Soy una pornógrafa

<<La canción me recordó el poder que sentí cuando era una preadolescente y me empezaron a salir las tetas, antes de que se trazaran las fronteras invisibles entre yo y Ana. Entonces fingía que no me daba cuenta de las miradas que me echaban. Me resultaba extraño sentir que mi cuerpo hablaba cuando me cruzaba con esas miradas sin que yo abriese la boca. ¿En qué me estaba convirtiendo mi cuerpo? ¿Era un activo o un pasivo? No estaba preparada. Y, sin embargo, aspiraba a ser una mujer, sin saber lo que acarreaba.

Para Orly, la canción era un especie de himno. La sacaron el año que empezó a trabajar de dómina. Siempre que la escuchaba sentía una cierta alegría por la desgracia ajena, Schadenfreude, que dicen los alemanes. Me dijo que, mientras canciones como aquella fueran un éxito, nunca le faltaría trabajo. Decía que lo que hacía no dejaba de ser una práctica curativa, ya que, creando un espacio lleno de compasión, ayudaba a la gente a ahorrarse sufrimiento innecesario.
Orly tenía una teoría; me la explicó el día que estuvimos en la playa. Era su versión particular de “Los hombres vienen de Marte”, una idea a la que había dado forma a partir de historias de condesas sangrientas, rituales lunares de invocación, ciertos tipos de brujería y unas cuantas dosis de ciencia, tanto exacta como especulativa. Decía que, cuando se retirase, se es que llegaba a retirarse, igual escribía un libro. Se imaginaba pidiéndole ayuda a sus clientes, ya que, ¿quién si no le ayudaría a escribirlo? Una asa repleta de hombres escribiendo Le hablé de mim fantasía de ver un grupo de papis congregados en su casa, como su banco de peces. Tras escucharme, me dijo: “Pues eso lo podemos hacer”. Me intimidó lo seria que lo dijo. Era imposible que fuese tan fácil.
Orly dijo que su trabajo era ayudar a cerrar la brecha entre sexos; no se trataba d intercambiar papeles. El matriarcado no era la respuesta a nuestros problemas. Nos hacía falta ver el valor que tenía lo femenino y lo masculino y, teniendo eso en mente, ir más allá de lo binario, pensando en lo que nos une. Para alcanzar su objetivo, ella facilitaba encuentros con lo divino femenino. Les ofrecía a sus clientes ese lugar y encarnaba el arquetipo que mejor encajaba con el encuentro. Menuda labor más apabullante.
El orden de las cosas estaba muy establecido. Para mujeres como nosotras, al mayor de las luchas era el control de nuestra sangre: cómo y cuándo y por qué sangramos. Nuestra sangre era un reloj, pero había sido un hombre quien le había dado cuerda.
-Con nuestra primera regla -me explicó Orly-, dejamos de ser niñas y empieza la cuenta atrás para ser mujer. En el momento en que sangramos cuando toca y como toca, nos convertimos en mujeres, cómplices, reproduciendo un orden que los hombres nos han impuesto. Nada de lo que hayamos conseguido ha dejado obsoleto este orden de las cosas.
Quedarse en los puntos intermedios -soltera, sin hijos- es sospechoso y motivo de especulaciones. A lo largo de los años, la medicina ha explorado las “dolencias de las vírgenes”, mujeres que han permanecido demasiado tiempo en ese punto intermedio de no ser ni niña ni mujer. Los médicos se preocupan por lo que nos pasaría si la sangre no tenía sitio al que ir. Algunos pensaban que nos anegaría el cuerpo, nos anegaría los pulmones, nos haría anhelar la muerte, con ese deseo que está reservado a los amantes, y querríamos ahogarnos. Una muerte sin sangre. No querer derramarla.
Los antiguos griegos tenían un nombre para cada conjuro de sangre necesario para que una niña se convirtiese en una mujer. Estaba la parthenos, la niña que había empezado a menstruar, pero que seguía al cargo de su padre. La nymphê, la esposa que ha sangrado en su lecho nupcial. Y por último, la gynê: la mujer, ya madura y con capacidad reproductiva, que conoce los loquios del puerperio. Los conjuros de sangre cartografían el camino de la vida de una mujer, que pasa de manos de un hombre a las de otro, sin estar nunca sola.
Volví a pensar en la cantante. Le dio la espalda al mundo que la había modelado y se rapó. Algunos dijeron que estaba enferma y ella dijo eu se sentía libre. Tal vez el doctor Moradi no fuese tan desencaminado. Pero, si existía esa enfermedad, no era cosa mía. Era algo que había contraído, que había surgido de la ciencia que mira el sexo a través de la lente de la patología, un orden patriarcal que no solo nos falla a las mujeres, sino a todos. No pedíamos una cura. Estábamos buscando la manera de darnos permiso para ser quienes somos.>>
Este fragmento de Soy una pornógrafa me parece una absoluta joya: por un lado es casi un ensayo de feminismo moderno. Por otro, conforme demando sensatez y responsabilidad a la prensa, como Cuarto Poder, a la literatura, incluida la rabiosamente moderna, le agradezco que aporte ese toque de información extra que sirve de coadyuvante a la cultura, y que a mí me parece imprescindible. En la novela hay escenas de sexo mucho más explícito pero, quizá aquí, Saskia Vogel esboza con algunas de las pinceladas a Orly, la vecina de la protagonista, una Dómina de la que se enamora a primera vista.
Soy una pornógrafa es una novela rara. Saskia Vogel, con una prosa certera y sin alardes rocambolescos, nos introduce de modo eficaz en el mundo de la bisexualidad, el oficio de Dómina, la asquerosa dinámica del mundo de la moda y de la interpretación en Los Ángeles.
Les dejo la sinopsis:
Cuando el padre de Echo desaparece arrastrado por la corriente en la costa de Los Ángeles, la protagonista se queda sola y perdía: no tiene amigos ni familia a la que acudir -la relación con su madre es problemática-, y su carrera de actriz no termina de despegar. Sumida en un estado de parálisis y desesperación, Echo conoce por casualidad a una dominatriz llamada Orly, con la que establecerá una peligrosa relación de dependencia que la introducirá en un mundo nuevo de erotismo y sexo casual. Echo se abandona entonces al riesgo, con la esperanza de que el miedo, la desconfianza y la incertidumbre reactiven su excitación y sus ganas de vivir.
Una historia d amor, el relato de una serie de personas que anhelan una vida diferente, que atesoran sueños y expectativas, y que recurren al sexo para sanar sus heridas. Mientras avanzan a trompicones por el reino del deseo, su búsqueda desesperada intenta dar respuesta a una pregunta sagrada: ¿de qué manera quiero que me quieran?