Givenchy viste de gala el otoño en Madrid

Hubert de Givenchy|EFE

Quizá el otoño sea una estación en la que en general se tienda a la melancolía y a la nostalgia, aunque estéticamente me resulte muy atrayente para pasear o para salir fuera de Madrid. El adiós al verano, la reducción de horas de luz, la caída de las hojas y la guinda del cambio de hora siempre han influido en mi ánimo, pero para mal. Pero una vez que pasa el día de Todos los Santos con sus estupendos buñuelos de viento, panellets y Huesos de Santo, la cosa parece que empieza a remontar.

Lo bueno que tiene esta época del año es que también se presenta ante tus ojos un nuevo curso lleno de planes y de cosas que hacer que durante los meses de verano se olvidan un poco. Y una de esas cosas estupendas que en los meses de septiembre y octubre despiertan del letargo veraniego es el disfrutar de la oferta cultural de los museos,  fundaciones y entidades varias. Una oferta cultural que afortunadamente en Madrid la puede disfrutar la mayoría de la gente, incluso de forma gratuita.

Esta semana pasada he visitado la retrospectiva que el Museo Thyssen-Bornemisza presenta de las mejores creaciones del gran diseñador francés Hubert de Givenchy y que estará abierta al público hasta el 18 de enero.

La exposición está comisariada por el propio Givenchy y ofrece, por tanto, el enfoque personal y particular de sus colecciones a lo largo de medio siglo, desde la fundación en 1952 en París de la ‘Maison Givenchy’, la venta de la firma en 1988, aunque Givenchy continuó dirigiéndola hasta 1996, año en que se retiró.

Givenchy|EFEUna mención especial merecen los vestidos que diseñó para algunas de las personalidades más icónicas del siglo XX, como Jacqueline Kennedy, la duquesa de Windsor, Gracia de Mónaco, Elizabeth Taylor, Jean Seberg o la que fuera su musa y amiga Audrey Hepburn a la que vistió en películas como ‘Sabrina’, ‘Desayuno con diamantes’, ‘Historia de una monja’, ‘Funny Face’ o ‘Charada’.

También se pueden contemplar sus creaciones más originales como la blusa Bettina o el vestido saco o sus admirados diseños de prêt-à-porter, concepto que él mismo creó en 1954, y por supuesto maravillosos sombreros y tocados, así como todo tipo de accesorios y complementos que fueron santo y seña de la Maison: guantes, cinturones, pañuelos y una impactante bisutería en forma de espectaculares collares, pendientes y brazaletes.

La exposición es espectacular y el refinamiento llega incluso al merchandising que se ofrece al final, cosa que es bastante poco habitual. Así que aunque el precio de la entrada es un poco caro, 11 euros, merece la pena la inversión. Como en la mayoría de los museos nacionales hay diferentes precios según las circunstancias de cada cual y las personas que están en situación de desempleo tienen el acceso gratuito.

El caso es que aparte del regalo que fue para los sentidos, esta muestra me hizo reflexionar bastante y recordar a diferentes mujeres de mi familia y de mi entorno más cercano, a las que quise mucho y también admiré, empezando por mi propia madre. Todas ellas eran refinadísimas, siempre estaban impecables e iban maravillosamente bien vestidas.

Es curioso pensar que hace cincuenta o sesenta años hasta la gente de la calle, la gente corriente, iba mucho mejor vestida que ahora, luciendo prendas realizadas con buenas telas y buenos cortes. Se podía ser rico o pobre, pero en general en la gente había una corrección y una pulcritud en el vestir que ahora se echa mucho de menos.

Años 50|EFETambién había un interés en que las cosas durasen a poder ser ‘toda la vida’. Cuando te hacían un traje de chaqueta o un abrigo eran para que pasaran los años y siguieran impecables. Incluso en mi familia contaban anécdotas sobre cómo durante la Guerra Civil se daba la vuelta a los abrigos y a otras prendas de vestir.

Ahora se habla mucho de la democratización de la moda y es cierto, pero está claro que en muchos casos esa democratización ha ido en detrimento de la calidad. No hay nada como fijarse en las telas que se utilizan, en las costuras y en los remates.

Otro dato a tener en cuenta es que incluso en una ciudad como Madrid no hay muchas tiendas de telas –la mayoría están en la calle Atocha y alguna en la Gran Vía-, lo que quiere decir es que apenas hay demanda porque ya no se cose en las casas, hay pocas modistas y porque también hoy en día cualquier cosa hecha a mano o a medida cuesta un riñón.

Y todo esto viene también a colación porque la moda me divierte y me interesa, pero también sé y me gusta coser. Por lo tanto sé apreciar además de un buen corte, la calidad, el cuerpo y la caída de una tela.

No soy de las que creo que cualquier tiempo pasado fue mejor, pero tengo que reconocer que hay cosas que tristemente se han perdido y que ya no volverán. Una de ellas es el gusto por ir bien vestido, por tener buen aspecto y, además, hacerlo por uno mismo y por los demás; y no es una cuestión de dinero.

Ya lo decía Hubert de Givenchy: “Ser elegante es querer mucho a la moda, querer vestirse y saber vestirse. La elegancia no debe ser chillona, hay que saber vestirse sin excesos. Tampoco es una cuestión de tener muchos medios económicos. La modelo Bettina Graziani, una de mis primeras musas, no tenía dinero pero sabía perfectamente lo que tenía que llevar y en qué momento lo tenía que llevar. Cuando la conocí vestía una simple falda de franela y un jersey pero llevaba un cinturón y un pañuelo perfectos”.

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