2018, bye, bye

2018 concluye y, como si de un acto reflejo se tratase, o quizá sea más bien un hábito inculcado por la dinámica de los medios de comunicación emitiendo sucesivamente sus vídeos recopilatorios hitos y desgracias y cifras y estadísticas…, durante la tercera y, sobre todo, la cuarta semanas de diciembre, tendemos a hacer “un balance de lo bueno y malo, cinco minutos antes de la cuenta atrás”, para auto evaluarnos, para auto engañarnos, para auto motivarnos,… ad gustum. 2018, bye, bye. Se trata del último post de este año y no quiero frivolidad. Me niego. Están pasando cosas horribles y no creo que debamos mirar a otro lado.

<<Cuando mi padre vivía con nosotros solía decirme: “¿Por qué hablas tanto? Muestras demasiada seguridad para ser una jovencita. Sé más humilde, más callada, cálmate un poco”.

Cuando en mis guardias les explicaba a los pacientes que la xenofobia estaba mal, la enfermera Agnes me decía: “Pero, doctora, eso son cosas nuestras, ¡déjelo estar! Acabará metiéndose en un buen lío”.
Pero yo no escuchaba. Nunca escuchaba a nadie, ni siquiera al obispo. Siempre he sido demasiado exaltada. Me he empeñado en aferrarme a algunas cosas. Si me hubiese relajado y hubiese permitido que me penetraran, quizá no me habrían golpeado, quizá no hubiese durado tanto.
Hoy el padre Joshua ha vuelto a visitarme. Me ha ungido y ha rociado la habitación con agua bendita. Le he contado lo que me había pasado, todo, de principio a fin, sin ahorrarme nada. Quería que oyese todos los detalles escabrosos, y ver si su fe podía soportarlo. Ha rezado por mí, ha rezado por los hombres que me violaron, y te ha pedido mil perdones, “pues no saben lo que hacen”.
No he dicho amén al final de la oración. No quiero que los perdones, Señor. Ellos sabían exactamente lo que hacían. Si al morir acabo en el cielo, no quiero encontrármelos allí, no quiero mezclarme con ellos. Esa no es la clase de cielo en la que quiero estar.
Quizá si hubiesen estado borrachos me sentiría un poco mejor. Pero no lo estaban. No había una gota de alcohol en sus lenguas. Lo sé porque esas lenguas se metieron en mi boca y su saliva me bajó por la garganta. Estaban sobrios, despejados como la mañana. Sabían exactamente lo que hacían y lo hicieron con sumo entusiasmo. ¡Me odiaban tanto! Se notaba en sus ojos, en su aliento. Lo noté en su piel. Estaban furiosos conmigo. […] Dijeron que tenía suerte de que no me lincharan, como se hacía a los traidores durante el apartheid, poniéndome un neumático en llamas al cuello.
Ojalá lo hubiesen hecho. Ojalá me hubiesen matado.
[…]
Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado? He pedido ayuda desesperadamente, pero sigo sin recibirla. Te llamo durante le día, mi Dios, pero no respondes; te llamo de noche, pero no hallo reposo. En ti confiaron nuestros padres; confiaron y tú los salvaste. Te invocaron y escaparon del peligro; se encomendaron a ti y no los defraudaste.
Mas yo no soy ya un ser humano; ¡soy un gusano, y todos se burlan y me desprecian! Cuantos me ven se ríen de mí, hacen muecas, sacuden la cabeza y dicen: “Tú confiaste en el Señor, ¿por qué no te salva? Si el señor te aprecia, ¿por qué no te ayuda?”
Salmos 22:1-8>>.
FLORESCENCIA. De Kopano Matlwa (1985), una de las más notorias autoras sudafricanas, licenciada en Medicina y ganadora del Premio Literario de la Unión Europea en 2017. Ya les recomendé este libro maravilloso y crudo.
Majestad, Gobierno, Jueces y autoridades, Señor, … a quien corresponda: muevan el puto culo.
Y a ti, 2019, sólo decirte que, aunque me cuesta no saltar por la ventana en este instante, pongo muchas ilusiones en los siguientes doce meses… Ojalá no acaben este año también en la basura.