Vinos radicales, bodegueros heroicos

CepaUna de las cualidades que más admiro en las personas es la valentía y la decisión con la que muchas de ellas se enfrentan a diferentes circunstancias de la vida, especialmente a las relacionadas con el trabajo y la vida profesional. Incluso en ocasiones, muchas de estas personas han tomado decisiones drásticas y para muchos temerarias, que les han empujado a ir contracorriente y que, incluso, les han empujado a enfrentarse a su círculo más próximo.

No se trata del hecho de que muchas de estas personas se hayan apeado de una frenética vida laboral, sino que han decidido dejarlo todo por algo que les apasiona, que les llena y que, al mismo tiempo, les hace llevar un estilo de vida diferente. Vamos, unos auténticos protagonistas del tan traído y llevado downshifting.

Para los que no lo sepan el downshifting, que en español significa ‘reducir la marcha’, es una tendencia vital en la que los individuos viven vidas más simples para escapar del materialismo obsesivo, con la finalidad de reducir la tensión, el estrés y los trastornos psicológicos que la acompañan. Se hace hincapié en encontrar un equilibrio mejor entre el ocio y el trabajo, y centra los objetivos de la vida en la realización personal y la construcción de relaciones en lugar del consumismo y el éxito económico.

RADICALES#2OKViene este preámbulo a colación porque tal y como he podido comprobar estos días, también existe el downshifting vinícola. Y lo digo porque esta semana se ha celebrado el Salón de Vinos Radicales en la sede del Colegio de Arquitectos de Madrid. Un encuentro que en esta segunda edición ha contado con la participación de 33 bodegas, cinco de ellas portuguesas.

Quizá uno de los aspectos más me han llamado la atención, por supuesto además de la calidad y originalidad de los vinos presentados, es el perfil de quienes están al frente de estas bodegas, muchos de ellos con una larga y exitosa trayectoria profesional que un buen día deciden abandonar para hacer lo que de verdad les apasiona, elaborar vinos auténticos y singulares. Por eso, se puede afirmar que detrás de los vino radicales hay auténticos bodegueros heroicos, que bien merecen por sí solos no ya un post sino un extenso reportaje.

Vinos radicales 2¿Y a qué viene eso de radical? Muy sencillo, aquí el concepto radical se asocia a las raíces, como símbolo del origen, del lugar procedencia, de la tierra a la que se pertenece y a la labor de unos cuantos pequeños viticultores que se mantienen fieles a la expresión de las variedades autóctonas de cada zona y al marcado carácter que transmiten a sus vinos los suelos y el clima. En definitiva, a lo auténtico.

Como os podéis imaginar, en un encuentro tan especial no tienen cabida ni los grandes grupos bodegueros, ni los viñedos extensos, ni los flying winemakers y por supuesto tampoco los vinos de autor. Sólo están presentes los guardianes de lo pequeño, de lo íntimo y de lo esencial. Esos bodegueros, a quienes casi se les podría considerar arqueólogos del vino y a quienes de alguna manera se les rinde un agradecido homenaje por mantener los pies en el suelo, junto a las raíces, por priorizar lo local frente a lo global y por defender valores como la singularidad, la autenticidad y la diversidad.

¿Y cómo son estos vinos? Ecológicos, biodinámicos, naturales, de pago, de pueblo o paraje, ancestrales, experimentales, futuristas... los vinos radicales no son excluyentes ni sectarios; más bien al contrario, admiten cualquier metodología que permita al viticultor mantenerse fiel a sus raíces.

EdetàriaY su procedencia también es de lo más diversa, ya que recorre prácticamente toda la geografía española, por supuesto sin olvidarse de los archipiélagos. Sin ir más lejos, de Cataluña son las bodegas Alemany i Corrio (espectacular su vino blanco Principia Mathematica), Alta Alella, Vins Nus, La Vinyeta y Edetària (probablemente una de las que más conozco y que, lo digo sin apasionamiento, además elabora uno de mis vinos blancos favoritos).

De la isla de Mallorca, la muy original Ànima Negra. De Valencia, el Celler del Roure. De Ronda, Málaga, la bodega La Melonera (a cuyo frente se encuentra la farmacéutica Ana de Castro, pero es evidente que no soy yo). De Extremadura, Pago Los Balancines. De La Mancha, las bodegas Cigarral de Santa María, Más que Vinos, Pago Calzadilla, Finca Inanna y Altolandón. De Madrid, Uvas Veloces. De la Ribera del Duero, Antídoto. Del Bierzo, las bodegas Camino del Norte y Gancedo. De la comunidad de Castilla y León, las bodegas Alta Pavina, Fuentes del Silencio y La Mejorada. De Aragón, El Escocés Volante. De Navarra, Domaines Lupier. De La Rioja, Exopto. Del País Vasco, Itsasmendi, bodega que se distingue por elaborar unos magníficos txacolíes (y aquí me delata la tierra). De Galicia, dos bodegas de la Ribeira Sacra que elaboran grandísimos vinos Dominio do Bibei y Ronsel do Sil. Y, por último, de Canarias, la bodega Suertes del Marqués.

Y desde Portugal, cinco bodegas singulares: Quinta do Soalheiro (Vinho Verde), Vadio (Bairrada), Quinta do Javalí (Douro), Quinta do Mouro (Alentejo) y Adega Viúva Gomes (Colares, Lisboa).

Todas ellas tienen mi admiración y mi respeto. Esta semana despido este post tal y como concluye el ‘Manifiesto de los Vinos Radicales’: ¡Larga vida a los vinos radicales!

 

Una de las cualidades que más admiro en las personas es la valentía y la decisión con la que muchas de ellas se enfrentan a diferentes circunstancias de la vida, especialmente a las relacionadas con el trabajo y la vida profesional. Incluso en ocasiones muchas de estas personas han tomado decisiones drásticas y para muchos temerarias, que les han empujado a ir contracorriente y que incluso les han hecho enfrentarse a su círculo más próximo.

No se trata del hecho de que muchas de estas personas se hayan apeado de una frenética vida laboral, sino que han decidido dejarlo todo por algo que les apasiona, que les llena y que al mismo tiempo les hace llevar un estilo de vida diferente. Vamos, unos auténticos protagonistas del denominado movimiento downshifting…

Para los que no lo sepan el downshifting, que en español significa ‘reducir la marcha’, es una tendencia vital en la que los individuos viven vidas más simples para escapar del materialismo obsesivo y reducir la tensión, el estrés y los trastornos psicológicos que la acompañan. Se hace hincapié en encontrar un equilibrio mejor entre el ocio y el trabajo, y centra los objetivos de la vida en la realización personal y la construcción de relaciones en lugar del consumismo y el éxito económico.

Viene este preámbulo a colación porque tal y como he podido comprobar estos días, también existe el downshifting vinícola. Y lo digo porque esta semana se ha celebrado el Salón de Vinos Radicales en la sede del Colegio de Arquitectos de Madrid. Un encuentro que en esta segunda edición ha contado con la participación de 33 bodegas, cinco de ellas portuguesas.

Quizá uno de los aspectos más me han llamado la atención, por supuesto además de la calidad y originalidad de los vinos presentados, es el perfil de quienes están al frente de estas bodegas, muchos de ellos con una larga y exitosa trayectoria profesional que un buen día deciden abandonar para hacer lo que de verdad les apasiona, elaborar vinos auténticos y singulares.

¿Y a qué viene eso de radical? Muy sencillo, aquí el concepto radical se asocia a las raíces, como símbolo del origen, del lugar procedencia, de la tierra a la que se pertenece y a la labor de unos cuantos pequeños viticultores que se mantienen fieles a la expresión de las variedades autóctonas de cada zona y al marcado carácter que transmiten a sus vinos los suelos y el clima. En definitiva, a lo auténtico.

Como os podéis imaginar, en un encuentro tan especial no tienen cabida ni los grandes grupos bodegueros, ni los viñedos extensos, ni los flying winemakers y por supuesto tampoco los vinos de autor. Sólo están presentes los guardianes de lo pequeño, de lo íntimo y de lo esencial. Esos bodegueros, a quienes casi se les podría considerar arqueólogos del vino y a quienes de alguna manera se les rinde un agradecido homenaje por mantener los pies en el suelo, junto a las raíces, por priorizar lo local frente a lo global y por defender valores como la singularidad, la autenticidad y la diversidad.

¿Y cómo son estos vinos? Ecológicos, biodinámicos, naturales, de pago, de pueblo o paraje, ancestrales, experimentales, futuristas... los vinos radicales no son excluyentes ni sectarios; más bien al contrario, admiten cualquier metodología que permita al viticultor mantenerse fiel a sus raíces.

Y su procedencia también es de lo más diversa, ya que recorre prácticamente toda la geografía española, por supuesto sin olvidarse de los archipiélagos. Sin ir más lejos, de Cataluña son las bodegas Alemany i Corrio (espectacular su vino blanco Principia Mathematica), Alta Alella, Vins Nus, La Vinyeta y Edetària (probablemente una de las que más conozco y que, lo digo sin apasionamiento, además elabora uno de mis vinos blancos favoritos).

De la isla de Mallorca, la muy original Ànima Negra. De Valencia, el Celler del Roure. De Ronda, Málaga, la bodega La Melonera (a cuyo frente se encuentra la farmacéutica Ana de Castro, pero es evidente que no soy yo). De Extremadura, Pago Los Balancines. De La Mancha, las bodegas Cigarral de Santa María, Más que Vinos, Pago Calzadilla, Finca Inanna y Altolandón. De Madrid, Uvas Veloces. De la Ribera del Duero, Antídoto. Del Bierzo, las bodegas Camino del Norte y Gancedo. De la comunidad de Castilla y León, las bodegas Alta Pavina, Fuentes del Silencio y La Mejorada. De Aragón, El Escocés Volante. De Navarra, Domaines Lupier. De La Rioja, Exopto. Del País Vasco, Itsasmendi, bodega que se distingue por elaborar unos magníficos txacolíes (y aquí me delata la tierra). De Galicia, dos bodegas de la Ribeira Sacra que elaboran grandísimos vinos Dominio do Bibei y Ronsel do Sil. Y, por último, de Canarias, la bodega Suertes del Marqués.

Y desde Portugal, cinco bodegas singulares: Quinta do Soalheiro (Vinho Verde), Vadio (Bairrada), Quinta do Javalí (Douro), Quinta do Mouro (Alentejo) y Adega Viúva Gomes (Colares, Lisboa).

Todas ellas tienen mi admiración y mi respeto. Esta semana me despido tal y como concluye el ‘Manifiesto de los Vinos Radicales’: ¡Larga vida a los vinos radicales!

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