Bienestar emocional

Sometidos a la dictadura de la felicidad

En el mundo de hoy no se permite a nadie estar mal o, si lo está, no puede dar muestras de ello y el castigo más leve por hacerlo es la indiferencia e incluso el aislamiento

Dos jóvenes sonríen mientras se hacen un selfie

PIXABAYDos jóvenes sonríen mientras se hacen un selfie

Corren malos tiempos, pero la felicidad, mejor o peor entendida, se ha convertido estos últimos años en una obsesión que, para enorme preocupación de psicólogos y psiquiatras, acaba generando a la larga más insatisfacción que bienestar. Estudios recientes califican esta incesante búsqueda, a veces simple impostura, como síntoma inequívoco de haber sucumbido ante lo que ya se denomina ‘dictadura de la felicidad’. Una imposición social que se traduce en la aparente necesidad de estar siempre bien, incluso cuando llueven piedras. En definitiva, no se permite a nadie estar mal o, si lo está, no puede dar muestras de ello y el castigo más leve por hacerlo es la indiferencia e incluso el aislamiento.

Hoy, especialmente en las redes sociales, todo el mundo sonríe. Es feliz. Sin embargo, los expertos coinciden en que en un gran número de casos se trata únicamente de una ‘felicidad artificiosa’ ligada, cada vez con mayor frecuencia, al consumo: de viajes, restaurantes, moda, complementos, cosméticos, joyas, automóviles. Aunque la felicidad ha sido objeto de estudio durante siglos, no existe un consenso claro de lo que este fenómeno implica. Para su estudio, la ciencia del comportamiento ha asociado el concepto de felicidad con el bienestar subjetivo que las personas experimentan en su vida y, por supuesto, perseguir la felicidad no es un tema exclusivo de nuestra era. Mucho antes de esta imperante felicidad por decreto, el ser humano ya buscaba una vida plena y placentera, porque el anhelo de tenerla nace en el mismo instante en que adquirimos la capacidad de reflexionar sobre nuestra propia existencia. Aunque, muchas veces, en certeras palabras de Voltaire: “Buscamos la felicidad, pero sin saber dónde, como los borrachos buscan su casa, sabiendo que tienen una”.

Evolución histórica de un anhelo

La filosofía, la literatura y la teología están llenas de obras que buscan encontrar la fórmula que llevaría a nuestra especie a ser feliz. En épocas anteriores, la vida de una persona estaba dominada por las preocupaciones que llegaban de un mundo más hostil pero a la vez más simple, ya que las necesidades básicas como el alimento, el refugio y la seguridad eran la mayor prioridad. Hoy, en el mundo desarrollado, esas necesidades por lo general se encuentran cubiertas, incluso se dan por sentadas. En Europa, además, el Estado del bienestar procura alejarnos lo más posible del darwinismo social que impera en potencias indudablemente ricas como Estados Unidos. Allí, la vida de la clase media con recursos procedentes del rendimiento laboral y una cobertura médica que depende precisamente del empleador, pende de un hilo y ni siquiera Obama, convencido de que había que ampliar la protección para que llegara a más familias, logró sacar adelante, al menos no en la medida deseada, su más importante proyecto de política interna, la reforma sanitaria.

Sin embargo, también en el estado del bienestar ha calado la terrible e injusta creencia de que si alguien está en situación precaria significa que ha fracasado, más aún, que es un fracasado. De cara a la galería de las omnipresentes redes sociales, airear un bache, compartir una situación complicada o reconocer un pesar, además de estar mal visto y peor recibido, ha pasado simplemente a estar prohibido. De modo que quien se siente mal ha de superar también la tentación de quitarse la careta; y los sinsabores que antaño se “curaban” en familia o con amigos, ahora tienen que arroparse con discretas visitas a un especialista e, incluso, en soledad. La paradójica consecuencia es que la felicidad se ha convertido en un gran negocio: libros, talleres, conferencias, retiros, congresos. Buscamos fuera, con desconocidos o en el anonimato de una lectura casera, aquello que ocultamos al entorno para no sentirnos juzgados y sentenciados.

Un estado transitorio

La cuestión es que no todo se basa en la felicidad. Y esta, por otra parte, no es eterna ni infinita. Para los expertos que no se dedican a lucrarse con libros de autoayuda o cursos de pensamiento positivo, la felicidad es, sobre todo, un estado y, como cualquier estado, es de carácter transitorio, sometido sin remedio a los acontecimientos que se producen en nuestra vida, a nuestro alrededor. Para Friedrich Nietzsche: “El destino de los hombres está hecho de momentos felices, toda la vida los tiene, pero no de épocas felices”. La actual versión idealizada de la vida, proyectada por los medios y las redes sociales, crea la ilusión de que la felicidad es la normalidad. Sin embargo, no lo es. Y no podemos seguir convenciéndonos de que cualquier otra emoción que no sea de goce y plenitud es inferior, débil o patológica. Hacerlo supone el sometimiento a esa monarquía absoluta que nos obliga a estar siempre bien, a pesar de los inevitables golpes que todos, en un momento u otro, recibimos de la vida.

Sentimientos como la tristeza, la desilusión o la apatía son inherentes a la existencia del ser humano. Solo cambia la manera de enfrentarlos, una vez superado el primer impacto y vivido el correspondiente el duelo. Y de nada sirve anhelar con desesperación un estado de perpetua exaltación y satisfacción. Hay que vivir con entusiasmo, por supuesto, pero siempre preparado para enfrentarse a lo que venga. Bueno o malo. Como escribió Pablo Neruda: “Algún día en cualquier parte, en cualquier lugar indefectiblemente te encontrarás a ti mismo, y ésa, sólo ésa, puede ser la más feliz o la más amarga de tus horas”. Tendemos a construir nuestra identidad en función de las cosas que nos pasan y de cómo nos hacen sentir. Ahora bien, situar la felicidad absoluta en la cúspide de la pirámide está generando una peligrosa frustración y sentimiento de culpa en personas que, sin embargo, lo que más necesitan es un hombro de confianza en el que poder llorar.

Falso positivismo

No podemos seguir viviendo en un mundo donde no está permitido sentirse mal, pertrechados tras una colorida fachada que, antes o después, terminará por despintarse. De hecho, ya está aplastando al colectivo más expuesto y vulnerable: los jóvenes. Contra adolescentes de familias con problemas o enfrentando penurias de cualquier tipo, se ensañan los “afortunados” en un ecosistema capaz de volverse fatal para quienes ni siquiera han tenido ocasión de madurar. Y, para colmo, han de soportar la presión de considerar sólo el lado bueno de la vida. ¿Acaso siempre lo hay? Rotundamente no, a pesar de que un vistazo rápido por las redes sociales de los personajes más seguidos en internet deje claro lo que hoy vende: una serie inacabable de momentos aparentemente felices. El falso positivismo en las redes sociales funciona como posicionamiento de personas en un ranking de vidas envidiables y creemos que eso tendrá un efecto inmediato en nuestra vida fuera de la red. Engañosa quimera. La realidad es que nos encontramos inmersos en un positivismo por decreto que no le está haciendo ningún favor a nuestra sociedad.

Matthieu Ricard, considerado el hombre más feliz del mundo según un estudio del laboratorio de Neurociencia Afectiva de la Universidad de Wisconsin, mantiene que la receta para la felicidad pasa por entrenar la mente hacia el amor altruista. Teniendo en cuenta que este doctor en genética celular del Instituto Pasteur lo dejó todo hace casi 30 años para hacerse monje budista en el remoto Himalaya, la duda que se plantea es si no es posible aspirar a la felicidad cuando uno se encuentra inmerso en plena sociedad, expuesto sin remedio a los factores afectoambientales. Porque Sor Lucía Caram, otra de las personas que encabezan el ranking de la felicidad, coincide en el diagnóstico de que para ser feliz hay que amar la vida y compartirla cada día, definiéndose a sí misma como “expropiada para la vida pública”, y resulta que ella también vive en clausura. Una paradoja. ¿Cómo vamos a recibir una ayuda que no podemos reclamar?