Editorial

 El crimen de Japón amplía la crisis democrática de Occidente

La noticia de la muerte de Shinzo Abe en una pantalla gigante en el barrio de Shinjuku, en Tokio (Japón)

EFELa noticia de la muerte de Shinzo Abe en una pantalla gigante en el barrio de Shinjuku, en Tokio (Japón)

No estamos ante el fin del mundo, ni mucho menos, pero sí ante el final de una ciclo de estabilidad occidental que se inició por la pandemia del covid y se prolongó con la guerra de Ucrania y su impacto en las fuentes de energía, la inflación, deuda y crecimiento de las primeras democracias de Occidente.

A lo que se suman situaciones de inestabilidad política como la que se abre en Japón por el brutal asesinato (casi un magnicidio) de su aún reciente ex primer ministro y líder del partido conservador, Shinzo Abe. Lo que sin duda es un acontecimiento de gran relevancia en la crisis vigente en curso de las naciones democráticas de Occidente.

En las que el riesgo del regreso de Donald Trump a la presidencia de EEUU, tras su participación en el asalto al Capitolio y las recientes sentencias de ‘su’ Tribunal Supremo (sobre el aborto y el clima) se ha convirtiendo en una preocupante posibilidad para la democracia norteamericana y para Europa.

Y a la vez y en plena guerra de Ucrania para el presente de la actual relación trasatlántica entre los EEUU y Europa, a pesar del esfuerzo y de la renovada unidad de la Alianza Atlántica renacida en la Cumbre de la OTAN en Madrid y reforzada con la ampliación ‘aliada’ a Suecia y Finlandia.

La convulsión política desatada en Japón (destacado país del G-7) es algo que trasciende a la política japonesa y que afecta al ámbito internacional de las primeras democracias de Occidente. Donde, además de los problemas ya citados de la amenaza de Trump (amigo de Putin), se unen las crisis de estabilidad en los principales gobiernos europeos, empezando por el Reino Unido, por la dimisión de Boris Johnson, y siguiendo por los gobiernos de Francia, Italia, España, y en cierta manera de Alemania.

Aunque este último país sin problemas en su coalición pero bajo amenaza del corte del gas ruso que Putin estaría preparando para el entrante otoño. Posibilidad que afectaría a toda la UE como la crisis energética y sus efectos demoledores en la inflación y el crecimiento que daña a primeras naciones de Occidente, ampliando en los ámbitos económico y social los problemas democráticos y de estabilidad de las primeras naciones occidentales.

Estamos en una encrucijada determinante para el presente y futuro del mapa democrático occidental donde se hacen imprescindibles: la determinación y la unidad de la Alianza Atlántica, el reforzamiento de la cohesión política de la Unión Europea y la estabilidad y solidez de las democracias de Inglaterra, Japón, Canadá y Australia.

Lo que nos obliga a una concertación permanente entre la OTAN, el G-7 y la UE en los ámbitos político, económico y militar. Y sin perder de vista a otras importantes naciones como las latinoamericanas.

A sabiendas de que Putin y Trump son unos personajes desestabilizadores, que Occidente debe encontrar un pacto de estabilidad comercial con China y que la energía, la inflación y el riesgo de una recesión internacional deben ser abordados de manera implacable y decidida en pos de una recuperación rápida y sostenible en los ámbitos económicos y social.

Y en la certeza de que un país como España debe caminar hacia un proceso de convergencia nacional que no tiene más salida que la articulación de una ‘gran coalición’ entre los primeros partidos nacionales PSOE y PP. Como la única y lógica consecuencia del año electoral que se iniciará en nuestro país en la primavera de 2023 y que será crucial para la recuperación económica y social españolas y para la estabilidad política nacional.