Cuando la muerte nos separa

Como perfectos tarados con síndrome de Peter Pan, los adultos huimos de lo doloroso y evitamos fijar el pensamiento en cualquier idea de responsabilidad... o finitud. Pero, dejen que les diga, queridos lectores, que el “hasta que la muerte nos separe" no es una coletilla sin sentido, obsoleta o que nos refiera a situaciones imposibles o entelequias. De la mano de uno de los maravillosos libros de Jorge Bucay “El camino de las lágrimas” se aborda los diferentes tipos de pérdida en la pareja, desde la muerte al divorcio, del que ya tratamos en este blog. El duelo es un duro proceso.

Escribe Bucay:

<<No se puede generalizar pero, cuando muere la pareja de alguien después de muchos años de convivencia, la identidad que está irremediablemente armada en relación al vínculo se ve lógicamente amenazada.

El gran desafío es, pues, poder encontrar las herramientas y los recursos necesarios para reconstruirse y hacer frente a una vida que procesar totalmente distinta se nos aparece tan difícil.
En un planteo más que interesante, Lopata define hasta diez “tipos de soledad” diferentes que podrían llegar a padecer (a la vez) aquellos que viven el duelo por la muerte de la pareja.
1. Extrañan a la persona en concreto.
2. Extrañan el hecho de sentirse queridos.
3. Extrañan la posibilidad de querer a otro.
4. Extrañan una relación profunda.
5. Extrañan la sensación de que hay alguien en casa.
6. Extrañan la posibilidad compartir las tareas.
7. Extrañan la forma de vida de la gente casada.
8. Extrañan la satisfacción de ir acompañados.
9. Extrañan la vida sexual.
10. Extrañan las amistades en común.
Diferencias de género
Dado que la expectativa de vida de las mujeres al nacer es mayor que la de los hombres de su misma clase y condición, la viudez de las sociedades civiles urbanas de occidente es un fenómeno que tiene mayor incidencia entre las mujeres.
Muchas mujeres fueron educadas para idealizar el amor, y siempre dependieron del hombre para subsistir social, económica y por consiguiente psíquicamente. Si bien la dependencia económica está disminuyendo, la psíquica continúa, por lo que no pueden evitar sentirse desamparadas cuando pierden al compañero.
Un hombre en actividad que pierde a su mujer puede sentirse desconsolado, triste y amenazado por su futuro de soledad, pero difícilmente se derrumba totalmente. Esto se debe a que en nuestra cultura las mujeres estructuran su identidad (es decir, su subjetiva definición de quiénes son y para qué están en el mundo) en torno de los vínculos, mientras que la mayoría de los hombres la construyen en torno de su trabajo.
Si hombres y mujeres hicieran suya la frase de Ortega y Gasset: “Yo soy yo y mi circunstancia”, ellos dirían de sí mismos: “Yo soy yo y todo que sé hacer”. Las mujeres dirían en cambio: “Yo soy yo y todos aquellos a quienes amo”.
Seguir sin mi pareja
Mi amiga Silvia Salinas escribió un libro cuyo título ya nos inicia en este camino, se llama "Todo (NO) terminó" y nos habla de la necesidad de darnos cuenta de que después de una pérdida se puede volver a amar, a pesar del dolor, y a sorprendernos sabiendo que el dolor y el amor pueden no sólo sucederse sino además coexistir.
La persona que murió no se pierde, porque es interiorizada emocionalmente. Lo que quedan vacantes son los roles que ocupaba.
Cuando murió mi esposa sentí que su muerte era como un tsunami.
Fui perdiendo de a poco a todos mis amigos, mis hábitos, mis lugares favoritos, la posibilidad de disfrutar de la música que más me gustaba.
No sabía cómo se pagaba la luz, dónde se compraba la fruta ni cómo se conseguía la leche.
Mis hijos, mis vecinos y mis nietos me trataban como si fuera un inútil. 
Un día me di cuenta de que sólo había para mí dos opciones: la vida y la muerte, y también me di cuenta de lo atractiva que era para alguna de mis partes más heridas la segunda posibilidad. 
Sin embargo, a partir de ese día algo cambió. Junté a todos mis familiares en la cocina de mi casa y les dije:
-Quiero que sepan que me quedé viudo, no descerebrado. 
Ese día todo empezó a retomar su rumbo.
Entonces digo que, en esta historia y en todas las que se le parecen, si creo que yo no podría soportar que no estés… realmente no voy a poder soportarlo.
Que es la misma historia de los “yo nunca voy a poder dejar de fumar”… y siguen fumando.
Y los de “nunca voy a poder hacer una dieta para adelgazar”… y siguen comiendo de más.
Mientras yo crea que nunca podría algo, cualquier cosa, lo más seguro es que no voy a poder.
Esto es así.
Los humanos llevamos con nosotros el peso de nuestra capacidad (a veces subconsciente) de transformar la realidad, si de nosotros depende, nuestras más catastróficas profecías. Si yo me creo que no voy a poder soportar tu ausencia, si me creo que no puedo seguir sin vos, si me convenzo de que mi vida ha terminado, es posible que todo eso suceda.
Déjame que te cuente algo que sucede realmente en una tribu de África.
Es costumbre que cuando alguien comete un hecho muy grave, por ejemplo mata a otro miembro de la tribu, se hace una junta de todos los jefes de la tribu.
Si lo encuentran culpable, lo condenan a muerte. Lo maravilloso es que la condena significa hacerle una marca con tinta en el hombro. Es una marca rara, que en la tribu es el símbolo de la muerte.
A partir de ese día el condenado es alojado en una carpa a unos diez metros de ls otros, nada más. Nadie lo toca, nadie le hace nada; si quiere comer, come, si quiere beber, bebe; nadie le dirige la palabra, nadie habla con él, está muerto.
Dos meses después de la condena el reo muere, muere sin que nadie le haya tocado un pelo. Y no muere porque le pase algo en especial, ni porque la marca sea venenosa, muere solo porque cree que se tiene que morir.
Ene sa cultura y en ese rito él está convencido de que, estando condenado a muerte y teniendo la marca, se va a morir, y por supuesto se muere, literalmente, se muere.
Como ya dije, cuando la pareja muere todos sus roles quedan vacantes y hay que aprender a reacomodarse.
Según los especialistas, un duelo termina cuando uno puede volver a insertarse en la vida con nuevos proyectos, cuando decide que ya no “está muerto” y entonces puede pasar del dolor intenso e insoportable a otro dolor también presente pero menos intenso, y de allí, con el tiempo, al amor por otros (la familia, una nueva pareja, los amigos).
Después de la muerte de tu pareja es ciertamente muy difícil permitirse una nueva relación. No es indispensable hacerlo, pero es importantísimo saber que es posible.
No es que me duela sólo el haber perdido un contador, un jardinero, un compañero sexual y un padre protector… No es que me lastime sólo el haberme quedado sin cocinera, ama de llaves, plancharoda, consejera, partenaire sexual y enfermera…
Pero también es eso.>>