Dolor y Gloria

Confieso que pierdo el culo (es un decir, porque perder yo culo últimamente… pues poco) cuando estrena Almodóvar. Paro el mundo cuando se trata de él -o de Isabelle Hupert, Fassbender y Clint Eastwood-, porque hay profesionales que son franquicia en sí mismos y tengo fe ciega en su trabajo. Cuando saca peli Almodóvar, soy de esas personas incondicionales que siempre van a ver su cine, a pesar de que las últimas películas suyas me aburrieron muchísimo, me decepcionaron y me sentí presenciando el hundimiento del Titanic de La Mancha, tras extraviarse en los mares de los egos y zozobrar en las tormentas de la auto complacencia. Pero, aunque ya lo sabrán ustedes por las múltiples entrevistas concedidas a periodistas importantes (no como yo) y las reseñas publicadas hace tiempo por medios importantes (no como mi blog), esta vez, sí merece la pena pagar la entrada; y de hecho, ha sido número uno en la taquilla desde su primer fin de semana.
Tras asistir a la proyección de Dolor y Gloria sentí que me acababa de reconciliar con el Almodóvar que despertó en mí la sensación de que ver el cine de seres ingeniosos, trasgresores e irreverentes era una experiencia única y adictiva; era una forma de esperanza. Su último estreno es una mezcla de sketch sobre las drogas (hay escenas que parecen unas clases particulares o tutoriales sobre cómo consumir; los camellos son los negros más guapos que ha regalado a este mundo la zona Subsahariana y, por lo muy malvisto, aquí se entra y se sale de la heroína como quien hace la dieta Dunkan) y un repaso del Vademecun y las enfermedades (¿del propio Pedro?) y de la anatomía humana (quizá un poco excesivo el abuso de grafismo, por muy de Gati que sea).
Almodóvar filma por fin una “peli de hombres”: para variar, se desmarca de su reputación que le encasillaba como “director de mujeres” y lo hace con tino y exitosamente (más con unos que con otros). Si me admiten una valoración, yo no creo que se pueda estar mejor que Asier Etxeandía. En serio: no se puede. Supera a Antonio Banderas, a Leonardo Sbaraglia… Supera a Chris Hemsworth en sex-appeal, en morbo a Keanu Reeves, en garra a De Niro y en canalleo a Al Pacino. Ese nivel. Sale en una escena bailando y no creo que haya hombre, mujer o niño en el planeta que no se derrita, que no piense en encerrarlo en alguna parte y… eso. Hay escenas desnudo masculino integral, otras que esbozan relaciones gays del pasado (el filme se estructura sobre flash backs constantes) y del presente que -lo confieso- necesariamente te hacen preguntarte desde tu butaca hasta qué punto son reales o son licencias, son autobiográficas o ficción.
Luego, está también el estilo de Almodóvar a la hora de rodar: planos llenos de luz y de colores brillantes que pertenecen ya al sello de la casa. El mobiliario único y el interiorismo espectacular que conforma su universo. El vestuario vuelve a ser una oda a los pueblerinos bien vestidos, como de alta costura italiana. Los planos de figuración donde descubres que sale todo el mundo que conoces menos tú, y el planito para el marido, el papelito con frase para el hermano-productor… Almodóvar de toda la vida.
Una de las tramas que me enternecen especialmente tiene que ver con la madre del personaje que encarna Antonio Banderas (alter ego de Pedro Almodóvar). Una expiación. Un homenaje. Una despedida. Emocionante.
Me hace gracia y no podría recriminarle el evidente abuso de poder: no voy a reprocharle nada porque cuando yo filme mi autobiografía elegiré a Angelina Jolie para que haga de mí de mayor, a Chris Hemsworth para que haga de mí cuando fui hombre. Y Michael Fassbender hará de mi marido y de mi hijo (no, no es un error, es mi criterio, es mi decisión…) y cogeré a Charlize Theron para que haga de mí en la etapa universitaria. En ese plan veo yo el reparto de la peli, protagonizada por Antonio Banderas, Asier Etxeandía, Penélope Cruz, Leonardo Sbaraglia, Nora Navas, Julieta Serrano, Susi Sánchez, Julián López, César Vicente y Raúl Arévalo.
Lo voy a dejar aquí porque… sí. Yo disfruté mucho, les diga lo que les diga (y lo que me callo para no hacer spolier), me gustó.
Por ahora he ido a ver Dolor y Gloria ya tres veces. Tres, tres veces en diez días: una junto con la prensa más rezagada (la privilegiada la había visionado meses antes… Pero yo, aunque lo sabía, me fui hasta las instalaciones de Sony cuando me lo permitieron. Y agradecida, me lleno una bolsita de sus gominolas y les doy las gracias -repito e insisto: gracias por contar conmigo en los pases-). Luego la volví a ver el mismo día del estreno en salas y una semana después, pagando mi entrada (mis entradas), acompañando a mis amigos maricas por tandas. No descarto reincidir.