A Juan Carlos I ya no lo puede salvar nadie

De los tres capítulos del documental estrenado en HBO Max, se deduce que todos son culpables de las supuestas fechorías reales. La Constitución por hacer de su figura algo inviolable, los políticos de todos los colores por consentirlo y los periodistas por callar

A Juan Carlos I ya no lo puede salvar nadie

Juan Carlos I

A Juan Carlos I ya no lo salva ni Dios. Por esas casualidades extrañas de la vida, como si lo tuvieran previsto en una espectacular estrategia de comunicación, HBO Max decidió estrenar los tres capítulos de Salvar al rey horas después del fallecimiento de Isabel II. No es de extrañar que el documental que narra las supuestas fechorías ocultas del rey emérito se haya convertido en lo más visto de la plataforma, solo superado por La casa del dragón, El cuento de la criada T5 y Juego de tronos. Ahí es nada.

La monarquía está de moda. El funeral real retransmitido en directo, la pompa y el boato del protocolo británico tiene al mundo pegado a las pantallas. Es lógico, porque no hay nada más cinematográfico que una gran producción como esa. Ahora bien, como espectadores tampoco desdeñamos una buena historia de espías, conspiraciones y pactos de silencio y eso es lo que pretende Salvar al rey.

HBO Max presenta el documental como una historia armada a través de más de 50 testimonios en primera persona que radiografían una época trascendental en la historia reciente de España y brindan un retrato íntimo de Juan Carlos I, un monarca que traicionó a su padre para ser rey, acabó con 40 años de dictadura, trajo la Democracia, puso a la monarquía en peligro por amor y tuvo que abdicar en su hijo e irse de España, en contra de su propia voluntad, para salvar la corona.

Efectivamente, Salvar al rey bucea entre todas las polémicas que han rodeado desde siempre la figura de Juan Carlos I. Solo necesita tres capítulos para rematar de manera definitiva la supuesta ejemplaridad que se le atribuyó al monarca en las primeras décadas de reinado.

La historia está perfectamente hilada, ordenada de la manera más cinematográfica posible y, por supuesto, consigue su fin último que es desvelar la cara oculta del monarca. Al final, Salvar al rey deja un regusto agridulce porque Mandarina, la productora, vende el reportaje como una gran exclusiva, un gran documento histórico, aunque entre su metraje surjan los mismos profesionales que antaño guardaron silencio y taparon todas las felonías borbonas. Los mismos que construyeron una fortaleza inescrutable frente a la figura del Rey, hoy se llevan las manos a la cabeza y teatralizan una denuncia vendida como novedad que no es tal.

Políticos y periodistas cainitas

España es un país cainita en el que resulta sencillo hacer leña del árbol caído. ¿Por qué callaron entonces? ¿Por qué ahora se suben al carro y, encima, se llevan las manos a la cabeza como si estuvieran sorprendidos de los movimientos del monarca?

La Constitución convirtió la figura del rey en algo inviolable. Los partidos políticos, todos, consintieron sus negocios amorales, esos que le reportaron ingentes cantidades de pasta, y sus caprichosos amoríos extramatrimoniales. Los periodistas callaron. Su silencio también los hizo culpables por dejación de funciones.

Arrancan denunciando a sus colegas, a aquellos que ocultaron los verdaderos motivos de la muerte de su hermano Alfonso el 29 de marzo de 1956. Tiran de hemeroteca, leen los titulares del momento y recalcan con inquina que entonces jamás se dijo que el pequeño infante murió de un disparo en la cabeza por culpa de su hermano. Y ellos… ¿Qué?

Como novedad, desvelan los amoríos ocultos del Rey con Queca Campillo, una fotógrafa del diario Pueblo y más tarde de la revista Tiempo, muy querida también por algún político de la época. Por lo visto los amantes se veían en una furgoneta en Torrelodones, en un camino justo al final de El Pardo. Campillo escribió un diario que más tarde autograbó, tenía la intención de convertirlo en libro, pero por las razones que fuera jamás vio la luz. Queca, la mujer que conoció todos los secretos de la Transición falleció demasiado pronto. Es su hija la que mercadea con unas cintas bastante esclarecedoras y hace que vean la luz.

Salvar al rey desnuda a los servicios secretos españoles que confundieron el concepto de monarquía con el de Estado y se erigieron como los limpiadores de la boñiga real. Revuelven las entrañas del 23 F, un asunto que todavía está por aclarar puesto que, 41 años después, continúa protegido por la ley de Secretos Oficiales. En el primer capítulo, Manuel Rey, ex agente del Cesid, le pregunta a Diego Camacho, otro ex agente del Cesid, si el Rey estuvo implicado en el asunto del 23 F. “Por supuesto que sí”, le responde tajantemente. “El Rey fue el motor del golpe, lo que pasa es que los reyes ni entran en los asaltos, ni ejecutan nada. Él tiene una frase que lo refleja todo: ‘A mí dádmelo hecho’”, recalca. A lo que Fernando José Muniesa, analista de Seguridad y Defensa, añade: “Cuando se dan cuenta de que todo ha sido un fracaso, reconvierten una gran traición a la Democracia, una gran traición a los españoles, en un reforzamiento de la legitimidad democrática de la corona española que estaba muy mermada. Acreditan al Rey como el gran salvador de la Democracia española. Esa sí que fue una operación magistral de inteligencia superior”.

Por supuesto, se relata la historia de dos de las amantes reales durante los años dorados del reinado. La dama del rumor, Marta Gayá, la silenciosa, la prudente, la amiga siempre; frente a Bárbara Rey, “la mujer de las piernas eternas”, como la calificó un día Mario Conde, la lista, la que tiró del chantaje y a la que pagaron un pastizal (50 millones de pesetas entregados en una bolsa de deportes) al que se añadió una paga mensual a través de un espacio en Canal Nou por el que la de Totana cobró 500.000 pesetas por programa. Se trataba de alejarla de la capital para acallar las voces de aquella esquina.

Como presunta novedad, en otro capítulo se acercan al chalet del Cesid donde se supone mantenía el Rey sus escarceos sexuales y emiten las conversaciones privadas con la vedette del momento, demostrando que era verdad aquello de las cintas. En esas charletas de amantes, Juan Carlos I opina y habla sin escrúpulos de Aznar y Felipe González en vísperas de las elecciones; le confiesa su amor y revela a su amante datos confidenciales de la investigación y el deseo de la Guardia Civil de que no se encuentre al fugado Luis Roldán con vida ante la perspectiva de un “proceso larguísimo” en el que pudieran aflorar cuestiones sensibles.

Silueta de Juan Carlos I

Las cámaras del picadero real

Lo del picadero real y sus cámaras o los intentos de asesinato de Roldán cambiándole la medicación son temas que publicó en su día el diario El Mundo. De hecho, tiran de sus páginas para ilustrar esa y otras narraciones. Ni cinco años de vida tenía el medio cuando el 3 de mayo de 1994 abrió con una sorprendente entrevista con el fugado que amenazaba con tirar de la manta. “No me van a engañar como a Amedo. Si voy a la cárcel, no iré solo”, rezaba el fugitivo a cinco columnas. Jamás tiró de la manta y se llevó a la tumba los secretos de la guerra sucia de la época de Felipe González.

Cuenta Salvar al rey los tejemanejes económicos de un Príncipe de España al que Franco, según desvela Roberto Centeno, exconsejero delegado de Campsa, envía a ver a sus amigos árabes en plena crisis del petróleo del 73 para asegurar el servicio de crudo en el país. El caudillo le gratificó con una generosa comisión de unos cuantos céntimos por barril. “Y fueron muchos miles de barriles”, añade Jaime Peñafiel. Recuerdan que su amigo Mario Conde compró una revista para evitar que se siguiera informando más de la cuenta. No se olvidan tampoco del escándalo protagonizado por uno de sus mejores amigos que fue a la cárcel para frenar otro asunto oscuro. “Del rey uno no se sirve, al rey se le sirve”, admite Manuel Prado y Colón de Carvajal en un momento de la serie. Se habla también de un señor que dejó en suspenso sus funciones de jefe de Estado porque estaba con su amante en Suiza. Y de Corinna, ¿Cómo no se va a hablar de la real amiga entrañable?

Salvar al rey detalla mil cosas que a buen seguro indignarán al vulgo a través de las voces cantantes de Rosa Villacastín, Manuel Cerdán, Casimiro García-Abadillo, Antonio Montero y Eduardo Urreiztieta. Palabras apoyadas por los recuerdos, entre otros, de Pedro J. Ramírez, Victoria Prego, Pilar Urbano, Juan Luis Galiacho, Iñaki Gabilondo, Juan Luis Cebrián, Fernando Rueda, Fernando Ónega, Luis María Ansón, José Antonio Zarzalejos, Juan Fernández-Miranda, José Bono, Mario Conde, Diego Camacho (ex agente del Cesid) o Sabino Fernández Campos (ex jefe de la Casa Real) y la opinión de Ana Pardo de Vera.