TELEVISIÓN

Jesús Quintero, el loco más cuerdo de la colina

Con la muerte de Jesús Quintero se apaga una forma de hacer periodismo, un periodismo humilde, intelectual, muy alejado de las superestrellas que hoy colonizan los platós de televisión

Jesús Quintero, en una firma de libros en la Feria del Libro de Madrid en 2007

EFEJesús Quintero, en una firma de libros en la Feria del Libro de Madrid en 2007

Nadie ha escuchado mejor que Jesús Quintero. Sus silencios estremecían. Arropado por el humo de un cigarrillo eterno, embozado en su indeleble fular y protegido por los bucles de su cabello, El loco de la colina lanzaba las preguntas más inesperadas, las más dolorosas, las más surrealistas y, contra todo pronóstico, conseguía desnudar al entrevistado. Con la muerte de Jesús Quintero se apaga una forma de hacer periodismo, un periodismo humilde, intelectual, muy alejado de las superestrellas que hoy colonizan los platós de televisión. Le daba igual enfrentarse a una super figura o a lo desconocido. “Todas las personas tienen algo interesante que contar”, defendía.

Consideraba a los periodistas como una especie de engendro entre el psicoanalista y el confesor, puesto que en ambas profesiones escuchar es su mayor prebenda, su prerrogativa especial. Siempre decía lo mismo: “Los silencios fluyen de manera natural. Cuando el entrevistado dice una tontería, el silencio lo demuestra. Cuando el entrevistado dice algo interesante, el silencio también lo demuestra. Lo fundamental es ser honrado y transmitir verdad”.

Detestaba a los entrevistadores hirientes, a esos que se “apalancan en el arte de la esgrima”, a aquellos que se constituyen como salvadores de la verdad o a los loros. ¿Por qué? Muy sencillo, porque él mismo había navegado en esas aguas y tras la marejada había llegado a la conclusión de que no hay nada mejor que abrazar al personaje para que se sienta como en casa y, una vez atrapado en el confort, dejar que fluya su hiperactividad verbal o sentimental. Así nació el estilo Quintero, una manera de preguntar y de sugerir que se estudia en las aulas de Comunicación. El estilo Quintero nos regaló más de 5.000 momentazos irrepetibles, entrevistas a personajes como el subcomandante Marcos, Maradona, Rocío Jurado, Julio Anguita, José Mujica, Eduardo Galeano, Sabina, un desfigurado Dioni hablando del robo al camión blindado, entre tantas. No podemos obviar el testamento vital, el canto del cisne de Rafi Escobedo en la cárcel o la inolvidable entrevista a Eleuterio Sánchez, el Lute, acompañado por su alter ego cinematográfico Imanol Arias. La lista se antoja infinita. Esa lista le dejó dos espinas clavadas, dos tipos que se le resistieron siempre, Fidel Castro y el Papa. ¿Qué Papa? El que encartara, el de turno, imaginamos.

La radio noctámbula para crápulas

El joven Quintero quiso ser actor, pero la vida le tenía guardado un camino a caballo entre la interpretación y la comunicación. En la época en la que la radio noctámbula se dividía en dos bandos, el de los futboleros y el de los crápulas, él inventó la radio intimista. Llevan su marchamo programas como Estudio 15/18, El hombre de la roulotte o Tres a las tres. En 1981 se embarcó en el programa que nos hizo olvidar a Quintero para reverenciar a El loco de la colina, primero en Radio Nacional y más tarde en La Ser. Dos de sus tres pasiones, la radio y la noche, fundidas en una. La tercera fueron sus dos hijas, Andrea (1992) y Lola (1998).

Saltó a la televisión de la mano de la inolvidable Pilar Miró, la directora de RTVE más ultrajada de la historia y salvada por el óxido del tiempo que siempre coloca cada cosa en su lugar. El mundo puso rostro a aquella voz trasnochadora gracias a programas caviar como El perro verde, Cuerda de presos, El Vagamundo, Ratones Coloraos, El loco de la colina, El gatopardo o El loco soy yo. Se rodeó de un equipo de colaboradores sobresaliente como Hugo Stuven, Jesús Bola o Raúl de Pozo. Fueron años de premios, muchos premios. Entre su legado conviven Antenas de Oro, Premios Ondas, Premio Rey de España de Periodismo, la Medalla de Andalucía o el Premio al Hecho Radiofónico más Innovador. Sus programas o sus títulos acentuaban su extraña naturaleza, esa que le llevó a engancharse al psicoanálisis y a husmear en la idea del sufrimiento.

Probablemente fuera esta particular percepción del desconsuelo la que le llevó a aceptar el reto de Rafi Escobedo (condenado a 53 años por el asesinato de los marqueses de Urquijo). Lo contó en la entrevista que concedió a su ex en Vanity Fair. Por lo visto Quintero recibió un mensaje intrigante: “Quiero hablar en tu programa, comunicar que, si en el plazo de cinco días después de la emisión no me conceden lo que me corresponde, voy a suicidarme. Paso horas mirando la reja de mi celda y repitiéndome: cuélgate, termina de una vez con todo esto”. Quintero viajó al penar del Dueso, habló con la sombra de aquel niño bien, con un fracturado Rafi que tan solo unos días después de la emisión de la entrevista, el 27 de julio de 1988, aparecía ahorcado en su celda. “Me quité de en medio. Siempre he pensado que un periodista no tiene que verse envuelto en un escándalo. Me fui a casa de mi compadre, Paco Cervantes, y estando en la playa, uno me dijo: estarás contento de que se ha matado Rafi. Ahí empezó la telebasura”, confesó.

Visionario

Muchos de sus monólogos sobre la desinformación y la telebasura, se han viralizado tanto como sus entrevistas, lo cierto es que deberían ser centro de estudio para futuros profesionales, sobre todo en una época como la que vivimos en la que se han normalizado los periodistas estrella, vendedores de humo que han llenado de boñiga la televisión, la de todos y las de los demás.

El caso es que ya lo avisó el maestro hace 20 años cuando afirmó que la televisión se ha convertido en un grifo abierto. “Me duele ver la televisión en manos de gente sin escrúpulos”.

Hace un par de meses pululó por la red del trino un vídeo antiguo en el que Quintero se quejaba del analfabetismo que se había instalado en la caja tonta. “Siempre ha habido analfabetos, pero la incultura y la ignorancia siempre se habían vivido como una vergüenza. Nunca como ahora la gente había presumido de no haberse leído un puto libro en su jodida vida, de no importarle nada que pueda oler levemente a cultura o que exija una inteligencia mínimamente superior a la del primate”, denunciaba de manera tajante. Quintero resaltaba en su monólogo que esos nuevos analfabetos eran deleznables porque en la mayoría de los casos los que alardeaban de su incultura habían tenido acceso a la educación, sabían leer y escribir, pero no ejercían. “Cada día son más, el mercado los cuida más y piensa más en ellos. La televisión se hace a su medida, las parrillas compiten entre sí para ofrecer programas pensados para gente que no lee, que no entiende, que pasa de la cultura y solo quiere que la diviertan o que la distraigan, aunque sea con los crímenes más horrendos o con los más sucios trapos de portera”. Quintero fue siempre un visionario que jamás tuvo miedo a la muerte. “Creo que la muerte está bien pensada, porque si viviéramos sine die, lo dejaríamos todo para el siglo que viene. El paso del tiempo nos sitúa”.

Entre la miel y la hiel

En la vida de Quintero no todo fueron luces, también hubo sombras. El loco de la colina mariposeó entre la miel y la hiel. Creador y ensalzador de frikis como el Risitas, el Cuñao, el Pozí, muchos le acusaron de aprovecharse de ellos, él siempre lo negó y se justificó con el respeto que siempre profesó a todos los personajes que pasaron por sus interrogatorios.

Supo vivir abrazado a la gloria y a la quiebra. En 2016, las transcripciones del sumario del caso Ausbanc le dieron un buen bocado a su economía. En ellas confesaba que sus hijas le habían demandado por no pagar sus estudios y pedía ayuda para que no le embargaran sus propiedades. Se supo entonces que había puesto a la venta, por 1,3 millones de euros, el ático en el que vivía en Sevilla, a las faldas de la catedral. Aquel verano, sufrió un insólito accidente con su Hummer rojo diseñado por Custo Barcelona y del que salió ileso.

Cuando las cosas vienen torcidas, continúan torcidas. En 2018 fue desahuciado del Teatro Quintero por no pagar el alquiler durante más de dos años y medio. La empresa propietaria del inmueble aseguró que le debía 540.000 euros, cantidad que, a pesar de las sentencias en contra, nunca pagó. Lamentablemente, las tres empresas que fundó, Teatro Quintero, Las Palabras Quedan y Silencio fueron una ruina. Proyecto tras proyecto fueron acumulando problemas financieros. Quizá por eso se gestó en los programas de telebasura cierta leyenda popular que rezaba que un deslucido, ajado y desamparado Jesús Quintero había sido visto rebuscando en las basuras. Nada más lejos de la realidad.

Al final de su vida El loco de la colina regresó al terruño, a su añorado San Juan del Puerto. Allí creó la Fundación Jesús Quintero (2019) con la intención de aunar todo su legado, para que su obra, ordenada y digitalizada como Dios manda, pudiera conservarse intacta para su estudio. Hoy la fundación alberga más de 10.000 horas de radio y televisión, 5.000 entrevistas, su biblioteca personal, algunos de sus premios y muchos objetos personales. Se trata de un tesoro que cobija entre sus paredes 40 años de conversaciones que ya son parte de la historia y que sus herederas deberán administrar como tal.