MacArthur Park

<<[…] Hacía tres años, su padre salió despedido a través del parabrisas del coche, en una autopista de Michigan. La mala suerte persigue a algunas personas con una saña sorprendente y así le ocurrió a Julia, en otras facetas de su vida, incluida la amorosa que evitaba gracias a la devoción que sentía por Simon. Pasaban gran parte del tiempo juntos. (Ella tenía novios, pero no se comprometía con ninguno con la misma intensidad que reservaba a su amistad con Simon). Él la tenía por su más íntima confidente, pero ella veía en esa misma intimidad la expresión de un vínculo más fundamental, por encima de la amistad, y quizá incluso una forma de amor, aunque no era estúpida y sabía que él nunca “se colaría por ella” (y tampoco creo que Julia se colara nunca por él). Mas bien, parecía considerar su amistad como una suerte de alianza fraternal, más real que las uniones marcadas por el sexo y el deseo. El amor por Simon la purificaba y, en cierto modo, aquel amor lo purificaba también a él. Ante todo, creían el uno en el otro. Para Simon, todos nosotros nos distribuíamos en una línea caótica que empezaba con ella y seguía con Zachary y conmigo por este orden, aunque mi posición resultaba especial dado que yo era el que se acostaba con él. Yo no suponía ninguna amenaza para ella, o por lo menos no de una forma que la incitara a ninguna hostilidad hacia mí, y nos llevábamos bastante bien.>>

Es la mejor explicación del concepto Mariliendre que he leído últimamente y, antes de que nos extingamosse extingan, he pensado que era bonito rendirnos rendirles un quasi póstumo homenaje. Podría ilustrar este post con mil fotos mías, pero dejaré que sean las instagramers quienes hagan el ridi con sus fotos de morritos. El fragmento pertenece a Macarthur Park, de Andrew Durbin, una de las novedades editoriales de Alpha Decay y me sedujo por su reseña:

Año 2012. El huracán Sandy se acerca a Nueva York; es la mayor amenaza que ha conocido la ciudad desde los atentados del 11 de septiembre de 2001 y parece el fin del mundo. Nick Fowler, el narrador de esta historia, se refugia en un apartamento con abundantes reservas de comida en lata y las ventanas reforzadas con maderas. Pero a los pocos días, una vez el huracán ha pasado de largo, empieza a desencadenarse otra tormenta, quizá peor, y que tiene que ver con el signo de los tiempos: la crisis económica, el cambio climático, el impasse tecnológico, la pérdida de valores y la transformación social –todos los ingredientes que causaron la zozobra entre el último mandato de Barack Obama y el primero de Donald Trump– suman un cúmulo de incertezas ante las cuales lo único que cabe es mantenerse entretenido hasta que llegue el fin.

Es lo que hace Nick a lo largo de estas páginas, refugiándose en el arte, en los viajes, en los libros y, sobre todo, en clubes nocturnos como el Spectrum de Brooklyn, donde transcurre buena parte del desarrollo de este híbrido entre ensayo y ficción en el que se cuelan brillantes consideraciones sobre el mundo del arte y la literatura, sobre poesía y política, sobre música de vanguardia y los himnos gay de discoteca de Donna Summer (MacArthur Park es también el título de una de las canciones más celebradas de la diva americana). El debut de Andrew Durbin en la novela es una radiografía emocional de nuestra época, que parte de la certeza de que el mundo se hunde y que poco podemos hacer para evitarlo.

«Un libro irónico, dramático, apetecible, sabio, divertido, aleccionador, una novela implacablemente concienciada sobre la actualidad y los efectos de los cambios incontrolables sobre el clima. Durbin toma apuntes sobre la temperatura de nuestros días y nuestras noches a partir de conversaciones bien afinadas y comentarios sobre la cultura pop, colectividades utópicas, el mundo del arte, la política, el sexo y las emociones.» LYNNE TILLMAN

«El primer libro que consigue reflejar la escena de clubs gay de Nueva York en la década de 2010.» Pitchfork

Sin embargo, he de admitir, queridos lectores, que escribo este post antes de terminar la novela. Ya llevo leídas, medio padeciéndolas, unas 50 páginas. Confieso que me freno a cada rato y me obligo a respirar hondo por no tirarlo a la pila y que empiece ya a acumular polvo para siempre. En teoría, es una especie de novela marica urbanita y muy moderna, con un tema de fondo que es el cambio climático y, por su crítica, sonaba muy apetecible pero, la realidad es que no logra engancharme, y estoy por abandonarla. Le daré unas horas más por si consigo que me despierte algo de interés… igual resulta que remonta al final. De todos modos, no voy ahora a presumir de una paciencia que nunca tuve… o quizá, esta vez, se trata de que no estoy dispuesta a esperar tanto ni a rebuscar la paja hasta clavarme la aguja… si es que hay aguja. Por mi experiencia en el sector editorial, me consta que resulta muy peligroso intentar mezclar géneros literarios: quien compra novela y costumbrismo, igual no está dispuesto a tragarse cientos de párrafos sobre fenómenos atmosféricos, partes meterológicos y descripciones de exteriores. Ya les contaré.