El sermón del fuego

¿Y si un día te despertaras con la noticia de que el cadáver de Cristo ha sido definitivamente identificado? ¿O de que se ha elaborado un estudio científico, irrefutable y sin fisuras, para desmentir la existencia de Dios, y que el estudio demuestra -más allá de toda duda- que no existe? ¿Qué sentirías.

Alivio.
[…]
Maggie contrata a una niñera para poder ir a la compra, al gimnasio, para poder sentarse en cafeterías con su cuaderno. Thomas ha terminado el máster y trabaja para un fondo de inversión privado. A veces va a casa por las tardes -en un intento por conectar con ella durante el rato de la siesta- antes de volver al trabajo. Sabe que las tardes son el momento más propicio, las horas en que ella está más excitable. Pero es sorprendente el cambio tan abrupto que eso le exige en la autopercepción: de mamá a esposa, amante. Por las noches Thomas la despierta, una mano en su pecho o entre sus piernas, como una pregunta. ¿Por qué no? Ya hace mucho que Tommy dejó de mamar, hace dos semanas que no hacemos el amor, ¿por qué no?
Degeneración en pelea, o -con más frecuencia-, ella se colocará bocabajo, y mirará los libros que brillan bajo la tenue luz nocturna, y se moverá hacia él, como sabe que le gusta. Él sale justo antes. A veces llora después. A veces ella también llora. ¿Por qué no puede ser más fácil el sexo dentro del matrimonio? Thomas solo se queda satisfecho cuando ella llega al orgasmo, algo que solo ocurre si se desvincula de él, mentalmente, imaginando a otro hombre y a otra mujer, imaginando que está en cualquier otra parte menos ahí, en la cama, debajo de él. Si no se corre es como si él hubiera fallado en algo. Tendrá que volver a intentarlo la noche siguiente, y la otra, hasta que ella pueda demostrar algo con un orgasmo. Y entonces se sucederán unos días de tregua hasta que la necesidad apremie de nuevo.
Es un colador, piensa ella. Haga lo que haga -por mucho que intente disfrutar o moverme- nunca es suficiente, nunca se sacia, ni se convence de… ¿de qué? ¿De que es válido? ¿De que no lo abandonaré como lo abandonó su madre? Su clímax -la habilidad de él para que alcance el clímax- es lo que sella y certifica: Soy fundamental para Maggie.
Ella se pregunta si la culpa no será suya. Thomas tiene treinta y tres años y objetivamente es guapo. Su pelo abundante ha empezado a encanecer, al barba incipiente es todavía oscura, el mentón redondeado como una pelota. En contraste con su piel lisa, el pelo plateado y la barba oscura hacen parecer aún más joven de lo que es. Alto, atlético, proporcionado, las pantorrillas tan desarrolladas como el torso y los brazos. Maggie se fija en que otras mujeres se fijan en él, las mujeres de sus amigos. Tu marido se parece a Patrick Dempsey, le susurra una, tímida, durante una cena de empresa. Ella tiene la sensación de que en presencia de Thomas las mujeres se achican, bajan los párpados para merarlo desde abajo, casi serviles. Sabe que a cualquiera de ellas le encantaría acostarse con él.
El pánico ha desaparecido, la necesidad de respirar hondo en el baño. En su lugar hay un extraño letargo. Es como si fuese incapaz de mover las extremidades.
Thomas tiene una toalla pequeña debajo de su lado de la cama y ahora la usa para limpiarla, con delicadeza, como pidiendo perdón. Busca su mano. Ella lo aparta. Dentro de ella: espacio negativo, apatía, el color gris.
Él se queda dormido -la mano apoyada en su brazo y un pie tocando su pantorrilla, para mantener el contacto-, pero Maggie no concilia el sueño y obliga a su cerebro a recordar. Ha leído que el acto consciente de recordar puede tener efectos sedantes.
No me digan que no quieren saber más… He elegido estos dos fragmentos por no copiar aquí el libro entero. El sermón del fuego es un libro que deben leer. Con estas páginas magistrales -especialmente si están o han estado casados-, van a sentir que les acaban de abrir el corazón y la mente y los están desentrañando, diseccionando y que alguien está procesando en finas lonchas cada uno de sus secretos, pensamientos y sensaciones. Cargadas de deseo, de rutina, de culpabilidad, de asco… los entresijos de la pareja, por perfecta que parezca, se exponen desde la certeza que da la experiencia, sin miramientos, sin edulcorantes.
La autora Jamie Quatro narra la vida de Maggie, una mujer de cuarenta y cinco años que lleva casada casi veinte. Hace tiempo que comenzó una correspondencia con James, un famoso poeta, basada en sus afinidades intelectuales, la teología y la poesía; lo que empezó como una relación puramente platónica se ha ido transformando, desde que coincidieron en un congreso, en una atracción física irresistible. Maggie repasa la historia de su matrimonio y su relación con James para entender cómo ha legado hasta allí y qué debe hacer a partir de ese momento. Consumida por el remordimiento y la pasión, Maggie analiza sus creencias y sentimientos tratando de encontrar un poco de luz.
Escrita de modo íntimo, crudo y veraz, y con una estructura sorprendente que mezcla planos temporales distintos y combina fragmentos de cartas, mensajes y diarios con la narración tradicional, El sermón del fuego es una novela sobre la traición y el deseo, que consigue retratar con asombrosa intimidad la vida de una mujer madura sorprendida por una apasionada historia de amor.
No puedo sino suscribir la crítica que publicaba Garth Greenwell: «Los grandes escritores escriben con todo lo que han visto y pensado y sentido, con sus obsesiones y sus deseos; sus libros tienen la densidad y la riqueza de la propia vida; Jamie Quatro es una de esas autoras, y “El sermón del fuego” es uno de esos libros.»