Kilos y tabaco, condenados a no entenderse

Dejar de fumar engorda y mucho. Decir lo contrario sería mentir o maquillar la realidad y desde luego es algo que cuando estás decidido a hacer, es mucho mejor que ni te lo plantees. Por propia experiencia, mi recomendación es que primero dejes de fumar y pasado un año o año y medio, empieces una dieta en serio, por supuesto siempre con el asesoramiento de un médico.

Antes de nada quiero aclarar que hablo desde mi experiencia personal y no pretendo sentar cátedra con mis comentarios muy poco científicos. Seguro que habrá mucha gente muy preparada que me podrá rebatir cada cosa que digo, no lo discuto, pero solo intento contaros lo que a mí me ha pasado y cómo me he sentido en mi particular travesía del desierto.

Me hace mucha gracia cuando la gente opina sobre cosas que ignoran o que no le pasan ni le pasarán jamás. También es impresionante la facilidad que tienen muchos para juzgar a los demás. Y desde luego todo esto pasa también cuando dejas de fumar y no os cuento cómo. Además la gente que más cosas tiene que decir al respecto suele ser la que no ha fumado un pitillo en su vida y no se cortan, no.

Luego por supuesto están los ex fumadores-talibanes, que a todas horas están dispuestos a recriminarte que fumes aunque estés en una isla desierta y no molestes a nadie o a soltarte una filípica sobre las bondades del abandono del tabaco en un tono que muchas veces raya la impertinencia y la mala educación, pero eso es otra cosa.

Todo esto viene a cuento porque ha coincidido que el pasado cinco de septiembre se han cumplido dos años desde que dejé de fumar. Y también en este mes se ha generado una gran polémica en las redes sociales por los kilos que ha ganado la presentadora de televisión Tania Llasera tras estar nueve meses sin fumar y engordar 13 kilos.

Aquí no voy a entrar a juzgar la mayor o menor valía profesional de la presentadora de Mediaset. Lo que me parece indecente es que hasta se haya llegado a escribir unos cuantos titulares con la palabra ‘gorda’, además de un sinfín de comentarios cobardes e hirientes en las redes sociales, sobre todo en Twitter.

Lo curioso es que parece que nadie se para a pensar en que los mismos que alientan a abandonar el tabaquismo por mil razones de salud y estética, algunas bastante absurdas, luego se convierten en los más implacables críticos de las personas que han engordado al dejar ese hábito y que por supuesto son plenamente conscientes de ello, así que no hace falta que nadie te martirice recordándote lo que has engordado. El caso es opinar y fastidiar al prójimo porque hay gente que se cree que tiene el monopolio de la sabiduría, de los hábitos saludables y, por supuesto, de las buenas costumbres.

Cuando alguien deja una adicción como el tabaco, su vida cambia siempre para mejor, es verdad, pero no de la manera que te venden desde los centros de salud, pasando por el Ministerio de Sanidad y hasta llegar a la OMS. Cuando me preguntan siempre digo que los beneficios no los notas de verdad hasta que ha pasado un año y medio más o menos, así que conviene armarse de paciencia y no desesperarse.

Tengo que confesar que he sido una fumadora, muy fumadora, durante nada más y nada menos que 36 años, y, además, me encantaba. Además, en los últimos años fumaba unas dos cajetillas de Camel diarias.

Quiero decir con esto que sé muy bien lo que significa dejar de fumar de la noche a la mañana y a pelo. También sé que, a pesar de lo que te digan, dejar de fumar es sinónimo de engordar (con la excepción de las personas muy delgadas o que no tienen tendencia a engordar, que por supuesto que las hay).

Yo tengo tendencia a engordar y solamente durante el primer mes, haciendo dieta y ejercicio diario, engordé cinco kilos. Cuando fui al médico me llevé una gran sorpresa cuando me enteré de que sí o sí se engorda porque nuestro cuerpo metaboliza los alimentos de otra manera, y que por mucha dieta que hagas, hasta que no pase un año o año y medio desde que dejas de fumar y tu cuerpo se estabilice, es inútil que hagas ninguna clase de dieta.

Y allí también te enteras de que no has llegado al País de las Maravillas, de que el camino, aunque luego compense, va a ser arduo; y que la nicotina, a pesar de ser muy perjudicial para la salud, forma una especie de escudo que te protege de determinadas enfermedades y que al dejar de fumar se va resquebrajando hasta romperse y desaparecer. Todo esto significa que entonces te conviertes en una especie de niño que va por primera vez a la guardería y coges hasta la peste bubónica.

Mucha gente piensa que los que dejamos de fumar, y no digamos de los que fuman, somos unos seres enfermos que unos nos tiramos en plancha cada vez que vemos algo comestible y que vivimos en un estado de ansiedad permanente; y los otros que son unos desechos sociales, una especie de delincuentes que además son culpables de todos los males del mundo. Pues ni una cosa ni la otra.

Afortunadamente para calmar esa ansiedad del principio hay cosas muy efectivas como el deporte (no hace falta volverse Barbie Gimnasio, basta con andar, correr…),  los chicles y los caramelos sin azúcar, aunque he decir que aquí corres el riesgo de convertirte en una réplica de Belén Esteban o en una especie de ‘míster’ de la época de Cruyff. También luego está el apartado de contárselo a tu dentista, menos mal que la mía es un encanto y muy comprensiva, además de una estupenda profesional.

¿Ventajas de dejar de fumar? Muchas, de verdad, incluida la cuestión económica, que todos sabemos lo que cuesta hoy en día un paquete de tabaco. Me encuentro fenomenal y eso sí, llevo unos seis meses haciendo una dieta estricta que la llevo muy bien gracias también a los consejos realistas y llenos de sentido común de mi estupenda endocrino. Así que ventajas, todas.

Por eso desde aquí animo a todo el mundo a que deje de fumar, pero que no se obsesione ni haga caso de ningún canto de sirena ni de las tonterías que se oyen por ahí. El trayecto es duro y largo, no es fácil y parece que no te vas a sentir capaz, pero se consigue y de verdad que compensa.

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