una moneda al aire. Ganó en el verde, porque es ahí donde se escribe la única verdad de este deporte.

Cuando se supera a los mejores equipos de la liga más poderosa del mundo, económicamente hablando, y al multimillonario equipo de Catar es de cobardes buscar excusas. Cuando se gana al campeón de la Champions de la temporada pasada, al primero y segundo de la última Premier y al campeón de la Ligue1 es de cobardes echar mano de la suerte para tratar de justificar que simplemente se ha caído frente al mejor. Tampoco es de cobardes hablar de los numerosos disparos a puerta que no fueron gol o de los goles que salvó el guardameta rival. Ridículo, que diría un buen amigo madridista.

Los rivales del Real Madrid en octavos, cuartos, semifinales y final jugaron de forma sobresaliente, pero perdieron; no se les hurtó ningún penalti ni se le regaló a su rival una pena máxima que no fuera, ni hubo goles en fuera de juego ni se les ganó en una caprichosa tanda de penaltis. Es verdad que tuvieron más ocasiones, pero también es cierto que metieron menos goles que el campeón y que el fútbol no es un combate que se decide a los puntos sino una pelea donde manda el KO, el gol.

El Real Madrid ganó al PSG, al Chelsea, al Manchester City y al Liverpool porque fue mejor que todos ellos, metió más goles y encajó menos. Supo sortear todas las tormentas perfectas que le acecharon en diferentes momentos y sacar la cabeza, aunque fuera en el último suspiro, para decir la palabra final. Y lo demás es literatura rancia y barata.

Tras la final del sábado no para de hablarse de las intervenciones de Courtois, como si de un delito se tratara, pero se omite que el Real Madrid tiró ‘sólo’ dos veces entre los tres palos consiguiendo dos goles, aunque uno de ellos fuera anulado por fuera de juego. El fútbol es efectividad, y el resultado final de un partido lo determinan los goles que entran y los que no. Y en esta diferencia de goles y paradas siempre gana el mejor. Como ahora. Como siempre.

Podemos hablar de partidos incomprensibles por su geometría variable pero sin olvidar que sacar estas batallas adelante es un arte al alcance de muy pocos y que son precisamente estos encuentros, los que resultan difíciles de explicar, los que escapan a toda lógica, los que convierten el fútbol en algo único y extraordinario… Y los que han hecho del Real Madrid lo que es.

Un Real Madrid que al empezar la temporada no entraba entre los favoritos ni para ganar la Champions -sólo hay que recordar que las casas de apuestas le daban perdedor en octavos, cuartos, semifinales y final- ni para ganar la Liga, que parecía cosa de un Atlético con la mejor plantilla de su historia. Los blancos habían vaciado el centro de su defensa, se fue Zidane, volvió Ancelotti, se fichó muy poco, aunque muy bien, y su sobresaliente centro de campo era un año mayor que el curso anterior. Además, los dos jugadores más caros de su plantilla, Bale y Hazard, iban a resultar inservibles.

A cambio, Benzema, el mejor jugador de la temporada y futuro Balón de Oro, Courtois, el mejor portero del mundo, y los viejos rockeros del equipo tomaron el poder y la irrupción de algunos jóvenes extraordinarios y de un futuro infinito -Valverde, Camavinga y Rodrigo- más la consolidación de Vinicius como una estrella mundial -su gol en la final ya forma parte de la historia blanca-, aportaron el talento, las piernas y el oxígeno necesario para poder alcanzar el cielo.

Al final, el Real Madrid ha cuajado una de las mejores temporadas de su historia: ganó la Supercopa de España, la Liga con cuatro jornadas de antelación y el sábado su decimocuarta Copa de Europa. No hay nada que llame más a la sangre, que saque a flote los más bajos instintos de este colectivo, que nunca se cansa de ganar y que disfruta de una unidad y solidaridad más propia de un equipo de escolares que de una plantilla de profesionales, que el sentirse ninguneado, minusvalorado y menospreciado por casi todo el mundo excepto por aquellos que, como ellos, tienen la sangre blanca y saben lo que esto significa.

Nadie como este grupo de héroes improbables pero reales para creer en sí mismo. ‘Sólo el Real Madrid sabía que ganaría en Paris’, titulaba este domingo Ramon Besa en El País. Y así ha sido no sólo en este partido frente al Liverpool sino durante toda la temporada, aunque para conseguirlo todos ellos tuvieran que conjurarse y empezar a reírse de los expertos, de la lógica y hasta de las apuestas.

Ellos nunca caminan solos; ellos siempre caminan juntos.

Sobre el autor de esta publicación